El sacerdote Eduardo Rodríguez Rodríguez leyó anoche el pregón de la Semana Santa de La Laguna 2017

El sacerdote Eduardo Rodríguez Rodríguez, delegado de Nueva Evangelización, leyó anoche el pregón de la Semana Santa de La Laguna en el transcurso de un solemne acto que se celebró en la S.I. Catedral de La Laguna
El sacerdote Eduardo Rodríguez Rodríguez, leyó anoche,en la S.I. Catedral de La Laguna , el pregón de la Semana Santa lagunera de 2017, destacando que «las procesiones nos llevan a redescubrir y reencontrar lo que en la gente hay de natural y de espontáneo, la humildad que nos permite conectar con el misterio de la existencia y con los valores, actitudes y costumbres que llevan la impronta del espíritu».
El acto contó con la asistencia del obispo de la Diócesis de Tenerife, Bernardo Álvarez; el alcalde de La Laguna, José Alberto Díaz. La parte musical fue el Concierto Sacro: Impronta de la seconda pratica de Claudio Monteverdi. (1567-1643), concierto incluido en el Encuentro de Música Antigua Sacra de La Laguna. El presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías, Pedro López, impuso la medalla de dicha asociación religiosa al pregonero 2017. Además fue la Banda de Música de Tejina la que a modo de abertura interpretó «Semana Santa de Aguere».
Eduardo Rodríguez Rodríguez, a lo largo de su intervención, profundizó en el significado del amor a Dios: «quisiera que este pregón sea un canto y a la vez un reto. Un canto al amor inmenso de Dios que no se cansa de buscarnos, que no se cansa de proponernos su amistad».
El sacerdote se refirió más adelante a que: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él.
El pregonero aseguró que la Semana Santa que vamos a vivir es una llamada a sentirnos amenazados de vida. De esa vida que se resiste a tanta tristeza aunque cuenta con ella. De esa vida que nos hace abrir los ojos, a descubrir, levantándole la piel a los acontecimientos, la empecinada esperanza presente en todo lo bueno, bello y verdadero.
El joven sacerdote afirmó que: La Semana Santa es Cristo que pasa. Como le dijeron al ciego. Pasa Jesús Nazareno. Por lo tanto, la Semana Santa es Pascua –paso-. ¡Aprovechemos la oportunidad!
¡Querido amigo! Cuando en tu parroquia preparas las celebraciones, ensayas los cantos, cuando eliges cuidadosamente las flores o participas celebrando: ¡Es Cristo que pasa!
¡Querido amigo! Cuando limpias el trono, cuando te pones la capucha o te colocas en la fila y emocionado haces el recorrido con tu cofradía: ¡Es Cristo que pasa!
¡Querido amigo! Cuando esperas en la esquina de la calle que pase la procesión, cuando llevas de la mano a tu hijo a ver pasar la Magna o visitas los monumentos: ¡Es Cristo que pasa!
¡Querido amigo! Cuando simplemente descansas, o disfrutas de las tradiciones, cuando al doblar una esquina ves pasar aquella imagen y sobrecogido te detienes: ¡Es Cristo que pasa!
Semana Santa es Cristo que pasa. Y ante su paso ¿Qué hacer? ¿Qué quieres hacer?
Rodríguez Rodríguez animó a mantener la religiosidad popular preguntando: En este Vía Crucis Lagunero, ¿Quién quieres ser? ¿Qué buscas? ¿Quién eres? Quizás como decía Kierkegaard, el filósofo, “ha llegado el momento con la ayuda de Dios de ser yo mismo”.
Cuando el Domingo de Ramos camino de la Catedral agitemos los palmos y recorra la borriquilla nuestras calles nos tocará preguntarnos si no nos mostramos como cristianos por miedo. Si en ocasiones grito: “bendito el que viene” y más tarde: “crucifícale”, como gritó ese día el pueblo. O tomo la iniciativa y ayudo a llevar como el Cireneo, el peso de la cruz de un reo.
Si ante el dolor de los demás y ante su sufrimiento, me quedo dormido pensando en mis cosas, como aquellos a los pies de Cristo que nos muestra el lunes santo la procesión del Huerto.
Vender a un amigo, traicionar al Maestro, sentir vergüenza de que digan: “ese es de los nuestros”. Nos enseña Pedro, llorando, al escuchar el canto del gallo y al cruzarse con la mirada de Jesús, allí en el patio de Caifás, justo en el centro. No hay reproches, ni acusaciones, ni requerimientos. Simplemente el silencio de unos ojos, que unidos a los de Pedro nos repiten: Yo soy la misericordia y el perdón, no vivas de remordimientos. Dios no se cansa de perdonar, perdónate tú y camina de nuevo. Un martes santo, en cualquier esquina de La Laguna, se nos brinda una ocasión para el “encuentro”.
Sentirnos uno con la muchedumbre que sube con Él al Calvario: Verónica que limpia su rostro y que descubre con desconcierto, que cuando mira al hermano y le asiste, hambriento, sediento, desnudo, solo o preso, es el rostro de Cristo al que alivia en ese momento. Y así marcha el miércoles santo, mirando a Jesús despojado, Ecce homo, varón de dolores pero sin resentimiento.
El Jueves Santo, como quien vuelve al comienzo, se nos da la razón de todo, el amor se vuelve mandamiento. Magdalena, levantada de su vida, renovada en su dignidad, mirada como mujer y no como mercancía, empeñada en su seguimiento. Los santos varones, entregados a sus pensamientos, descubren que no saben nada, que Dios no es el Dios de los soberbios, que se revela a los sencillos y que la fe no es contraria al razonamiento. Juan que mira, que recuerda como recostaba su cabeza en su pecho, que comía aquel pan y bebía de aquel cáliz, ahora se cumplía todo, había llegado el momento.
Alzado entre dos ladrones, uno le increpa, el otro, asalta el cielo. Todos, personajes de pasión, en nuestros tronos laguneros, nos están gritando a los discípulos de este tiempo, que ninguno de nosotros es un caso perdido, que aún estamos a tiempo.
Recorreremos luego, uno a uno los monumentos, que guardan lo más sagrado, a Dios que se hace alimento. ¿Se puede mandar el amor? Claro y se hace mandamiento.
Ya el Viernes Santo, La Laguna, hace silencio, cuando recorre sus calles, su Señor, su dueño. Luego una madre que calla, y recoge a su hijo en su seno, y siente la espada que profetizó Simeón y pronuncia de nuevo su hágase, salvo que está vez lo hace en silencio. Y en silencio se quedan las calles, las voces, los templos. Hasta la catedral enmudece cuando acoge en su seno, como lo hizo María, a su hijo y Señor que yace muerto. Quien mira pregunta: ¿Todo esto es por mí? ¿Por mí Dios está muerto? Y callan las calles, las voces, los templos, y solo se oyen los pasos, de cofrades y de pueblo.
Se apagan las velas, se cierran los templos. Y el que mira se pregunta: ¿Y ahora, que hacemos? Casi que nos sentimos todos un poco huérfanos. Toca esperar con la fe encendida, como María, en silencio. Ya al alba del tercer día, repican las campanas y rompe la oscuridad la luz que abre brecha en el mundo de los muertos. Queda cegado el soldado y toda la Iglesia hace fiesta. Se levanta glorioso mi Señor en la Mañana y sale el Resucitado a buscar a su pueblo. ¡Venid todos!, ¡Salid a su encuentro! Y en el trono de plata, allí, en un trozo de pan expuesto, está el Dios de la vida, vivo, real, eterno, diciéndole al hombre no soy solo pan, soy para tu vida alimento.
Por eso en esta noche te grito a ti, ciudad de la Laguna, cinco veces centenaria, ciudad de paz: Ponte tus mejores galas que Dios se hace acontecimiento. Arma tus tronos, prepara tus conciertos, haz valer tu patrimonio, levanta tus monumentos. Vuelve a pulir la cera, hermano cofrade, prepara la liturgia con esmero en los templos. Bendice a tu pueblo sacerdote, acoge al que viene de fuera y hazle sentir lagunero. Que nada se improvise, que todo haga abrir los ojos al asombro del “encuentro”.
