En noviembre toca hablar de San Diego del Monte

 

José Rodríguez Maure
La Laguna 1925
Recopilación: Julio Torres Santos

De este pintoresco monte y convento que le dio nombre, casi no queda otra cosa que un triste recuerdo.

Este delicioso sitio, especie de cenobio donde se recogieron los desengañados de la sociedad lagunera en los siglos XVII y XVIII, es hoy una finca particular, montañosa, seca, que presenta a la vista las escuetas rocas que forman como su armadura ósea, Desapareció el arbolado, y con él, aquel aroma de mística quietud que se disfrutan al pasear por sus umbríos senderos, a cubierto de los rayos del sol por espesa bóveda de lozano ramaje; ya no existe aquel «via cruxis» que en escabrosa senda colocó la piedad religiosa para recordar las angostas del Hombre Dios, ni aquella capillita, levantada a la memoria del escéptico varón Juan de Jesús, Se esconde, recatada y pudorosa, entre los tupidos brezos que formaban la espesura del monte; ya no existen tan consoladores recuerdos: el Olvido y la indiferencia los han borrado para siempre, y aquellas silenciosas sombras que, amorosas, se cernían sobre la blanca casita del Siervo de Dios, han dejado libre el paso a los rayos de un sol curioso e indagador, que iluminándolo todo nos pone de manifiesto sus grietas, sus arrugas, sus años y su punible abandono.

El pequeño convento en gran parte fue demolido, pereciendo en el derribo la pobre celda en que vivó y murió el santo varón cuya virtud hizo famosa a esta casa; su templo, de una sola nave, y capilla mayor, después de ser despojado de sus pobres retablos por causa de la ruina que amenazaba, vive aún, si bien reducido en sus proporciones por el buen acuerdo del doctor don Pedro Llabérs y Llompart, quien, gobernando la diócesis por el Ilustrísimo Sr. Cervera, ordenó su reparación. La antigua capilla de Nuestra Señora del Buen Viaje, patrona de la casa de los condes del Valle de Salazar, que por medio de un arco comunicaba con la iglesia, hace años se convirtió a usos profanos de la vida. San Diego del Monte, en fin, se ha quedado hoy reducido a una modesta ermita, en la que se guarda el recuerdo del virtuoso fraile que tanta fama le diera, con una modesta inscripción y su retrato, y la del noble fundador y el pío ejecutor de voluntad, con la mutilada estatua del primero y sepulcro del segundo.

Él último propietario, que la acaba de adquirir, ha reparado él convento, a la moderna, haciendo de él una cómoda residencia de verano, y trabaja en repoblar el antiguo monte. ¡Dios le ayude en su acertado empeño!

Fue el fundador de este convento don Juan de Ayala, quien dejó su herencia a este fin en 1615, pero no se vio cumplida su última voluntad hasta el año de 1648, en que su sobrino el Maestre de Campo don Luis Interián de Ayala la puso en ejecución, levantando el convento y la primera iglesia con el producto de los bienes de la fundación y limosnas de los fieles.

Aunque el establecimiento de este convento, por lo ameno y retirado del sitio, fue siempre grato al vecindario de esta ciudad, lo que más le «recomendó a su aprecio fue la residencia que en él tuvo el «Siervo de Dios» Fray Juan de Jesús, cuya opinión de heroica virtud y eximia santidad o han podido borrar dos centurias. Nació este célebre isleño en la villa de Icod de padres. labradores, en 1615 dedicóse al humilde, oficio de tonelero con el cual mantuvo a su anciana madre, y muerta ésta, tomó el hábito de lego de la Orden Franciscana y en ella profesó en el año de 1646, muriendo en este convento de San Diego el 6 de Febrero de 1687, a los 72 años de edad.

Tal es la historia del pasado y la descripción del presente del convento de San Diego del Monte, extramuros de esta ciudad. El ha servido de tema para brillantes artículos y objeto de inspiración para poetas de tantos vuelos como Diego Estevanez. Los muros de la vieja capilla del Siervo y los añosos troncos de los árboles fueron álbum en que muchas generaciones dejaron consignados sus nombres, creyendo viviría su memoria tan perdurablemente digno de conservación era el paraje tan ameno. Se equivocaron los que tal cosa pensaron: al escribir los nombres sólo entraron los impulsos del corazón; al destruido todo, el cálculo era el único factor, y pereció porque debía ser Útil a sus dueños.

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