Exhumación y Traslado de los Restos del Primer Adelantado, Alonso Fernández de Lugo

Tras el incendio, en 1810, del convento de San Miguel de las Victorias, los restos de don Alonso Fernández de Lugo padecieron un total abandono, tal y como reflejaba un artículo del periódico “El Guanche” (y que fue objeto de una airada respuesta por parte de José de Olivera):
“ En la huerta plantada de nogales que pertenecía al suprimido convento Francisco de la ciudad de La Laguna y que hoy es propiedad de un particular, reposan (…) las olvidadas cenizas del conquistador de Tenerife y La Palma”.
Debido a ello, los restos fueron exhumados el 18 de junio de 1860, tal y como se reclamaba desde los primeros años de la década de los 50. José de Olivera recoge el acta de dicha exhumación:
“En la ciudad de San Cristóbal de La Laguna (…), siendo las seis y media de la tarde, hora en que se hallaba el Sr. alcalde constitucional de la misma D. Tomás Martel y Colombo en la huerta que fue iglesia de nuestro Padre San Francisco (…), con el objeto de averiguar el sitio del sepulcro donde fue depositado el cuerpo del ilustre caudillo (…) don Alonso Fernández de Lugo (…), a cuyo efecto se había estado trabajando desde el día anterior, previa la autorización verbal del Sr. gobernador eclesiástico y el beneplácito del dueño de la expresada huerta, D. Juan Manuel de Foronda (…). Cuando ya parecía que se iban defraudando las esperanzas (…), habiéndose calculado bien la situación donde debía hallarse en su tiempo el presbiterio del templo y comprobándose esto con el descubrimiento de los cimientos de las columnas posteriores donde estribaban los arcos torales, y no tan sólo fiados de la tradición oral e histórica (…), sino también fiados de las disposiciones testamentarias (del Adelantado) y con el auxilio de dos personas ancianas (…), José Cabrera y Dionisio Borges, los cuales, como testigos oculares, declaran haber visto, antes de la quema del convento, la losa de mármol que cubría el sepulcro del Adelantado, cuya losa tenía una orlaz negruzca jaspeada como pizarra y que se hallaba en el presbiterio, se procedió a desembarazar ese punto (…); y con efecto se dio con un sepulcro, del cual se extrajo una capa de cal demasiado compacta por el transcurso del tiempo, algunos fragmentos de tablas y por último apareció un esqueleto, que por la posición que guardaba, pues se hallaba la cabeza o vértice de tope con el lado que ocupaba el altar mayor y algunos vestigios de galones y cuello clerical, se reconoció ser el esqueleto de un sacerdote (…). Al fin, continuando con el mismo sistema de exploración, se encontró en el último sepulcro, correspondiente al lado de la epístola, el esqueleto de un seglar, que lo comprobaba la circunstancia de estar colocado en un sentido inverso a los demás y con un estado de mayor calcinación, prueba clara (…) de su mayor antigüedad, por lo que no dejó duda (…)”.
Más adelante narra Olivera que, dada la desconfianza respecto a la identidad de los restos, según razones “que a la verdad las considero poderosas, pues que se fundan en el texto de Núñez de la Peña y aún de Viera, los cuales afirman que el Adelantado fue sepultado en medio del presbiterio y junto al altar mayor, he reformado el acta de exhumación, calladita mi boca, sustituyendo en ella las siguientes líneas: “se encontró como en el centro del presbiterio, un sepulcro, que aunque no conservaba losa alguna, apareció en él fragmentos de losa negruzca jaspeada, como de pizarra”. La inocente honestidad de Olivera, al dejar constancia de este apaño, siembra para siempre la duda sobre la autenticidad de los restos.
Los restos permanecieron durante 20 años depositados en el santuario del Cristo, hasta que el Ayuntamiento pidió su traslado a la Catedral, en diciembre de 1880. Se proyectó un mausoleo, diseñado por Manuel de Oraá y esculpido por Angelo Cherubini, todo en mármol de Carrara. Sin embargo, en su realización, se suprimieron numerosos elementos, con lo que la obra quedó exigua y desangelada. El lugar escogido para su ubicación fue la Capilla del Carmen, entre los lienzos de Santa Isabel y San Fernando.
