Fotos, coplas y poemas en otoño: “Hablando con las lecheras”. Juan Pérez Delgado (Nijota)

Lecheras en la parada de la Concepción, La Laguna años 50. Hoy en día, la imagen de la lechera que perdura en el recuerdo, es el de la mujer campesina que, tras ordeñar a sus animales, bajaba con la cesta llena de “cacharros de leche” en la cabeza, por los caminos y veredas que comunicaban sus lugares de ordeño con La Laguna y Santa Cruz, con el fin de vender su producto en la ciudad. Esta actividad suponía en muchos casos la única aportación a la economía familiar.

—Cuando mida la leche,
venga usté acá, Vicenta,
que hoy le voy a cantar
las cuarenta.

Que usté es una fresca
de su peso se cae.
Usté está bautizando
la leche que me trae.

—Señora: Eso no es cierto.
Que no, que no y que no.
Oiga, ¡muerta me caiga
si la bautizo yo!

—No se eche maldiciones,
que eso ya es un camelo.
Yo compré un pesa – leche
del último modelo.

Y desde hace tres días
lo meto sin cesar
en el líquido blanco
que usté trae a mi hogar.

El tubito, al ponerlo,
desciende una pulgada
y llega a un letrerito
que dice «Leche aguada».

-Oiga, pues yo le juro
que yo agua no le he echado.
Será del alimento
que le echan al ganado.

Est´además señora,
me debe veinte duros
y una es pobre
y pasa sus apuros.

Si yo le echara agua
—que no lo estoy haciendo—
así podría cobrarme
lo que me está debiendo.

—Bueno, sea lo que sea
¡aquí hemos terminado!
Compraré leche en polvo
que dá más resultado.

—Si compra leche en polvo
al fiado no será.
Oiga, y la leche en polvo
¿qué ganado la da?

—Pues… son vacas que hay
en las tierras de fuera
que en vez de tener ubre
tienen una polvera.

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