Fiestas de Verano: El verano lagunero de la época Ye yé. Por Julio Torres

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Yo sé que este verano se van a entretener…En la foto del «A Go-Gó» tienen muchas caras conocidas… el chico por ejemplo es el recordado Chuchín «El Cuijo».

La gente ye-yé de los años 60 mimetizó muchas de las costumbres yanquis, como las boleras, las discotecas… o los “Hot-Dogs”. Precisamente fue “Casa Peter” quien tradujo, gastronómicamente hablando, estos términos y nos ofreció, desde el verano de 1968, los sabrosos perritos calientes de “Peter”.

Los veranos laguneros de la segunda mitad de los años 60 se presentaron propicios para la revolución de los “melenudos” y de los veraneantes en un Bajamar “urbanizado” y estrenando apartamentos. También en 1968 se presenta uno de los grupos ye-yé del momento, los “Escarabajos”, cuyo vocalista presentaba: “A las congas, Jesús López; batería, Pepe León; bajo, Alfredo Castillo; guitarra, Antonio; y el gran cantante, Paco, Yo, el “Ferruja”. Y Les vamos a interpretar la canción “Papá tiene un nuevo truco”. En aquel verano se erigirían como ganadores del Primer Premio del Festival de Música Pop con motivo de las Fiestas del Cristo.

Mientras, Peter, en la lagunera calle de San Agustín, comenzaba a vender sus “pequenios” -la “ñ” ha sido siempre un escollo para todos los foráneos- perritos calientes. Pudimos leer en la prensa de la época opiniones diversas sobre el tan cacareado veraneo en un Bajamar incipiente, y que no todo el mundo se podía permitir.

Uno de tantos artículos decía así: “Como las estructuras sociales han cambiado, dejó de tener vigencia aquel «slogan» de la Internacional Comunista »Proletarios de todo el mundo, uníos», y ahora parece que los que tienden a unirse son los industriales, los burgueses, los de la clase media, los veraneantes. Es así como usted, en lugar de irse a veranear a una isla desierta, como Robinsón Crousé, que sería lo lógico y lo ideal, tiene que ir a establecerse a una de esas zonas residenciales o urbanizaciones de verano, que han surgido por todas partes y que no vienen a ser sino una especie de «camping» distinguido, ciudadelas de recreo con todos los medios de confort imprescindibles, entre ellos pequeñas piscinas para numerosos vecinos, pero donde la mayoría de las veces si uno mete un pie en la pileta, luego se encuentra con que no puede adentrar el otro si el que está al lado bañándose no retira el suyo a tiempo, porque vienen a tocar a medio centímetro de piscina por persona.

Ocurre también que ha venido allí a alojarse, para pasar el verano, la vecina suya de Santa Cruz o La Laguna, que tanto presume; la antipática de la señora de Perengánez, a la que usted no puede ver ni en pinta; el matrimonio Merengánez, con sus presuntuosas y antipatiquísimas hijas que parece que se tragaron un sable de lo tiesas que van siempre; la señora de Zutano, con su marido, el señor Zutano, siempre en plan de conquistar y que en el fondo no es más que un imbécil, y claro, usted no puede estar como una cualquiera, para que la critiquen y venga a arreglarse por la mañana y venga a arreglarse por la tarde, y a ponerse los mejores trajes, y a emperifollarse a base de bien.

¿Es eso veranear? ¿Es ese el reencuentro con la naturaleza de que hablábamos al principio, o el reencuentro con todos sus vecinos y enemigos del núcleo urbano donde vive el resto del año?

Por último, las visitas. Cuando usted llega a su «bungalow», chalecito o apartamento, abre -las ventanas-compruébelo para que vea-ensancha el pecho, metiendo todo el aire que puede en los pulmones y exclama invariablemente:

¡Qué gusto, ahora a descansar!

Me recuerda ello a los que suelen también invariablemente exclamar los recién casados, cuando, deshaciéndose de los familiares, padrinos e invitados de la boda, llegan jadeantes a la habitación del hotel: «¡Al fin, solos!», Pero, a lo que íbamos. Usted aquella noche del primer día del veraneo no duerme porque lo extraña todo, y es al día siguiente cuándo comienzan a llegar las visitas de familiares y amigos, para no dejarle descansar en el resto de la temporada.

Unos vienen a comer otros a pasar la tarde, otros desde primera hora de la mañana, aunque se traigan la comida; y usted venga a atenderlos a todos y a trabajar. Son como parientes pobres que acuden al calor -en este caso al fresquito- del familiar en buena posición. Incluso, cuando regresan a la ciudad presumen un poco con usted, diciéndole a las amistades:

¡Qué delicia, ayer pasé el día con mi hermana que veranea en Bajamar y que tiene, ¡ay!, pero que casa más formidable! Lo debe pasar de «mimi».

Y me pregunto yo: ¿Vale la pena veranear de este modo? ¿Compensa estar ahorrando todo el año y sufriendo hasta privaciones para después hincharse a trabajar, fuera de la ciudad, para los familiares y amigos? ¿Merece la pena entramparse, en algunas ocasiones, solamente para presumir luego en los primeros meses de bronceado de la piel, que a lo mejor ha sido obtenido también artificialmente?

Vamos esto me lo pregunto yo y tengo la seguridad de que conmigo terminarán también por preguntárselo algunas de las señoras veraneantes que me leen.

Porque los maridos, nada; seguramente por ahí de Rodríguez…”

La verdad, ¡cómo era aquella España de los 60! Como decía Domingo de Laguna: “¡Si te coge!”.

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