
Barrilete era gordo y rechoncho como un pequeño barril de aguardiente, pero como, a la vez, era asiduo del culto báquico, es decir baquilano en campos de vides exprimidas y devoto de sus fermentos, no se sabía bien si su sobrenombre tenía que ver con el recipiente o con su contenido.
Parecía un tentetieso, lastrado por un depósito alcohólico en forma de pera, como un pesaleches, al que el centro de gravedad se le situaba por debajo de la cruz de sus pantalones.
No obstante su condición estable, Barrilete debió pendular más de la cuenta a tenor del aspecto machacado. de su nariz, que había hecho de punchingball de esquinas y pretiles, de jambas y parapetos, en la ceguera de su dramatico retorno; un calvario de interminables e insalvables cortapisas, una carrera de obstáculos de elevada dificultad.
Pero Barrilete, también haciendo honor a su nombre, parecía evocar, en su cabeza destartalada, la presencia de un cielo violeta en el que revoloteaban lucidas cometas de colores.
Porque, entre eructo· y eructo se le podía entender alguna frase en francés macarrónico o aisladas alusiones al método de cálculo de la raiz cuadrada; que hacía con elegantes modos de maitre d’hotel, lo primero, y con evidentes muestras de migraña, lo segundo.
Esta era su dignidad, que hacía sospechar dé una pretérita y ordenada educación en el Instítúto; cuestión que, en su época, no era tan frecuente como para nutrir desde allí a la tropa de borrachos oficiales.
El francés ininteligible de Barrilete llamaba poderosamente la atención de los asiduos de las ventas que frecuentaba, porque él lo lanzaba al auditorio con la seguridad del que habla a los portugueses, que lo escuchaban incrédulos y asombrados como si se tratara de un niño de Francia.
Lo mismo ocurría cuando Barrilete se referia al radicando al radical. Unos pensaban en la sabiduria arruinada que tenían ante sí” – mientras otros-le suponian comprometido con don Antonio Lara. Nadie pensó que aquella cantinela repetida machaconamente sólo era eso: la repetición automática de un signo irracional, memorizado estúpidamente para epatar a los papanatas que aportaban así una pizca de respeto al desprecio natural por el alcohólico derrotado.
Barrilete desfilaba en la tropa de otros insignes cultivadores de la cultura báquica, compartiendo sus refinamientos matemáticos con los instintos poéticos de compañeros como Panduro que llevaban el esperpento a su máximo grado. Este último hacía notar su presencia por su silbido afinado, ensayando contínuamente los compases de “E lucevan stelle”, el conocido “Adios a la vida” de Tosca, que acompañaría al Cristo en su salida del Viernes Santo.
Más de un foráneo se sorprendió en La Laguna al descubrir en una tasca inmunda como, desde un rincon, era recibido por. el “Cornment allez vous” de Barrilete, que más tarde, por medio de un diabólico artilugio, le calculaba mentamente la raiz cuadrada de veinticinco. Esta singularidad le llevaría, con seguridad, a añadir argumentos para designar a la ciudad, testigo de tales prodigios, como la Atenas de Canarias.
