Fotos y poemas laguneros. Un bello anacronismo. Manuel Verdugo Bartlett (1878-1951)

En este siglo enfermo de neurosis,
extraño forjador de arduos empeños,
de audacias y febriles inquietudes,
que se burla de todos los ensueños,
que se ríe de todas las virtudes
y parece correr hacia el abismo;
La Laguna es un bello anacronismo…
Huyendo de sí mismo,
tal vez el incansable, el viejo Cronos
se ha detenido a descansar en ella
para dejar una indeleble huella,
y en la infinita calma del ambiente
el oído no siente
caer la gota en la fatal clepsidra…
Esta grata ciudad, serenamente
nos incita a los suaves pensamientos,
a hondas meditaciones,
con la atrayente paz de sus conventos,
con el murmullo de sus oraciones,
con la insinuante voz de sus campanas
que hablan llorando a nuestros corazones.
Y no es triste ni adusta
aletargada en la quietud augusta,
que una vega risueña es la sonrisa
franca y acogedora
con que su noble gravedad decora.
Por mayo, la divina primavera
trueca en manto de flores
el velo gris de la ciudad austera,
y es a la luz del día
cada jardín una pagana orgía
de aromas y colores
donde entre leves átomos de oro
vuela el enjambre de mi fantasía…
A veces he pensado: La Laguna
-¡oh, dilecto retiro!- es como una
vieja dama muy docta, muy piadosa
y de rancio abolengo, que es hermosa
sin mundanos afeites.
Ella sabe latín; puestas las gafas,
halla sanos deleites
leyendo muy despacio
a Virgilio y a Horacio;
detesta el fox, el shimmy, el chorleston,
en ocasiones mira hacia el pasado
cediendo a peligrosa tentación,
y amable, recatada,
de cofia y enlutada
baila un ceremonioso rigodón.
