Los Sabandijas fueron la versión sabandeña posterior a “Needweeks”. Por Julio Fajardo Sánchez

¿Quién es esa mascarita que anoche baíle con ella que era la más pura y bella que bailaba en el salón?…¡Sin afeitar!. (Foto: Los Sabandijas años 70, colección Carlos García)
Una versión sabandeña y posterior fueron Los Sabandijas, grupo formado prácticamente por los mismos componentes de los anteriores Needweeks. En la primera salida representaron una banda del Ejército de Salvación (Salvation Army), que con sus uniformes azules y rojos inundaron las calles de Santa Cruz y de La Laguna de cariñosos mensajes de buena voluntad, de aquellos que el troquel de la censura del Gobierno entendió que estaban libres de pecado, pese a la benevolente y nunca bien agradecida intervención de Opelio Rodríguez Peña, un elegante Petronio de la tolerancia navegando en un río de pirañas franquistas, recelosas y tontas, por otro lado.
La banda compró algunos instrumentos en un saldo de material de desecho de la municipal de La Laguna: un bombardino, un fiscorno, un trombón de varas, una trompeta y una tuba, tocadas por manos pecadoras presionando sobre sus pistones desgastados, cuyas boquillas terminaban hinchando los labios de los músicos que eran refrescados con whisky. Estos instrumentos desfilaron durante muchos años por los carnavales de la isla, siempre con gran éxito, ofreciendo una versión diferente, y a veces difícilmente identificable, de los repertorios más populares de la música ligera y de algunas piezas escogidas de la culta.
Esto ocurría en un tiempo de carnavales inteligentes, antes de que nos invadiera la moda de dislocar los muslos al ritmo de los tambores caribeños, antes de que viniera a conquistarnos la salsa multitudinaria que nos ha hecho batir tantos récords y figurar en el Guinnes, antes de que se acabaran los vasos de cristal porque aun se podía oír el tintineo del hielo alegrando las bebidas.
Era en otro tiempo, cuando todavía no éramos los mejores del mundo, ni ganábamos concursos internacionales. Cuando todavía éramos nosotros mismos, justamente porque no estábamos empeñados en serlo continuamente.
