El primer cadáver de la Facultad de Medicina (I). Por Carlos García

Quiero hacer memoria de un hecho que me ligó a la Facultad de Medicina de La Laguna  a pesar de que realicé mis estudios  en la Universidad de Granada entre 1966 y 1972.

Hace de esta historia  casi 50 años, y este escrito lo había realizado hace algún tiempo, tal vez demasiado,  pero  lo tenía olvidado y extraviado, hasta que nuevamente ha llegado a mi memoria y he querido rescatarlo.

En el  primer año de mi carrera, en aquel plan de estudio, estudié la asignatura de Anatomía de la mano del profesor Soler Viñolo, aunque existía otra cátedra que dirigía el profesor Miguel Guirao. Los dos años de la asignatura, 66-67 y 67-68 las hice, por tanto, con el Profesor Soler.

Fue cursando el tercer año de carrera, en 1969, cuando recibí una llamada de la cátedra de Anatomía del Dr. Guirao para una entrevista personal. No hay ni que decir que para un alumno universitario de entonces, en una Facultad clásica y tradicional como la de Granada, en que los catedráticos eran verdaderos dioses inalcanzables y distantes, situados en un pedestal al que no se tenía acceso y al que se le guardaba un respeto y temor considerables, aquella llamada llenó de incertidumbre mi espíritu. ¿Como era posible que un señor catedrático me llamara para entrevistarse conmigo? ¿Que había pasado, en que lío me había metido?

Resulto, finalmente, que el Dr. Guirao, se había enterado de que era yo oriundo de Tenerife y me propuso que, estando próxima la inauguración de la Facultad de Medicina de la La Laguna, a donde iba ser destinado como “Decano Comisionado” para ponerla en marcha, necesitaba que alguien se encargara de preparar algunos cadáveres para utilizarlos en las prácticas de Anatomía que debían realizar los nuevos alumnos matriculados. Me proponía el aprendizaje de técnicas de “embalsamar” para que, una vez regresado a Tenerife en la época de vacaciones de verano, realizar y dejar dispuestos una serie de cadáveres en la futura cátedra anatómica.

Dicho y hecho. A un alumno de tercero le pareció un “honor” que el Dr. Guirao se fijara en mí para acometer el trabajo, sin haber entendido ni comprendido nunca como fue lo que motivó que mi nombre se eligiera entre los alumnos canarios que cursaban en la facultad granadina.

Para el aprendizaje se me asignó a un profesor adjunto de la cátedra que me enseñó las técnicas sobre cadáveres. De ese modo me enseñaron a disecar venas y arterias, a inyectar productos químicos en aquellas, a llenar cavidades abdominales, torácicas y craneales de formol y no recuerdo que otras sustancias más…En definitiva a disecar o embalsamar cadáveres. Fue para mí una experiencia novedosa y atractiva que me ocupó tiempo fuera de mis clases y estudios de aquel tercer año de carrera.

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