La segunda quincena de agosto toca hablar de Bajamar (II)

La hazaña llegó a constituir una paella gigante de récord Guinness. Años 60.
Cuando se habla de las Fiestas de Bajamar, resulta imposible olvidar su marcado carácter gastronómico. Fue precisamente en 1969 cuando se elaboró la primera paella monumental de Tenerife y del mundo, de la que llegaron a comer unas cinco mil personas. Pocos años después, en 1973, aquella cifra se duplicó gracias al empeño y a la extraordinaria capacidad de trabajo de una persona incansable, infatigable y, sobre todo, muy querida: Tomás Morales. En aquella ocasión fueron nada menos que diez mil los comensales que pudieron disfrutar de aquella gigantesca paella, preparada gracias a su entusiasmo y a su inmenso tesón.
Y es que, durante las décadas de 1960 y 1970, Bajamar se convirtió en el lugar de moda. Se desató una auténtica fiebre: todo el mundo quería estar en Bajamar. Cada día, pandillas de muchachos y muchachas bajaban desde La Laguna abarrotando las guaguas de Palazón, que todavía conservaban sus característicos asientos de madera. Otros alquilaban apartamentos durante el verano y los más afortunados podían disfrutar de algún «chalet».
De aquellos años permanecen recuerdos imborrables, ligados inevitablemente a sabores, lugares y pequeños rituales: Casa Onofre y sus chicharros fritos; el carrito de los bocadillos de chorizo de «perro»; el pulpo a la vinagreta de «Casa el Cherif»; y aquel inolvidable «Orange Cruz de naranja».
Vista desde hoy, esta última expresión no deja de resultar entrañable. Los canarios de entonces arrastrábamos aquella asignatura obligatoria de Francés, lo que quizá ayude a explicar tanto la curiosa redundancia entre el término inglés orange y el español naranja como la peculiar transcripción fonética de Sheriff en aquel popular «Cherif». Son pequeños detalles que, con el paso de los años, han terminado formando parte del lenguaje sentimental de toda una época.

«Casa el Cherif» años 60.
También en 1969 llegó otra novedad a las fiestas: las cenas de matrimonios, una moda que comenzó de la mano del Hotel Neptuno. La iniciativa fue ganando popularidad con los años y, en 1973, se celebró también en el Hotel Nautilus, donde llegó a congregar a más de 150 comensales, una cifra verdaderamente extraordinaria para la época.
Entre 1970 y 1973 alcanzaron asimismo una enorme animación y participación las denominadas «Fiestas Canarias», que bien pueden considerarse el antecedente directo de lo que hoy conocemos como Baile de Magos.
El verano de 1973 dejó, además, una página singular en la historia del folclore isleño. Los días 11 y 12 de agosto, Los Sabandeños decidieron afrontar un desafío extraordinario: batir un récord mundial cantando ininterrumpidamente y sin abandonar el escenario durante nada menos que 28 horas y 15 minutos. Una auténtica prueba de resistencia que quedó incorporada para siempre a la historia de aquellos veranos irrepetibles.
Más de una década después, en 1985, Tomás Morales volvió a la carga. Siempre en busca de «algo diferente», concibió esta vez la elaboración de un bocadillo gigantesco. Aunque llamarlo simplemente bocadillo quizá se quedara corto. Aquello fue un auténtico «bocadillote» o «bocadillón», como al propio Tomás le gustaba denominarlo, y sus dimensiones justificaban sobradamente semejante nombre.
La prensa de la época dejó constancia de la magnitud de aquella empresa. Se elaboró un pan de 102 metros de longitud y 33 centímetros de ancho, una hazaña que fue posible gracias a la colaboración desinteresada de las panaderías Los Compadres y De la Rosa, cuyos profesionales consiguieron sacar de sus hornos un pan, como entonces se destacó, «doradito y crujiente».
Y si extraordinario era el pan, no menos impresionante fue todo lo necesario para rellenarlo. Hicieron falta decenas de kilos de mantequilla, salchichón, mortadela, lomo, queso, jamón, sobrasada, chorizos y muchos otros ingredientes. Cerca de cien personas colaboraron en su preparación, convirtiendo aquella ocurrencia de Tomás en un verdadero acontecimiento colectivo.

Atascos gigantes durante las fiestas de Bajamar y Tejina. Años 60-70
La hazaña llegó a constituir un récord Guinness.
Pero aquel tampoco sería el último reto de Tomás Morales.
Porque hablar de las Fiestas de Bajamar es hablar de celebraciones y de gastronomía, de música y folclore, de veranos multitudinarios, de guaguas repletas de jóvenes y de noches que parecían no terminar nunca. Es recordar aquellos apartamentos alquilados para pasar el verano, los «chalets», los hoteles, los restaurantes y tantos sabores que aún permanecen en la memoria.
Pero, por encima de todo, hablar de Bajamar es hablar de su gente.
De personas como Tomás Morales y de tantas otras que, con imaginación, esfuerzo, entusiasmo y una enorme capacidad para movilizar a todo un pueblo, hicieron posible que un pequeño núcleo de la costa de Tenerife se convirtiera, durante aquellos años, en uno de los grandes puntos de encuentro de la isla.
Aquellas fiestas terminaron, aquellos veranos pasaron y muchas de sus imágenes pertenecen ya a otro tiempo. Pero dejaron algo mucho más difícil de borrar: recuerdos compartidos que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones y que explican por qué, para tantos, decir Bajamar sigue siendo también una manera de recordar la juventud, el verano y toda una época.
