La leyenda del Fantasma de la lagunera Plaza del Juego de Los Bolos (IV). Por Julio Torres Santos

fantasma

El Fantasma de la lagunera Plaza del Juego de los Bolos patentiza su espectral presencia

A primero de noviembre de 1864, los vecinos de las calles próximas al Lomo de la Concepción –donde estuvo ubicado el cementerio de la Villa de Arriba, esto es, entorno a la actual torre de la Concepción- aseguraron escuchar ruidos, golpes y arrastrar de cadenas que ponían los pelos de punta. No hay que olvidar que las campanas doblaban con sus fúnebres toques de Ánimas, además en terreno sagrado, y más con una Ciudad, húmeda, de elevados muros, todavía a oscuras, pues los faroles aún no habían sido encendidos.

Fue desde un principio misión de los serenos lograr ver al que, en el silencio de las oscuras noches o en aquéllas en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados, lanzaba agudos gemidos.

Además, todas las madrugadas se escuchaban, entre el silencio, fuertes golpes que provenían del pavimento y paredes de los callejones.

Evidentemente este suceso trajo mucha cola. Los vecinos de las casas próximas estaban atemorizados y sólo deseaban que aquello parase de una vez por todas. He ahí la intervención de los serenos en el caso: la gente estaba verdaderamente asustada y había que averiguar porqué se producían aquellos golpes, quién los producía y acabar con el “problema”.

En la Madrugada del 1 de noviembre de 1865 en La Laguna, la solitaria figura de un fantasma recorría las neblinosas calles después del toque de ánimas – que tenía lugar tres horas después del anochecer-, con decisión y rapidez, creando un halo de tenebrosa majestuosidad.

Aquella noche la luna estaba en primer cuarto creciente, sola en un infinito mar de negrura. La sombría luz que emitía quedaba eclipsada por la débil iluminación artificial que arrojaban los faroles de aceite. En las huertas y en los jardines, la vegetación abandonada a sí misma, reinaba con todo su desordenado poderío. La trepadora hiedra subía encaramándose por todo muro, incluso por la cara norte de la pétrea torre de La Concepción, llegando casi a invadir los ojos de su campanario.

pila de los bolos

Cuando, según la voz popular “el tiempo pegó un cambio de repente”, dos vientos comenzaron a silbar entre el follaje de los árboles, la niebla se despejó una hora antes del toque de ánimas. Los serenos encargados de las farolas de la Concepción dieron el alto a lo que, en principio, les pareció un hombre junto a la pila de la Plaza del Juego de los Bolos; pero, cuando levantaron el farol de mano, lo que vieron perderse por el callejón del Osario (Callejón de Belén) era una figura tapada con unas sábanas y arrastrando una cadena que se extendía por el suelo como un fantasmal y aterrador ejército de eslabones que hubiesen venido a henchir de terror los corazones de los mortales.

La solitaria figura del fantasma recorría las calles próximas al Lomo de la Concepción, mientras los serenos corrían despavoridos en busca de refuerzo al centro de la Ciudad.

La extraña figura, lo suficientemente alta como para intimidar y con un porte que hacía suponer que era un hombre, se fundía con la oscuridad como una sombra, gracias a los ropajes que vestía, lo cual aumentaba el aura que envolvía su cuerpo.

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