La Carrera, antiguo Bar Alemán (IV). Por Julio Fajardo Sánchez

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Cuartel de Los Rodeos sede de  las Milicias Universitarias, conocidas como I.P.S (1965)

A mitad de los años sesenta el Bar Alemán fue remodelado. Se convirtió en una galería alargada, como un tunel; la barra recorría un costado, y en el otro, como los compartimentos de un tren, se situaban las mesas, separadas por unos parapetos de madera que les daban cierta reserva. Los sábados y domingos del verano colocaban allí sus gorras los caballeros aspirantes a Oficiales de Complemento que inundaban el ambiente con su olor a baqueta; universitarios o no, en aquella época todos los soldados olían igual. Y crujían igual, porque sus uniformes tenían un apresto especial, muestra de la consistencia característica del ejército, austera y dura como los chuscos y las aspirinas militares. Una de las diversiones frecuentes de algunos bromistas mal intencionados -y en La Laguna abundan- era cambiar las gorras de sitio y contemplar luego, desde la barra, el dasaguisado de confusiones con las prisas de quien va a llegar tarde a la retreta.

Aquel Bar Alemán era el cenáculo inevitable donde se cocinaban los cónclaves que han hecho de La Laguna un lugar de encuentro, un centro de modernidad, un embrión de cultura que justifica la posterior aparición espontánea de importantes fenómenos en casi todas las manifestaciones del arte: en la escritura, en la pintura, en la escultura, en la música, en el teatro, en el folcklore; en todos estos campos existe un nombre que pertenece a aquella generación, en contradicción con lo que, de forma natural, debería surgir de una ciudad semiagónica, cuasi rural, encerrada en lo religioso, carca y vulgar.

¿Qué misterio hacía brotar todo aquello junto a la primera Universidad rural de España? Este término era utilizado por don Pablo Fuenteseca, que asombrado, mientras explicaba sus lecciones de Derecho Romano, veía, a través de la ventana de la clase, como las vacas pastaban en el campus. Hasta los propios estudiantes usaban el calendario agrícola para calcular la sazón de sus estudios. Justo a un lado de la calle de Heraclio Sánchez había un espléndido campo de trigo que actuaba de termómetro fatal. Si no has empezado a estudiar cuando el cereal comienza a ponerse amarillo puedes despedirte del curso, -se decía-o

Los compartimentos del Bar Alemán concitaban importantes tertulias en las que, como un apéndice de la Universidad, impartían sus lecciones Emilio Lledó y Javier Muguerza.

No hay que olvidar a Francisco Hernández, continuador de aquella aventura teatral que iniciara Cervino a principios de los sesenta. Paco Hernández, que montó por aquella época a un insólito Casona, -después, todo hay que decirlo, de que lonesco fuera exprimido por el grupo «El Tinglado» de José Manuel Cervino- viene con frecuencia a La Laguna desde su cátedra de Salamanca y siempre hace una escala en el Bar Carrera, donde espera encontrar a los amigos de siempre que revivimos, en su compañía, los recuerdos de aquellos sesenta felices que él mantiene intactos en su memoria, pero que, para los que convivimos con la realidad cotidiana, volaron con el viento para ser verdad solamente en el recuerdo salmantino de un catedrático de francés; como don Antonio Machado y sus recuerdos sevillanos.

Juancho Armas Marcelo, que estudió los comunes en La Laguna, recuerda con cariño en su último libro «Los años que fuimos Marilyn», su aprendizaje lagunero con Lledó y Muguerza, de forma que en la última crónica española, cuya lectura no es apta para socialistas, hay un recuerdo a esta ciudad mágica que cultiva a quien la conoce y confunde a quien se empeña en descifrar sus claves desde la frialdad distante del investigador.

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