La Laguna noviembre san Diego La Fuga y las fiestas (I)

Las Tres Cruces del camino de San Diego del Monte (I). Por Julio Torres Santos
Un delicioso paraje lagunero albergó, bajo el bosque de álamos que sombreaban los senderos, el convento de San Diego del Monte, fundado por don Juan de Ayala, quién dispuso en 1615 que sus bienes y derechos fueran heredados por los descalzos de la Provincia de San Diego de Canarias.
Este convento de San Diego del Monte sufrió a lo largo de su historia muchas complicaciones en forma de pleitos, litigios y clausuras. Su primer vicario fundador fue el Padre Gonzalo Temudo quien, con doce religiosos, formó la primera comunidad conventual en 1648, aunque la construcción definitiva del edificio no comenzó hasta 1672.
En la actualidad se conserva la ermita donde se encuentra la estatua de mármol blanco que representa la figura de don Juan de Ayala en actitud orante, con una lápida a la derecha del presbiterio que dice: “Mandó fundar éste convento de recoletos descalzos de San Diego, Juan de Ayala Dávila y Zúñiga, su patrón y fundador y lo iso aser el maese de campo Don Luis Interián, regidor perpetuo, cumpliendo la voluntad de su testamento, siendo guardián el M.R.P. Difinidor Fr. Temudo, año de 1648”.
Fray Juan de Jesús: el Siervo de Dios y las Tres Cruces del camino
En la pared opuesta de la ermita hay otra lápida que indica la sepultura de Fray Juan de Jesús, el frailito lego, figura popular y mística que la ciudad de La Laguna dio en llamar el Siervo de Dios: “Aquí se custodian los despojos de Fray Juan de Jesús, religioso lego de los menores de San Francisco, nacido en Icod en donde fue bautizado en 20 de Diciembre de 1615. Tomó el hábito de la orden Seráfica en el Convento de San Juan Bautista del Puerto de la Cruz, en 22 de Julio de 1646, pasando poco después a ser profeso de ésta santa casa de San Diego del Monte, en donde vivió hasta su muerte ocurrida en 6 de Febrero de 1687. Fue religioso de rarísima humildad y pobreza. Con el dulce encanto de su palabra y ejemplo ponía fuego de amor de Dios en los corazones más tibios y con sus fervorosos clamores sobre el juicio, temor saludable en los más obstinados. R.I.P.”
En esa lectura está prácticamente resumida la historia de la vida de este personaje que tanto tuvo que ver con el Convento de San Diego. Fue su figura respetada en la ciudad de los Adelantados, muriendo en olor de santidad; conmocionada toda la isla de Tenerife, acudieron a su entierro gran número de personas para intentar obtener alguna reliquia de su cuerpo o hábito.
Vivió en una humilde chocita que se construyó en medio del bosque que rodea al convento y que fue conocida desde siempre por la “casita del Siervo de Dios”.
