Leyendas laguneras de otoño (I). Por Julio Torres

 

Callejones laguneros, centenarios y de pintorescas leyendas

En la vieja Aguere moran sus callejones y sus leyendas en la memoria de los laguneros.

Quizás entre los callejones el más transitado durante siglos ha sido el callejón de La Caza, pequeña y angosta travesía que arrancando de la calle de Viana finaliza junto a los viejos muros del vetusto convento de Santa Catalina y también a los de la rancia mansión de los marqueses de Villanueva del Prado.

Dignos de los más cálidos elogios también lo son los callejones de: La Palma, Briones, Belén, La Marina, El Tizón, Montaraz, La Maquila, Obispo Ruiz Cabal, La Amargura, Las Carretas y algunos más que sin duda son orgullo de La Laguna, que habida cuenta que son parajes que invitan al recuerdo y a la meditación de las leyendas de esta añosa ciudad.

En la travesía de La Caza existe una hermosa hornacina de cantería del país contigua al portalón de acceso al viejo cenobio, en el que se ofrece una bien lograda Dolorosa, en un mosaico con sus pequeños farolitos de aceite, lo que vino en su momento a dar a la calleja de La caza un sugestivo encanto…y que cuando llega la madrugada en el silencio soberano, este lugar misterioso, en el que aún parece flotar, sin importarle el curso de los años, y donjuanesca figura del romántico aventurero don Jerónimo Grimón y Rojas, así como la historia, mezcla de amor y de infortunio, que en unión de Sor Ursula de San Pedro protagonizaran siglos hace…

En las noches oscuras, tenebrosas, en la calma de estas horas, en que los vecinos duermen, por el estrecho callejón de La Caza, solitario, mudo, envuelto entre las sombras lunares, este inefable rincón, que parece olvidado de los laguneros que ya no saben sentir los valores del pasado de la ciudad, la noche de todos los santos si llueve me daré un vuelta bajo un paraguas seguro que este paraje recobrará todo su atrayente y sublime encanto, y todo el misterio que de él emana…

Como si los personajes de los pasados siglos, cubiertos en capas, embozados, cruzasen de nuevo esas piedras evocadoras, después de haber vivido sus lances de galanteo y de estocadas, al amparo de las sombras que proyectan los musgosos muros conventuales; se desdibujarán sus sombras, a la mortecina claridad de la luna, y reverentes se inclinarán ante el retablo de la Virgen, crujirán las viejas maderas de la conventual celosía, y así parecerá, que la historia se repite, y que se oye el grito fatídico de la muchedumbre que presenciara el trágico fin de la vida de Grimón y Rojas, cuando el público cadalso expió su pecado de amor y de herejía…

De pronto, en la quietud del momento, suenan unos ruidos extraños -la leyenda se paraliza-; son unos pasos, alguien habla en voz baja, más bien dijérase que reza, una sombra más que se aproxima; no es un sereno, no es el prócer y trasnochador caballero que ebrio regresa a su hogar…

A la tenue claridad que irradian los faroles del retablo, la divisamos Ya. Es una pobre anciana que sin temor al misterio del lugar ni a la hora fría de la madrugada encamina sus pasos hacia la Virgen para cumplir su devoción.

Callejones laguneros, laberínticos, pero son alma de la Ciudad, de esa ciudad única que guarda entre sus históricos muros las huellas de todas las manos artistas por que se le distingue de todas las restantes de las islas. Callejas y callejones a cual más atractivas y singulares leyendas, celosías monjiles, bajo tejados con salientes voladizos, como este de La Caza, poseen asimismo -ese algo, evocador, testigo mudo pero elocuente, de aventuras y de leyendas.

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