Leyendas laguneras por «Todos los Santos y los Finados» (V). Por Julio Torres Santos

Los serenos vivían atemorizados, mientras los señoritos brindaban en «La Manchega» por el Fantasma y otros comentaban su existencia, presos del pánico.

Los serenos, acompañados de sus compañeros, se dirigieron a la casa del entonces alcalde, don Juan del Hoyo y Peraza, donde, todavía aterrorizados, relataron lo sucedido.

Así comenzó a extenderse un rumor que, alimentado por numerosas voces y narradores, pronto se convirtió en una leyenda que se contaba en las tabernas de la ciudad y a las puertas de las iglesias, tanto a la entrada como a la salida de misa.

Transmitida de generación en generación, la historia ha llegado hasta nuestros días. Todavía hemos encontrado a quien nos la narra con el miedo asomando entre sus temblorosos labios:

«En La Rúa, al oscurecer, había un hombre de siniestro aspecto sentado sobre una piedra. Los caminantes evitaban pasar por aquel lugar después del toque de Oraciones, cuando la noche comenzaba a envolver las calles.

»Unos decían que seguía allí a las diez; otros aseguraban haberlo visto en San Benito a las nueve y media; algunos afirmaban que se encontraba en la Cruz de Piedra a las ocho y cuarto, mientras un vecino juraba habérselo encontrado en el puente de San Juan al toque de Ánimas…».

A veces, según nos cuentan, entre quienes escuchan esta leyenda surge una pregunta:

—¿Y qué me dice usted del hacho encendido que aparece a medianoche en las inmediaciones de Los Molinos?

—Dicen —le contestaron— que unos caminantes, en otro tiempo, arrancaron los brazos a la cruz de tea que había en aquel lugar y les prendieron fuego para alumbrarse. Por eso, desde entonces, sus almas vagan en pena, condenadas a errar como castigo por aquella profanación. ¡Que Dios les perdone!

El fantasma había sembrado tal terror entre los serenos que, a la noche siguiente, la de los Fieles Difuntos, ninguno se atrevió a encender los faroles de las proximidades de la Concepción.

Temerosos de que la aparición volviera a manifestarse, se reunieron armados con sus lanzas en la esquina de la calle de la Silla con la Carrera. Desde allí, entre las sombras de la noche, pudieron contemplar nuevamente al extraño ser.

La misteriosa figura cruzaba los callejones del Lomo de la Concepción como si caminara sin rumbo fijo, aunque la extraordinaria rapidez de sus pasos parecía indicar lo contrario.

Observaron cómo, en un par de ocasiones, se detenía repentinamente, como si dudase qué camino debía tomar. Sin embargo, apenas transcurridos unos segundos, reanudaba su acelerada marcha, dejando tras de sí el aterrador chirrido de las cadenas que arrastraba sobre las antiguas losas de basalto.

El pánico terminó por apoderarse de los laguneros, que ya no hablaban de otra cosa en las esquinas de la ciudad. En los casinos, las tabernas y las reuniones de vecinos, el misterioso fantasma se había convertido en el único tema de conversación.

Ante semejante inquietud, y viendo cómo el temor se extendía por toda la población, el alcalde, don Juan del Hoyo y Peraza, decidió intervenir personalmente y poner en marcha un plan para atrapar al fantasma y acabar, de una vez por todas, con el misterio que mantenía aterrorizada a la ciudad.

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