«Indagando en naturaleza pictórica: ritmo de la noche» (I), por Fátima Hernández Martín
Un interesante cuadro del pintor flamenco Ferdinand de Braekeleer (1792-1883), titulado El murciélago (The bat), fechado en 1860 (ver portada), muestra un grupo de personas en el interior de una cabaña o cobertizo intentando capturar un animal. La escena bien pudiera estar carente de significado, si no fuera porque lo que intentan atrapar (observen que se hallan todos muy pendientes de lo que cuelga del techo) es un curioso ser, poco conocido por el gran público, muy vinculado a las supersticiones, miedos y terrores de la noche y, hoy en día, muy mencionado en los medios de comunicación, dado que porta ciertos virus que pueden causar enfermedades (zoonóticas), temidas por el ser humano, es decir, hablo de murciélagos (Letko et al., 2020).
Los murciélagos son animales que pertenecen al orden de los quirópteros, únicos mamíferos capaces de volar. Una de sus características, más conocidas, es que se orientan en la oscuridad, pudiendo localizar (léase también esquivar) complejos obstáculos sin dificultad, así como obtener alimento, mediante un desarrollado sistema de ultrasonidos de alta frecuencia, inaudibles para los seres humanos, algo que sigue siendo objeto de interesantes estudios, caso del proyecto Sonozotz, que analiza estos sonidos y sus repercusiones en tratamientos de especies y relación con actividades antropogénicas (Zamora-Gutiérrez et al., 2020) o investigaciones sobre información transmitida durante sus vuelos de búsqueda de alimento (Kohles et al., 2020).

De hábitos preferentemente nocturnos, viven alrededor de veinte años y su alimentación es variada, en especial, constituida por insectos, frutas o pequeños animales, curiosamente, solo una ínfima proporción son hematófagos (es decir, ingieren sangre). Al igual que ciertos insectos (caso de abejas, abejorros) o aves (colibrí) cumplen con una importantísima función en la naturaleza, ya que son extraordinarios polinizadores, sin los cuales muchas especies de plantas (algunas de interés alimenticio) no podrían reproducirse. Además, contribuyen a regular/controlar poblaciones de artrópodos molestos para las cosechas (piensen en polillas o mosquitos…). De tamaño variado, los hay pequeños, de pocos gramos, hasta los más grandes que pueden llegar a medir metro y medio y pesar bastantes kilos. Con amplia distribución, se tienen registradas unas mil trescientas especies a nivel mundial (Tsang et al., 2016), que representan el 20% de las variedades de mamíferos del planeta, siendo frecuentes los nuevos hallazgos. Así, entre 2005 y 2013 se descubrieron (Tsang et al., 2016) ciento veinte nuevas especies en lugares crípticos. Aunque la alta tasa de descubrimientos dificulta evaluar el estado de cada nuevo hallazgo en un corto período de tiempo, y también hace complejo elaborar planes de gestión en ausencia de información sobre abundancia o historia, estos nuevos descubrimientos permiten conocer el estado de poblaciones aisladas, y el reconocimiento de estas especies distintas puede permitir la elaboración de estrategias apropiadas de conservación y gestión. Por ejemplo, en agosto de 2014, fue anunciado el descubrimiento de Myotis midastactus, una especie hallada en Bolivia, llamada murciélago vespertino de oro, debido a su inusual pelaje color amarillo dorado (Moratelli & Wilson, 2014). Por otro lado, los balances de estudios indican que los murciélagos (Chiroptera) son el segundo grupo más numeroso de mamíferos, solo superados por los roedores (Rodentia),
Si nos centramos en el caso concreto de Canarias, hemos de decir que los murciélagos, junto con la musaraña canaria (Crocidura canariensis Hutterer, López-Jurado & Vogel, 1987) que vive solamente en las islas orientales, son los únicos mamíferos terrestres que hay de forma natural en diversos hábitats de las Islas y, los quirópteros, únicos mamíferos nativos que habitan la laurisilva (Fernández-Palacios et al., 2017).

