El Cristo de La Laguna, la Plaza y las fiestas (I). Por Julio Torres

Es septiembre en La Laguna; no es preciso ojear el calendario para percatarse de ello. Se nota en el trajín que recobran sus calles, otrora animadas por los veraneantes, ahora porque son sus habitantes los que regresan de su retiro estival; en la expectación que bulle entre sus gentes por las celebraciones que se avecinan; en los establecimientos que reabren sus puertas, especialmente las “casas de comida”, que han guardado a buen recaudo, y mejores condiciones de temperatura y humedad, contados barriles de su mejor “brebaje” para hacer la “rentrée” con el pie derecho; en el alisio, transitando libre por los callejones de la ciudad, avisando a las señoras de que el “cubre fiesta” ya debe formar parte de su atuendo vespertino; en la luz que comienza a pintar de dorados y ocres el paisaje, presagiando el rayano otoño … y también en el aire. Porque en septiembre el aire en La Laguna huele y se siente de otra manera, especialmente por la noche. Soy incapaz de explicarlo, pero los laguneros y laguneras lo percibimos así desde nuestra infancia.

En septiembre, la bonanza del clima lagunero, generalmente más suave que en agosto y menos húmedo que en junio-julio, permite complacerse en una delicada quietud, que solo el alisio sabe crear en las noches laguneras. Disfruto paseando por sus rectas calles, en la única compañía de esa atmósfera tan peculiar –a la que contribuye no poco el aroma de algunas “santanosches” supervivientes y de los jazmines que asoman, desafiantes, por entre los enrejados jardines de sus antañonas casonas-, y de otros “retornados”, los grillos, que con su repetitivo y monótono grillar, raspando una y otra vez sus alas anteriores y sus patas posteriores, también quieren ser troveros de las fiestas septembrinas. ¡Cuántos recuerdos se agolpan y desbordan entonces en mi memoria!
Y es que septiembre es el mes de La Laguna, porque es el mes de sus fiestas. Comienzan el 8, con la festividad de los Remedios (patrona de San Cristóbal de La Laguna y de Tenerife, también de la diócesis de Cristóbal de La Laguna y de su sede episcopal, la Catedral de La Laguna) y terminan el 29, con san Miguel (patrón de la isla de Tenerife y del Ayuntamiento de La Laguna). Y en el medio, Él, el Crucificado, el Santísimo Cristo de La Laguna.

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