El primer cadáver de la Facultad de Medicina (II). Por Carlos García

Cuando llegó el verano y regresé a Tenerife, tenía el encargo del contactar con el Rector de la Universidad, en aquél periodo el Dr. Jesús Hernández Perera, quién esperaba mi visita para poner en marcha el encargo que el propio Dr. Guirao había trasladado al Rector.

Fue el Dr. Hernández Perera quien me facilitó una carta que llevé al antiguo Psiquiátrico, al Asilo de Ancianos y al Hospital Civil de Santa Cruz, con el encargo de que, al primer fallecido ingresado en esos centros, que no fuera reclamado por nadie y por tanto de la beneficencia, se me avisara para poder realizar el trabajo encomendado.

Semanas después, y encontrándome en Bajamar, donde veraneaba y disfrutaba con mis amigos-as, recibí una llamada del Psiquiátrico comunicándome el fallecimiento de una persona que debía pasar a recoger.

Mientras, se me había facilitado un local en los bajos de la vieja facultad de Biológicas de la Universidad lagunera, que todos conocían como “la nevera”, donde dispuse mi “laboratorio” a la espera de realizar y poner en práctica lo aprendido en las técnicas de embalsamar. Antes, se había encargado la fabricación de una bañera, forrada por planchas de zinc, que debía llenar de formol para sumergir al cadáver que debía disecar, tal y como me habían indicado en Granada.

Sobre un madero plano que apoyamos sobre dos bidones o dos bases que ahora se me olvida, dispuse de la mesa anatómica donde realizar mi trabajo en un cuarto que daba a un pasillo, donde también existían aulas y otras dependencias docentes del recinto de Biología y, por tanto, de fácil acceso a todos los estudiantes de entonces.

Tras el aviso del Psiquiátrico me dirigí a una funeraria, que ya había sido avisada y contratada por el rectorado, para recoger y trasladar al difunto, cosa que hice ante el asombro de las monjas que trabajaban en el centro y que no entendían  y se asombraban de lo que se quería hacer con aquel cadáver. Resultó ser un hombre muy corpulento, de más de 100 Kg. que, en un ataúd de la funeraria se trasladó a la sala ya mencionada.

Nada más llegar lo primero que hicimos fue introducirlo en la bañera llena de formol mediante un artilugio que se había  diseñado con cadenas que sujetaban una plataforma metálica que, mediante poleas sujetas al techo, subíamos y bajábamos desde la bañera a la mesa de trabajo.

Y dio comienzo, en el mes de Julio de 1969, a la odisea de aquel verano, penosa y “olorosa”, en la labor que el Dr. Guirao, desde Granada, había encargado a un joven alumno de 20 años de edad, con la responsabilidad de preparar cadáveres para la nueva Facultad de Medicina de La Laguna.

Fueron mañanas y tardes encerrados en aquel cuarto de la vieja universidad  en el arduo trabajo de intentar canalizar venas safenas y femorales para inyectar el liquido que lograra disecar aquel cuerpo sin vida. Vano intento que me hiciera desconfiar y sufrir por no obtener el logro de lo que me habían enseñado en mi facultad. Una y otra vez intentaba forzar la introducción del formol en al árbol venoso sin éxito. Mientras, inyectaba a través del abdomen, en la caja torácica y, retroorbitariamente en la craneal, formol para, según sabía, las vísceras estuvieran embebidas y se fueran secando y conservando en sus cavidades. Y al finalizar, de nuevo con las poleas, trasladar el cuerpo de la mesa a la bañera con formol hasta el día siguiente.

Los dolores de cabeza fueron constantes debido a las emanaciones del formol en un cuarto cerrado que disponía de una pequeña ventana; además, al padecer de migrañas, las cefaleas aquel verano fueron mi tormento cotidiano. Recuerdo que cada tarde que llegaba a Bajamar a reunirme con mis amigos, mi olor a formol era tan penetrante que todos me huían. Ni decir tiene que la chica con la que enamoraba, la que hoy es mi actual esposa, se dedicaba a pasarlo con el resto de amigos, entre los que se encontraban Cristino Suárez, hoy afamado cirujano plástico y Javier Pérez ( el que fuese presidente del C.D. Tenerife), estudiantes también de Granada, que suplían mis ausencias “entreteniendo” a mi entonces novia.

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