«Indagando en la naturaleza pictórica: la firma» (I), por Fátima Hernández Martín

Curiosos, observaron el enigmático elemento que aparecía en la rúbrica de aquella extraordinaria representación, descubierta hacía pocos días en un desvencijado desván. Sabían que podía ser de alguien entusiasta de natura, un espíritu de nobles sentimientos, pues no en vano todo estaba pleno de simbología alusiva a los asuntos sublimes de la vida, la estética complaciente de prados y jardines, la fugacidad de la existencia, el paso del tiempo…lo efímero de la belleza corporal. Y en medio de toda aquella amalgama de significados, la volvieron a descubrir con atención. Se hallaba inmóvil, aunque en otro momento tal vez se moviera rutilante y entusiasta sin perder su delicadeza. Era pequeña, pero era la misma, la preferida, la recurrente, más hermosa y colorista, si cabe, comparada con el resto, incluso tal vez insignificante, aunque igual de enigmática. La miraron, de nuevo, esta vez de forma ensoñadora y la reconocieron tal como era, qué frágil, caduca y… pintoresca. Y aunque la visionaban recordándola en todos lados, en todas partes, en lugares distintos y distantes, revoloteando alegre y vivaracha, en este caso -extrañamente- invitaba a la reflexión, deleitaba el espíritu, incitaba a la discusión acerca de nuestras inquietudes vitales para, a continuación, sin dilación, tranquilizar el ánimo…

Pareciera que, en otro tiempo, veían acercarse a la joven que, callada y con lealtad inquebrantable, acompañaba a la mujer desde hacía años, ayudándola en el arduo trabajo que realizaba a solas, sosegada, tan paciente… Pero, sobre todo, la que aprendía de ella, mientras aquella dedicaba horas a enseñarle, a sabiendas de que algún día esas lecciones le ayudarían a solventar su existencia holgadamente. Se congratulaba de que continuamente llegasen pedidos sin cesar y sonreía complacida, ya que las cuentas saneadas permitían abonar su jornal y, a la dama, dar esperanza de nuevos encargos. En ocasiones, la veía apesadumbrada, sopesando siempre con el acabado que daría a su obra y, otras veces, plasmando eufórica las nuevas acerca de productos desconocidos que llegaban de allende los mares y despertaban la intriga, la rivalidad y el interés comercial de todos los lugareños por sus mágicas utilidades, pero sobre todo como hacedores de fortuna. Ciertos días, lentamente, la muchacha se alejaba mientras observaba a su patrona pensando cómo liberar -con sus ahorros que eran muchos- a algunos de los caballeros que, valientes y aguerridos, habían partido lejos, muy lejos, para librar su patria del enemigo acechante y, ahora, se hallaban presos, cautivos, encadenados tras gruesos barrotes, en enclaves rocosos, laberínticos y angostos, sofocantes, alejados de la bruma y el frío tan cotidianos, unos lugares extremadamente soleados ubicados muy al norte del continente meridional.

¿Quién era esa fascinante criatura…?

Epílogo.-  María van Oosterwijck, nacida en los Países Bajos en 1630 y fallecida en Uitdam (unos doce kilómetros al norte de Amsterdam) el año 1693, fue una pintora del Siglo de Oro neerlandés especializada en naturalezas muertas donde destacaban las flores. Sus obras (unas 24), fechadas entre 1667 y 1689, las que están datadas, llegaron a ser muy populares entre la aristocracia europea. Admirada, entre otros, por Leopoldo I de Habsburgo, Luis XIV de Francia o Guillermo III de Inglaterra, que le compraban sus pinturas, al igual que otros personajes del momento (encargos no le faltaban), nunca fue admitida en los gremios que reunían a los artistas por su condición de mujer. Dicen que, extremadamente espiritual, intimista y muy religiosa, gustaba incorporar a sus creaciones artísticas detalles de interés del momento (muy comercial) que vivían los Países Bajos, pletórico de intercambios de materiales y productos con Tierras al otro lado del mundo… Cuentan que alcanzó fama internacional cuando Cósimo de Médici viajó a Ámsterdam en 1667 y juzgó sus pinturas al mismo nivel que las de su maestro, Willem van Aelst, pues Cósimo gustaba apoyar obras producidas por mujeres, brindándoles difusión. Amasó una gran fortuna, pero en más de una ocasión parece ser que la invirtió en fines caritativos, especialmente en rescatar soldados holandeses capturados por piratas berberiscos, tal y como ha quedado documentado en los archivos de Ámsterdam. El retratista Wallerant Vaillant la pintó (con honor) portando una paleta en la mano, como señal de admiración por ella, obra que se conserva en el Rijksmuseum de Amsterdam (Holanda). También existe otro lienzo, atribuido a Gerard de Lairesse, que la plasma junto al poeta Dirk Schelte quien, en 1673, fascinado por su personalidad, le dedicó un poema, de ahí que algunos expertos consideren que, para dicho artista, era realmente su musa. María se preocupó por enseñar a su leal ayudante Geertgen Wyntges, también conocida como Geertje Pieters, a mezclar pinturas, lo que permitió a la joven, tras la muerte de van Oosterwijck, vivir independientemente.

Van Oosterwijck, muy religiosa como hemos comentado, solía representar simbólicamente sus arraigadas creencias en pinturas. Así, con el blanco denotaba inocencia, el amarillo divinidad y el rojo el martirio. A través del uso de elementos, sus obras reflejan temáticas normalmente asociadas con la naturaleza, la vanidad, el paso del tiempo y la espiritualidad. Sus Vanitas incorporan dichos elementos con la intención de hacer reflexionar acerca de la efímera naturaleza de la vida, caso de calaveras, catalejos, libros, guantes, comida parcialmente devorada (cabe destacar el maíz, demostrando la importancia del descubrimiento y el comercio de los puertos holandeses), bolsas de monedas, hojas marchitas, flores y, en especial, insectos (en concreto mariposas por las que sentía especial debilidad), gustando insertar numerosas especies de lepidópteros en sus cuadros. Recordemos que era momento de gran auge del coleccionismo e interés por la observación en Europa.

De hecho, pintó de forma recurrente (casi obsesiva) una bellísima especie, el almirante rojo o mariposa de arco, Vanessa atalanta (Linnaeus, 1758) (ver foto 1), que aparece en varias localizaciones de sus más substanciales obras, a modo de firma (rúbrica). En ocasiones, la mariposa, del género Vanessa, descansa en un tallo de flor, el borde de una mesa con un florero o sobre un libro. Otras veces, sin embargo, hay que buscar al lepidóptero con mucha atención, porque ha sido a propósito ocultado por la artista, constituyendo un recurso para atraer al espectador hacia su visión artística.

Los lepidópteros (mariposas) del género Vanessa pertenecen a la familia Nymphalidae, Rafinesque, 1815, pero hay muchas familias más. Si bien Nymphalidae es la más diversificada y rica en especies (Lamas, 2008), incluyendo unas 6.000 especies, también es la que presenta mayores problemas de clasificación y numerosas incógnitas filogenéticas (Lamas, 2008).

El género Vanessa está representado en Canarias por muy pocas especies (Wiemers, 1995), caso de Vanessa vulcania (Godart, 1819), conocida popularmente como Vanesa de yugo, (ver figura 2), un endemismo con distribución macaronésica (Madeira y Canarias), que ha sido recientemente citada en Cabo Verde (Tennent & Russell, 2015). Típica de los bosques de laurisilva, también se encuentra en hábitats creados por el hombre, como jardines o parques, donde es frecuente verla casi todo el año. Gusta de realizar vuelos en círculos con otros individuos, para luego separarse, rituales en grupos de dos a ocho ejemplares, a modo de cortejo. Esta especie suele depositar sus huevos en un vegetal endémico de la Macaronesia, presente en Canarias, Madeira y algunas islas de Azores, el llamado ortigón de monte (Urtica morifolia) del que se alimentan sus orugas, preferiblemente en lugares de abundante sombra.

Según Gil-T y Obregón (2012), el estudio del ciclo de vida de Vanessa vulcania (Godart, 1819) indica que la morfología de las larvas es poco variable. En dicho trabajo, los estados preimagos son comparados con los de Vanessa indica (Herbst, 1794), así como con los de Vanessa atalanta (Linnaeus, 1758), taxón simpátrico. Y aunque, para algunos expertos, Vanessa vulcania es una subespecie del taxón asiático, Vanessa indica (Herbst, 1794), (Vanessa indica canaria), actualmente es generalmente aceptada como especie aparte, basándose en ciertas diferencias en el diseño y forma de las alas, además de pequeños detalles en la genitalia del macho. En el trabajo mencionado (Gil-T y Obregón, 2012) se señalan diferencias en la estructura del huevo de los dos taxones anteriores. Según los autores, el número de crestas longitudinales (proyecciones longitudinales) es diferente, diez crestas en Vanessa vulcania (Godart, 1819), los mismos que Vanessa atalanta (Linnaeus, 1758), y catorce en Vanessa indica (Herbst, 1794). Además, la morfología de la crisálida de Vanessa vulcania (Godart, 1819) es muy característica (color y estructura de algunos tubérculos en la cara dorsal).

También te podría gustar...