Fotos, coplas y poemas.“Crosita” y el whisky. Diego Crosa y Costa “Crosita” (1869-1942)

El propio don Diego contribuía a su bien ganada fama de bebedor de whisky, en confesiones como ésta:
Un buen día fui nombrado nada menos que mantenedor en una fiesta literaria, homenaje a la mujer. Celebrábase en la capital de una de las islas más hermosas del archipiélago y como, según malas lenguas, algunos de los oradores que actúan en estos espectáculos suelen cobrar sus pesetillas, recibí un telegrama de la comisión diciéndome: Indique precio discurso. A lo que contesté, lacónico: Botella whisky escenario. Y agradecidos a mis desprendimiento y modestia, recibiéronme como a diputado que visita el distrito: disparos de cohetes, música, comisiones, y después de Mantenedor, mantenido, porque me trataron a cuerpo de monarca, pasando unos días deliciosos, inolvidables. Banquetes tras banquetes; hoy una jira, mañana una playera; hoy un brindis, mañana cuatro. Enronquecido y maltrecho, descansé al tercer día, preparando mi discurso en asonantes endecasílabos y mi garganta con corifina para salir airoso de la empresa…
Señoras y señores: permitidme
que busque en este aprieto una defensa,
no se expresarme en prosa, fue la rima
la vestidura usual de mis ideas
y con ella preséntome en este acto
de exaltación a la mujer isleña.
A la noche siguiente de mi… éxito, recibo la visita de una comisión aldeana: la señora del alcalde, la maestra y un buen cura rechoncho y sin afeitar. Éste fue el que habló primero: Como usted es tan caritativo, sabio y complaciente, venimos a pedir su valiosa cooperación en una fiesta de caridad que tenemos organizada: sinfonía por un sexteto; un coro de alumnas con trajes del país, y un discurso de la maestra, también con traje.
-Tendré sumo gusto en asistir…
-Gracias, pero… como usted sabe otros cobran y queremos saber… somos muy pobres… ya usted me entiende…
-Entendido; pregunten lo que he cobrado anoche en la capital y lo mismo cobraré a ustedes.
Y me lucí en la fiesta, presentándome en un diminuto escenario, al fondo de un salón repleto de gente aplaudidora y agasajadora.
Benahoare, Benahoare,
la libertad te robaron;
ya de tu rey la corona
cayó al suelo hecha pedazos…
Y yo también me caí, pues aunque la leyenda era triste, el público se reía a carcajadas mientras yo, creyendo que el presbítero hacía burlas a mi espalda, volví la cabeza y me encontré, en medio del escenario, sobre una mesita con tapete rojo, un Apollinaris y… la botella de whisky.
– ¡Son mis honorarios, señores…!
– Y se acabó la leyenda y luego, el whisky.
