Leyendas laguneras de otoño: Las ánimas de sor Úrsula de San Pedro y don Jerónimo de Grimón (II), por Julio Torres

II

En una de esas noches laguneras de otoño, en las que la niebla suele hacerse presente, tenue pero insistente, acompañada de un frío húmedo –de ese que cala hasta los huesos-, mis pasos me llevaron al callejón de La Caza; entonces no esperaba ser testigo de tan inaudito y fantasmagórico suceso.

Cuando llegué al portalón de acceso al viejo cenobio del convento de las monjas catalinas, justo donde una hermosa hornacina de cantería del país presta acomodo a los azulejos que componen el mosaico sevillano con la imagen –más o menos lograda- de una Dolorosa, atrajeron fascinantemente mi atención dos pequeñas lámparas de aceite… Quizá porque otorgaban un sugestivo encanto al callejón de La Caza. Quizá porque entre la tenue luz que irradiaban las lamparillas, amparada en la oscuridad y la niebla, vislumbré a una anciana de vestimenta pobre y, con toda seguridad, de otros tiempos.

Enjuta y encorvada, aparecía cubierta por una larga mantilla de bayeta, ajustada por un sombrero de fieltro. Vestida íntegramente de negro, la blanca toca que cubría su cabeza y garganta destacaba poderosamente. Blandía un encendedor de chispa con unos dedos tan delgados que parecía solo le restaban los huesos, retorcidos sobre sí mismos por la avanzada artrosis. Con su mano izquierda estrujaba la mantilla entorno a su cuello para protegerse del frío. Sin duda alguna, el paso del tiempo había hecho mella en ella.

Aunque ahora me parece que fue un sueño, aún recuerdo su aspecto frágil y al mismo tiempo tan animoso, que no aparentaba temer al misterio del lugar o a hora tan vespertina. Extrañado y al mismo tiempo fascinado, puede contemplar cómo encaminaba, diligentemente y con premura, sus pasos hacia la imagen de la Dolorosa. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle…

  • Señora, ¿necesita ayuda?
  • ¡No! – casi me gritó. Muchas gracias, caballero… Sólo me acerco para poner algunas onzas más de aceite a las lámparas.

No es preciso decir que su apariencia  había despertado mi interés. Pero el término “onzas” y un encendedor tan en desuso hicieron sonar ya todas las alarmas. Por eso, utilicé la redundancia…

  • No entiendo, ¿para poner más aceite a las lámparas, dice?
  • ¡Sí!, para limpiar el buen nombre de mi ama –exclamó, llevando el puño cerrado de su mano derecha a su corazón, con inusitado fervor-. No dejo de presentarme en esta travesía para que algún gentil caballero o una valerosa dama pregonen su lúgubre historia, y no quede duda sobre la virtud de sor Úrsula, ni sobre el honor de don Jerónimo.

La situación había dejado de parecerme extraña para empezar a despertarme cierto temor. “¿Que se presenta en esta travesía?” –pensé, rememorando sus palabras y tratando de encontrarles alguna explicación lógica. Aún así pude balbucear…

  • O sea, que ha venido a contarme una historia de este paraje, ligada con su ama…

Me pareció que sonreía, mostrando una dentadura desprovista de algunos –muchos, siendo objetivo- de sus miembros. Luego comenzó a narrarme la historia que, dijo, siempre había querido contar.

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