Fotos y poemas laguneros.La Laguna y su Cristo. José Hernández Amador (1877-1950)

In Memoriam de don Carlos González Quintero, rector del Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna

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La Laguna y su Cristo

           (Fragmento)

            La Ciudad de La Laguna

que heroicos recuerdos guarda,

atenta a las tradiciones

en vivo fulgor se baña.

Con júbilo y regocijo

luce hoy sus mejores galas

para celebrar la fiesta

que su historia le señala.

En los palacios vetustos

solemne una voz nos habla

de relatos prodigiosos

que la heráldica abrillanta

sin que el tiempo haya logrado

oscurecer con su pátina.

En los rincones floridos

y en las calles solitarias

hay eternas vibraciones

de aquella edad legendaria

que por senderos de gloria

grandezas mil pregonaba;

más se nubla este recuerdo

que con la sombra contrasta,

el nuevo vivir que bulle

por jardines y por plazas.

En la fiesta septembrina

en que el pueblo se solaza

y se iluminan las frondas

y vibra encendida llama

de recóndita armonía

donde se juntan y enlazan

cadencias de la folía

con arrullos de guitarra.

Son tan bellos los encantos

de la campiña aromada,

que Gonzalo del Castillo

en aquella edad lejana

miró a la Princesa Dácil

en su faz simbolizada.

Si alguna vez la tristeza

a la Ciudad acompaña

e intentan herir su nombre

con la traición y a mansalva,

aguza el perfil valiente,

da al enemigo la cara,

y entonces es más hermosa

y hasta más noble y más santa;

ella ostenta el viejo escudo

cual emblema de pujanza,

al Arcángel San Miguel

con la flamígera espada.

            En un antiguo Convento

consagrado por la fama,

bajo el aroma fragante

de la piedad franciscana:

San Miguel de las Victorias,

humilde capilla se alza,

y en ella bendita imagen

de la Cruz pende clavada:

un Cristo de faz morena,

escultura venerada

como aquella gran efigie

de la Sevilla romántica

que lleva por sobrenombre

el “Cachorro” de Triana.

Cuando el Cristo lagunero

va entre cirios y bengalas,

en el momento sublime

de su magnífica “Entrada”

y al templete se aproxima,

todo el cielo es viva llama;

la ciudad toda es un templo;

y ese templo una plegaría.

Es un Cristo milagroso

cuyos favores derrama

en torno a los humildes

que piden consuelo y gracia,

y sin cesar, peregrinos

se arrodillan a sus plantas,

pues en amor y en clemencia

ninguna imagen le iguala.

José Hernández Amador

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