Hoy se visita a “La siervita de La Laguna”, la monja prodigiosa de Tenerife

Cuando una persona a la que queremos mucho o con la que tenemos estrechos vínculos de sangre o familiaridad fallece, no descuidamos su sepultura. La bendecimos, la visitamos, le ponemos flores…Y todo eso, ¿por qué? Porque consideramos que el cuerpo de nuestro ser querido ha sido templo del Espíritu Santo desde el día de su bautismo y que, en el sepulcro, espera la resurrección del último día. Ese cuerpo enterrado, cuando es el cuerpo de un cristiano, es un lugar en el que Dios ha habitado con su presencia y amor, y al que Jesucristo ha prometido la resurrección y la vida.

Es un signo de respeto y reverencia hacia Dios que lo ha creado y redimido. El cuerpo es un don de Dios, que nos ha dado la posibilidad de relacionarnos con el mundo, con las demás personas y, especialmente, con Él mismo. El cuerpo es un regalo de Dios a la persona. No es un añadido, sino que forma parte de la identidad de cada una de las personas. Somos nuestro cuerpo y somos nuestro espíritu. Por eso, cuando un cristiano muere, al cuerpo le reservamos un especial respeto y atención; porque ha formado parte de la identidad de su persona. Y, además, porque Jesús nos lo prometió y creemos en su Palabra, esperamos que sea resucitado como fuese resucitado su Cuerpo aquel primer día de la semana y que contemplaran sus discípulos y sus apóstoles en las diferentes apariciones que nos relatan los evangelios.

Nosotros también, cada 15 de febrero, visitamos el lugar en el que está el cuerpo incorrupto de Sor María de Jesús (la Siervita). Lo visitamos con especial cuidado y delicadeza porque formó parte de su identidad de mujer, de su condición de cristiana y de su vida consagrada a Dios en la clausura del monasterio de Santa Catalina, en La Laguna. El día 15 de febrero, día en el que murió, visitamos su sepultura para agradecer a Dios su vida y pedirle que interceda por nosotros. Consideramos que su vida fue un ejemplo. Durante todos sus años de vida en clausura, se dedicó a rezar por los demás y a ofrecer a Dios su vida como reparación para la salvación de todas las personas. Unió su vida, con sus alegrías y sufrimientos, a la vida de Jesucristo, para completar en su cuerpo, como nos recuerda San Pablo, lo que Cristo realizó en su propio Cuerpo entregado hasta la muerte y muerte de Cruz.

Por eso sentimos que su cuerpo es especial y, con respeto y veneración, lo visitamos, y aprovechamos para encomendarnos a su intercesión. ¡Cuántos regalos de Dios han recibido tantas personas en el momento de visitar su sepulcro! Signo es, sin duda, de la permanente y amorosa acción de Dios en favor de todos nosotros. Cuando visitamos su sepultura debemos decir:

Gracias Señor por la vida de Sor María Jesús.

Gracias por haberla elegido para formar parte de la comunidad de religiosas dominicas de La Laguna.

Gracias porque su vida nos estimula a escuchar tu Palabra y vivir la Caridad.
Gracias por darnos la posibilidad de estar aquí.

¿Por qué pedirle que interceda por nosotros?

Hay un tema importante que debemos tener en cuenta. Quien nos concede gracias y favores es Dios. La providencia de Dios es la que está pendiente de nosotros y nos concede aquello que necesitamos, aunque en ocasiones no coincida del todo con lo que nosotros deseamos. A la postre nos damos cuenta que todo lo que nos ocurre, cuando lo vivimos desde la fe y la confianza en Dios, ocurre para nuestro bien. Los cristianos siempre pedimos las cosas al Padre Dios por Jesucristo Nuestro Señor. Así concluyen las oraciones que hacemos en la Liturgia, cualquiera que sea su celebración. Decimos “Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén”.

Pues bien; si todo lo pedimos por medio de Cristo, ¿por qué pedir la intercesión de los santos? Si Dios Padre nos lo ha dado todo, y nos sigue dando lo que necesitamos, a través de su Hijo Jesucristo, ¿por qué solicitar gracias y favores especiales a través de los santos y santas? Lo hacemos porque tiene sentido y porque lo podemos hacer.

Cuando fuimos bautizados, la Santa Iglesia nos introdujo en la vida de Cristo. Los bautizados podemos decir lo que decía San Pablo: “Ya no vivo yo; es Cristo quien viven en mí”. Y esto es verdad de tal manera que nuestro vivir es ya un vivir en Cristo. Por eso nos llamamos “cristianos”, porque somos “de Cristo”, porque sacramentalmente nos hemos convertido en “otros Cristos”. Por eso, cuando cada uno de nosotros elevamos nuestra oración a Dios, es la voz de Cristo la que se eleva al Padre en el Espíritu de Jesús. Cristo fue dirigiéndose al Padre a través de nosotros y en nosotros. ¡Qué misterio tan hermoso! ¡la hermosura de la oración cristiana!

Cuando un hermano en la fe, un cristiano, como es el caso de La Siervita, muere, nosotros podemos hacer dos cosas: pedir a Dios por él y pedirle a él que interceda -con Cristo- por nosotros. Y Dios, que nos ama y es providente, que está pendiente de nuestras necesidades, escucha la oración intercesora de los vivos y difuntos en el eco del corazón de Cristo. Es más, la Iglesia reconoce que esta intercesión es posible y real porque admite la existencia de “milagros” por intercesión de un fiel cristiano en favor nuestro. ¡Qué gran misterio el de la Comunión de los Santos! El vínculo del Bautismo une a la Iglesia triunfante con la Iglesia militante.

Por eso podemos, y hasta debemos, pedirle a la Siervita que interceda por nosotros. Ella que vivió la amistad con Jesucristo de una manera intensa y ejemplar, que vivió la comunión con Él de una manera llamativa para los de su tiempo, puede interceder en Cristo por nosotros y por nuestras necesidades. Por eso, cuando visitamos su sepultura podemos decir:

Sor María de Jesús, intercede por mi familia y por mis amigos.
Pide a Dios que supere esta enfermedad o dificultad.
Dile al Señor, Nuestro Dios, que convierta mi corazón y me haga santo.
Ayúdame a vivir el evangelio como tú lo viviste.

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