La Laguna de Aguere. José Rodríguez Moure. Agosto 1926

Su situación y su clima. Aspecto que presentaba al ser conquistada la lsla. Paisaje que ofrece al presente.
Don José Rodríguez Moure (1855-1936)Desde que en la primavera de 1494 el general y adelantado, Alonso Fernández de Lugo, asentó sus reales en la vega de la Laguna de Aguere. bien podemos decir que, sin mandar a abrir los cimientos de la ciudad, la concibió en su imaginación como capital de sus conquistas, “si Dios, Santa María y su patrono San Miguel le daban la victoria”.
Sobre alto promontorio. de enriscada subida. asiéntase la vega de la Laguna de Aguere, en la parte norte de la isla de Tenerife, hermosa llanura aprisionada por una cordillera de colinas que, como ciclópeas murallas, la resguardan en semicírculos por todos lados, menos por la parte suroeste, donde presenta amplia y despejada salida. determinando su situación en la isla central o de Nivaria el gigantesco Teide, de nevada cúspide, que desde ella se descubre por encima de las montañas y cerros de la Esperanza: situación incomparable que, con la harmonía de la rima, cantó el insigne Cairasco en las siguientes estrofas:
En medio está de todas asentada
La que en sitio y gente es mayor de ellas.
Donde la gran pirámide nevada
Parece competir con las estrellas.
Y dicen que en su cumbre levantada
Un sulfúreo volcán lanza centelladas;
El alto monte Olimpo de gran fama
No tanto como aqu~ste se encarama.
Lo elevado de este valle, en forma de herradura, le proporciona frescas brisas, que, además de purificar el ambiente, suavizan los calores que al Archipiélago da la latitud de su situación, no permitiendo que el termómetro llegue a 0° en la crudeza del invierno, ni pase de 22° en el rigor de la canícula, resultando de tan ventajosas cualidades un clima templado y reconstituyente.
El 25 de Diciembre de 1495 los españoles ganaban la segunda batalla de Acentejo, que, si bien no fué tan sangrienta como la que en el año anterior habían perdido en el mismo término, fué la que concluyó de abatir el ánimo de los naturales del pais, los guanches, harto quebrantado ya con las pérdidaS sufridas en la vega de la Laguna y los estragos que en ellos hiciera la modorra. Sin embargo. la rendición de aquellos nuestros antepasados costó nueve meses más por haberse retirado el ejército invasor al puerto de Añaza, retirada que siempre será motivo para discutir las cualidadesI militares del caudillo español.
Pero si Fernández de Lugo no supo o no quiso, por precaución o por cualesquiera otras causas, aprovecharse de las ventajas que le daban la victoria obtenida, es lo cierto que con ella quedó dueño de todo el territorio desde la costa de Añaza (Santa Cruz) hasta el Barranco-hondo; y los naturales tan quebrantados, que no se atrevieron a salir de sus valles y desfiladeros, retirándose con sus ganados a las cumbres de las altas montañas, desde cuyo baluarte pretendían sostener su independencia y libertad.
Tras un invierno rígido y nebuloso, la primavera de 1496 vino a reanimar al hambriento ejército español, que, tan luego pasó el día de la Cruz (3 de Mayo), subió a la Laguna para celebrar la solemnidad del Corpus o día Grande del Señor.
A la verdad ¿qué mejor situación podían escoger en un país despoblado para solemnizar la fiesta de! Amor de todo un Dios?
Ya que faltaba el tributo de la humana industria, ¿qué obsequio mas delicado podían tributar al Creador que doblar sus rodillas y rendirle las armas en uno de los sitios donde su mano omnipotente derramó sin medida las mejores galas de la naturaleza?
Si en la fidelidad de los historiadores descansamos, hay que convenir en que el panorama que en la época de la conquista ofrecía La Laguna de Aguere había de ser delicioso, sublime. Aire puro; ambiente fresco; bosque frondoso de variados tonos de verdura, matizado por el fruto del madroño y el mocán: lago de aguas cristalinas, sombreado en parte por la espesura del monte, y al que alimentaban las pequeñas fuentes que en hilos de plata bordaban las montañas: aprisionado todo por una cordillera tapisada de enjuncias, maljuradas y otras flores silvestres y coronando el paisaje la magestuosa figura del Teide. en cuyas nieves los rayos del sol se reververan, esparciendo destellos que inunda de luz a nuestros campos, los fértiles campos de Nivaria, siempre alegres y risueños. Tal fué el sitio en que Gonzalo del Castillo cayó prisionero de Cupido en la cárcel de la Princesa Dácil dos años antes, y ésta la ocasión con que se construyó, según don José de Anchieta, a quien siguen Viera y Laysequilla, la primera edificación en la Laguna.
En el lugar que más tarde ocupó la Parroquia de Ntra. Señora de la Concepción, levantóse un tabernáculo de maderas cortadas en los montes inmediatos, y en él, los diez sacerdotes que acompañaban al conquistador y cuyos nombres nos ha conservado la historia. celebraron la fiesta con el ceremonial de la liturgia del culto católico terminando el acto con solemne procesión, en la que se tributaron al Santísimo Sacramento honores militares por aquellos hombres que creían santa la empresa que se propusieron.
Esta rústica construcción sólo fue un preludio de las que al año siguiente habían de realizarse. Terminada la conquista en los Rea!ejos con la rendición de los Menceyes en 25 de Julio y 29 de Septiembre del mismo año, allí invernó el ejército invasor,y después, en Febrero próximo, se trasladó a las playas de Candelaria para celebrar, el 2 de dicho mes, la festividad de la Purificación en la cueva de Achbinicó con la Santa lmágen que les había servido de precursora. Llegado el mes de Julio y recordado por el Adelantado el voto prometido, de dedicar la primera población al mártir San Cristóbal por haber recibido en su día la obediencia de los primeros Menceyes domeñados, y teniendo, por otra parte, terminada la conquista con la sumisión total de los restos del pueblo guanche, creyó estaba en el momento oportuno para cumplir lo prometido y cambiar las armas, instrumentos de muerte y esterminio, por las herramientas de la agricultura y de las artes, símbolos de paz y civilización. El mismo Adelantado no tuvo a menos trocar sus títulos de Conquistador y General por los de Fundador y Gobernador de un nuevo pueblo, que, joven y vigoroso por la fusión de razas, había de ser más tarde una de las piedras preciosas que adornan la corona de Castilla.
El día 26 de Julio de 1496, el Adelantado, Alonso Fernández de Lugo, echó, real y verdaderamente, los cimientos de la Ciudad de San Cristóbal de la Laguna de Tenerife, idea preconcebida con tres años de antelación, y que había acariciado con amor en medio de los reveses y desalientos que experimentara en la árdua misión que le trajo.
La fundación de un pueblo, con intención premeditada, siempre será uno de los actos más grandes que el hombre puede realizar: es la pequeña semilla de la civilización depositada por su mano en el espacio para que la acción benéfica del tiempo le de crecimiento y lozanía. !Cuán grande no sería la emoción de nuestros Curios al delinear con el cordel las vías públicas, las plazas, los templos, los edificios de utilidad general y los modestos solares de las que habían de ser sus casas y moradas!
¡Oh guerreros de desmedidas ambiciones! Ya se os puede perdonar los desafueros que con injusta guerra ocasionásteis a un pueblo sencillo e indefenso, de costumbres sanas. de noble y esforzado ánimo;muchos males, es cierto, le causástéis, aguijoneados por sórdida codicia, pero mayores bienes le proporcionásteis al traerles la cultura y la civilización.
Tiradas las líneas, nombrados los primeros magistrados, el crecimiento de la población, a la que desde luego titularon Villa, fué obra de cortos años. Mejor que yo, el poeta Antonio de Viana, en su canto XVI, lo dice al lector:
“dando asiento
A la Ciudad famosa en aquel sitio
Y por glorioso nombre San Cristóbal
Y repartiendo sitios y solares
El noble General a cada uno
Según su calidad, persona y méritos.
Hubo lijego principio de edificios
Formando buenas casas, calles, plazas
Tan bién fundadas y con tal acierto
Que puede competir con las Ciudades
Del asiento mejor que tiene el mundo.
Pero si el paisaje de la Laguna era delicioso en el tiempo de la Conquista, en que sólo la naturaleza repartía sus beneficios en la feraz llanura, no porque se talara el bosque para dar lugar a los edificios y se desecara en parte el lago para los sembrados, el panorama perdió su hermosura y esplendidez; pues si bien al presente el cambio es radical por la roturación de los terrenos de las cercanías antes del común de vecinos para pastos de ganados la variedad que ofrecen las haciendas, huertas, trazos o pequeñas quintas, la presta una vista encantadora, cuya belleza en aumento viene desde los tiempos de Bartolomé de Cairasco, quién para eterrio testimonio nos la dejó consignada en su Templo Mil!tar.
José Rodríguez Moure
Nació en La Laguna en enero de 1855 y estudió Derecho en la Universidad de Sevilla. A su vuelta a Tenerife ingresó en el Seminario Conciliar de La Laguna y se ordenó sacerdote con una rapidez inusual, en 1880. Su carrera eclesiástica fue rápida y brillante. Desempeñó los cargos de fiscal del Tribunal Eclesiástico, vocal de la Junta Diocesana, examinador sinodal y vicesecretario de Cámara y Gobierno de la Diócesis Nivariense. Hasta su muerte, en marzo de 1936, publicó numerosos libros en los que se destacó como documentalista, investigando sobre la historia religiosa y universitaria de Tenerife.
Sus dos novelas, El Vizconde de Buen Paso y El ovillo o el novelo dejan patente su gusto por lo narrativo y su discreto espíritu festivo,fue un estudioso, un lector y un escritor plenamente condicionado por las coordenadas estéticas e ideológicas de los escritores canarios de la segunda mitad del siglo XIX, con su reivindicación de la naturaleza mestiza de la sociedad canaria y la revitalización romántica y posromántica de su identidad colectiva, su paisaje y su paisanaje. Su amplio conocimiento sobre la cultura local y sobre la ciudad de La Laguna, que adquirió tras años de minuciosos estudios históricos.
