El verano en La Punta del Hidalgo de los años 50-60. Por Julio Fajardo Sánchez

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El verano en Punta del Hidalgo era variadísimo y divertido. Parecía como si La Hoya se pusiera en marcha después de una larga hibernación. Todo despertaba con la llegada de los veraneantes; los días eran más largos, las noches. en contra de toda lógica temporal, también. Todo crecía. Al contrario de lo que se piensa, el «dolce far niente» aportaba un mayor dinamismo a la monotonía de la vida habitual y el ambiente se veía introducido en un frenesí alocado, el que produce la búsqueda constante y obsesiva de la variedad de la actividad denominada «ocio creativo». Se inventaban juegos y bromas, se organizaban fiestas y parrandas, se ensayaban nuevas canciones y estribillos, se hacían excursiones al monte y, en el mar, se practicaba la pesca en sus distintas modalidades deportivas: submarina. caña, currica. El marisqueo en las bajas daba como consecuencia el disfrute de sabrosos arroces y caldos, mucho más sencillo que la captura de pardelas que hacía Antonio Birrás en los escarpados riscos de San Mateo, arriesgando la vida para comer luego, en casa del «Abogado», una carne que, como la de todas las aves marinas, no tiene condiciones para ser llevada a la mesa.

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Los hermanos De la Cruz, el Cura de La Punta y don Celestino y sombrero, agachado Kike.

La fiebre de la llegada del verano y de los veraneantes contagiaba a algunas personas del pueblo. Celestino Ramos, por ejemplo, se entregaba de tal manera al periodo de vacaciones que previamente se despedía de sus habituales amistades de La Punta para entregarse de lleno al trato con la gente de fuera, que ejercía sobre él una atracción irresistible. Esto, claro está, le hacía ser objeto de bromas y de muchos de los enrevesados proyectos de diversión elaborados por la mente inagotable de KIKE. Celestino nunca logró comprender como KIKE, después de esconder a un niño bajo las faldas de una mesa camilla, ante sus propios ojos, con una orden abracadabrante, lo hacía aparecer por la puerta. El truco consistía en que aquel día estaban en la casa los gemelos Juan y José Manuel de la Cruz, que habían ido a visitar a sus tíos. La verdad es que Celestino andaba esa semana con la cabeza caliente pues había sufrido una insolación mientras posaba en la terraza, con un taparrabos y los brazos en cruz, como modelo para un Cristo que pintaba Víctor Núñez, primo hermano de KIKE.

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Un verano, KIKE instaló en la terraza de su casa una diana para ejercitarse, en el tiro con una inofensiva pistola de aire comprimido. Los disparos no eran muy sonoros, pero a los pocos días la terraza rebosaba de gente participantes en un improvisado concurso de tiro al blanco. Don Eugenio Martín, el padre de KIKE, que no era muy fino de oído y que se encontraba convaleciente en su habitación, con la ventana abierta hacia el improvisado campo de tiro, al llegarle el rumor del patio preguntó:

-¿Qué están haciendo?

-Tirando. Respondió KIKE alzando la voz para que pudiera llegar hasta el debilitado oído de Don Eugenio. La respuesta del viejo no se hizo esperar.

Fingiendo ignorancia e ingenuidad, acertó plenamente en la diana al aludir al estado de ocio permanente de su hijo de sus acólitos cuando preguntó:

-¿De un carro?

En busca de emociones fuertes. una tarde un grupo de veraneantes, capitaneados por KIKE se dirigió a un pozo seco que había en el barranco de La Fajana, acompañados por Antonio Birrás. Antonio no tenía un pelo de tonto y todos de buena persona. Era un poco gago al hablar, producto de una especie de parálisis facial que le hacía babarse permanentemente. En aras de una investigación espeleo ilógica o de experimentar el verdadero aguante de Birrás, KIKE propuso introducirlo en una cesta que. para bajar al pozo, colgaba de una garrucha. Una vez soltado el freno, el torno comenzó a girar alocadamente mientras Birrás bajaba, a toda velocidad, hasta la oscuridad profunda. Después de unos segúndos, con más miedo que otra cosa, KIKE frenó la caída agarrando la manivela. El silencio en el fondo del pozo, que no se alcanzaba a ver desde el brocal, era impresionante. El pánico invadió las miradas y todos pensaron que el pobre Birrás se había estrellado. KIKE asomó la cabeza preguntando:

-Birrás, ¿falta mucho?- y el silencio seguía imperando en el ambiente. Algunos rostros se habían quedado lívidos cuando KIKE volvió a preguntar:

-¿Falta mucho Birrás?- Hasta que por fin, como viniendo de ultratumba llegó una voz temblorosa que hizo que los asistentes recuperaran el resuello. Desde el fondo del barranco de La Fajana, frente a los acantilados donde se jugaba la vida corriendo tras los nidos de las pardelas, la voz de Antonio retumbó recriminando la dureza y el riesgo de la broma que le gastaban aquellos a los que invitaba a comer pájaros o a disfrutar del espectáculo de ver a su portentoso macho cubriendo a las cabras que le llevaban los punteros, previo pago de diez duros.

La voz llegó hasta el aire como un mensaje de vida y de esperanza, como un bálsamo que aliviaba las conciencias ociosas. El mensaje fue recibido como maná caído del cielo cuando salió por el brocal del pozo el grito de protesta, medido en el insulto merecido, que decía: -¡Un almo abrones!-.

 

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