La enramada de las calles: cuando La Laguna se transformaba en un bosque para el Corpus. Por Julio Torres

Durante siglos, la celebración del Corpus Christi convirtió las calles de La Laguna en un auténtico paisaje vegetal. Ramas, flores, arcos frutales y perfumes cubrían el recorrido de la procesión en una tradición que movilizaba a gremios enteros y transformaba la ciudad durante varios días

Las antiguas ordenanzas municipales eran muy claras: las calles por donde debía pasar la procesión tenían que estar «barridas y regadas sus pertenencias y entapizadas y enramadas y con perfumes», bajo pena de 300 maravedís para quienes incumplieran la norma. Del mismo modo, los mandatos episcopales laguneros de 1602 ordenaban adornar las parroquias con juncos, ramos, hierbas, doseles, tafetanes y tapices, costeados por la fábrica de la iglesia o con los fondos concedidos por la Corona para tal fin.

La preparación comenzaba varios días antes. Desde el domingo de Pentecostés se publicaba el bando que anunciaba la fiesta y daba inicio a los trabajos. La recogida de ramas y flores correspondía cada año a distintos gremios de la ciudad. En la madrugada del lunes, sus integrantes partían hacia los montes para cortar la vegetación necesaria. Al caer la tarde regresaban en carretas rebosantes de ramas y caballerías cargadas de follaje. Aquella jornada tenía también un carácter festivo: se celebraba con vino y con el sacrificio de un carnero u oveja macho.

El martes estaba dedicado a preparar el material vegetal. Al amanecer se limpiaban las grandes ramas destinadas a los adornos principales y, por la tarde, las jóvenes comenzaban a deshojar la rama más pequeña que serviría para cubrir las calles.

La víspera del Corpus era especialmente intensa. El miércoles por la noche se celebraban las vísperas solemnes mientras la ciudad se llenaba de actividad. Los gremios de panaderos y molineros preparaban la iluminación de la verbena nocturna mediante barriles de harina rellenos de «maravillas» impregnadas en alquitrán, colocados en las esquinas, y gánigos provistos de estopa distribuidos por el centro de las calles. Cuando concluían los maitines y repicaban las campanas de todas las iglesias, aquellos depósitos se incendiaban creando un espectacular efecto luminoso. Según describió José Rodríguez Moure, semejaban un enorme rosario: los barriles representaban los padrenuestros y los gánigos las avemarías.

Con la llegada del jueves, la ciudad alcanzaba su máxima transformación. Desde la madrugada, muchachas procedentes de los gremios encargados ese año de la decoración recorrían las calles en carretas esparciendo flores y follaje. Abría el cortejo la hija del alcalde del oficio correspondiente, que tenía el honor de realizar el primer esparcimiento.

La suntuosidad era la nota dominante. Arcos frutales, ramas elevadas y alfombras vegetales convertían las calles laguneras en una auténtica apoteosis de la naturaleza. El recorrido procesional quedaba completamente cubierto por una exuberante decoración que asombraba a vecinos y visitantes.

Sin embargo, aquella magnificencia tenía un elevado coste ambiental. La demanda de rama alta provocaba una importante presión sobre los montes de la isla. Ya en el siglo XVIII, algunos representantes de la Ilustración comenzaron a cuestionar esta práctica. El 4 de junio de 1765, el Síndico Personero General solicitó la prohibición de cortar ramas para la fiesta. Aunque su propuesta fue rechazada por la mayoría de los regidores, varias voces destacadas apoyaron la medida.

Entre ellas figuraba Lope de la Guerra, quien consideraba que la ausencia de rama alta no suponía una falta de respeto al Santísimo Sacramento. Más contundente fue el marqués de la Villa de San Andrés, que afirmaba que «todo es poco» para honrar al Sacramento, pero que no veía culto alguno en que la procesión discurriera «por entre monte», defendiendo en cambio el adorno mediante colgaduras y alertando del daño causado a los bosques. A su juicio, aquellos árboles eran más necesarios para la conservación de los montes que para el entretenimiento de los muchachos.

Estas opiniones reflejan el cambio de mentalidad que comenzaba a extenderse entre sectores de la élite ilustrada, cada vez más críticos con los excesos festivos heredados de siglos anteriores. Esa mirada satírica aparece también en la descripción que la Gaceta de Daute realizó de la fiesta del Corpus en Los Silos, donde se ironizaba sobre los altares decorados con rosarios de tomates, padrenuestros de brevas, tortas, bollos, uvas, limones, quesadillas y pepinos, una pompa que, pese a las críticas, seguía asombrando por su extraordinaria riqueza visual.

La enramada de las calles fue mucho más que un simple ornamento. Constituyó una de las expresiones más singulares de la religiosidad popular canaria, capaz de convertir durante unas horas el espacio urbano en un gran templo vegetal donde la naturaleza y la fe caminaban juntas.

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