El Cristo de La Laguna es el Cristo de todos. ¡No! al macro Velatorio de la Plaza del Cristo

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El Cristo de La Laguna es un Cristo de todos. Para aquellas personas creyentes, esta talla tiene un significado especial, como pieza devocional a la que muchos se han encomendado en momentos de zozobra, para buscar auxilio y consuelo. Su importancia religiosa queda ejemplificada a diario, con el enorme número de visitas que recibe, lo que la convierte en una de las imágenes más reverenciadas de nuestro archipiélago.

Pero consideraciones religiosas al margen, el Cristo de La Laguna, entendido como una pieza de primer orden en nuestro patrimonio histórico artístico, es un testigo de excepción de la historia de Canarias, que nos habla de nuestro pasado cosmopolita y abierto al mar. Y así nos habla el poeta:

José Hernández Amador

La Laguna y su Cristo (Fragmento)

La Ciudad de La Laguna
que heroicos recuerdos guarda,
atenta a las tradiciones
en vivo fulgor se baña.
Con júbilo y regocijo
luce hoy sus mejores galas
para celebrar la fiesta
que su historia le señala.
En los palacios vetustos
solemne una voz nos habla
de relatos prodigiosos
que la heráldica abrillanta
sin que el tiempo haya logrado
oscurecer con su pátina.
En los rincones floridos
y en las calles solitarias
hay eternas vibraciones
de aquella edad legendaria
que por senderos de gloria
grandezas mil pregonaba;
más se nubla este recuerdo
que con la sombra contrasta,
el nuevo vivir que bulle
por jardines y por plazas.
En la fiesta septembrina
en que el pueblo se solaza
y se iluminan las frondas
y vibra encendida llama
de recóndita armonía
donde se juntan y enlazan
cadencias de la folía
con arrullos de guitarra.
Son tan bellos los encantos
de la campiña aromada,
que Gonzalo del Castillo
en aquella edad lejana
miró a la Princesa Dácil
en su faz simbolizada.
Si alguna vez la tristeza
a la Ciudad acompaña
e intentan herir su nombre
con la traición y a mansalva,
aguza el perfil valiente,
da al enemigo la cara,
y entonces es más hermosa
y hasta más noble y más santa;
ella ostenta el viejo escudo
cual emblema de pujanza,
al Arcángel San Miguel
con la flamígera espada.

En un antiguo Convento
consagrado por la fama,
bajo el aroma fragante
de la piedad franciscana:
San Miguel de las Victorias,
humilde capilla se alza,
y en ella bendita imagen
de la Cruz pende clavada:
un Cristo de faz morena,
escultura venerada
como aquella gran efigie
de la Sevilla romántica
que lleva por sobrenombre
el “Cachorro” de Triana.
Cuando el Cristo lagunero
va entre cirios y bengalas,
en el momento sublime
de su magnífica “Entrada”
y al templete se aproxima,
todo el cielo es viva llama;
la ciudad toda es un templo;
y ese templo una plegaría.
Es un Cristo milagroso
cuyos favores derrama
en torno a los humildes
que piden consuelo y gracia,
y sin cesar, peregrinos
se arrodillan a sus plantas,
pues en amor y en clemencia
ninguna imagen le igu

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