Leyendas laguneras de otoño: El Fantasma de la lagunera Plaza Los Bolos (III). Por Julio Torres Santos

Transcurrieron dieciséis años hasta que los recién aparecidos serenos se ocuparon de encender y apagar este nuevo alumbrado, tras haberse ordenado una pauta que indicaba el orden en que los faroles debían encenderse, dada la irregularidad en la sucesión de las lunaciones. La labor de los serenos se iniciaba con el toque de oración, es decir, al anochecer, dependiendo pues su horario de la luz solar. Durante las horas de trabajo, les estaba prohibido hablar con persona alguna, para no distraerse de su quehacer. Además de encender el alumbrado público, tenían la obligación de cantar las horas y de informar del tiempo.
Un año más tarde de su creación, el recién instaurado oficio de serenos en La Laguna ya disponían de “ropa, pertrechos y reglamento”. Además, a los serenos laguneros se les armó, como en otras partes del Estado, con una lanza o chuzo terminado en punta de lanza y un farol. Al parecer, los ensayos previos para funcionar “estos respetables celadores” no fueron muy eficaces, ya que “desde la primera noche se desmandaron: carreras para arriba y para abajo, conversaciones, chirridos en lugar de cantos,…”.
Quizá por ello, pocos días después, el “celador de policía” les previno de que debían reconocer “a todo el mundo”; aunque, sin embargo, también les ordenó “poner a cualquiera la lanza al pecho”. De este modo comenzaba a significarse la labor represora y coercitiva de los serenos, aunque si bien nunca explicita, sí hubo “concejales que les han intimado a que impidan las parrandas de guitarras, o sea serenatas, por más pacíficas que vayan y bien ordenadas, desde las diez de la noche [hablamos del mes de julio], hora en que empiezan a celar al pueblo”.
Esta última indicación debió ser, sin duda, mal entendida, pues sabemos que los serenos se extralimitaron de tal manera en sus funciones, que el 5 de agosto de 1862, el alcalde, don Francisco José Rodríguez de la Sierra, “y el secretario Baños, así que entró el celador de policía a tomar órdenes, lo cogieron por su cuenta y le hicieron ver las barbaridades .que se estaban cometiendo en la inauguración de los serenos”.
Desconocemos el alcance que tuvo el “baño” –permítannos la broma fácil- que sufrieron los serenos tras la consiguiente reprimenda. Lo que sí podemos aseverar, es que, transcurridos apenas dos meses de su creación, comenzó a extenderse entre la población lagunera la consideración de que “los serenos cumplen con las órdenes que se les dan y no se puede negar que son gente exacta en el cumplimiento de su deber”. En el desarrollo y expansión de tal obediencia, sin duda tuvo mucho que ver el hecho de que “el mismo esmero con que se ha ataviado a los serenos, como sucede con el uniforme militar, les impone a ellos mismos cierto respeto”. Se esmeraron tanto en su labor que “cada vez se va perfeccionando más el canto de los serenos: si la primera noche, aunque con voz de soprano, decían: «Las once en punto y sereno», ahora dicen más: «Han dado las once en punto y sereno».
Poco a poco, los serenos se convirtieron en los celadores de la seguridad nocturna en La Laguna, aunque lo cierto es que su misión iba más allá de la pura vigilancia, ya que muchos, además de perseguir a los “malhechores”, eran recaderos y confidentes de algún cura muy preocupado por la moral de la Ciudad. En realidad, se reafirmaron como personajes chismosos, pues informaban de todo cuanto acontecía a su alrededor. Su conocimiento del vecindario les permitía detectar rápidamente la presencia de “forasteros” y, desconfiados como eran, hacían entonces ostensible su presencia.
Como ejemplo del ejercicio de tales funciones – celadores, recaderos, confidentes, ostentadores de su presencia- Relatamos el siguiente suceso, acaecido en julio de 1862:
Esa anoche se le presentó un sereno al Corregidor Molina y, haciéndolo parar, le preguntó: “¿quién vive? ¿De dónde viene usted y a dónde va?”. El interrogado le contestó: – A misa; y el sereno lo amenazó, si volvía a burlarse de él de aquel modo”. Evidentemente, en las horas que le dio el sereno el alto, con las palabras ya mencionadas, no se oficiaba misa alguna en ermita, parroquia o convento de La Laguna; es lógico pensar que este personaje no quisiese dar explicaciones de dónde y adónde iba, quién era realmente y qué hacia.
