EL ATAQUE INGLES A SANTA CRUZ DE TENERIFE (II). Por Carlos García

Las Milicias en Canarias.– Si hiciéramos un breve repaso al ejército que defendía en aquel momento la isla de Tenerife, nos serviría para tener una mejor idea del tipo de relación que se dio entre la armada inglesa y la nuestra.
Hay que comenzar diciendo que efectivamente en Canarias no existía prácticamente ejército, sino que a éste lo suplía las milicias. Los soldados eran en su práctica mayoría labradores o trabajadores en cualquier oficio que intervenían en la defensa militar cuando se les convocaba para ello. Por tanto no eran profesionales del ejército con lo que su formación en esta materia era bastante precaria y limitada.
Eran reclutados desde los 16 años y no podían pertenecer a las milicias los de raza de color y algunos que tuviesen oficios entonces considerados como viles: molineros, arrieros y borriqueros.
En 1.769 llegaron a Tenerife un total de 172 hombres entre oficiales y sargentos con el fin de instruir a estos labradores en materia militar. Todos ellos fueron alojados en la ciudad de La Laguna, en la calle de las Piteras, hoy Capitán Brotons, en una casa nombrada y conocida como casa de Juan de la Haya, vecino del lugar.
Es a partir de estos veteranos milicianos cuando en Canarias comienza a darse una cierta profesionalización a las milicias, creándose dos compañías fijas de infantería y otra de artillería, con los hombres llegados de la península.
Además se suprimen numerosos componentes milicianos y solo se mantienen cinco regimientos, que fueron los de La Laguna, La Orotava, Garachico, Güimar y Abona.
Cada regimiento se componía de diez compañías entre las que se cuentan los fusileros, los granaderos y los cazadores.
También del arma de artillería se crearon tres compañías en La Orotava, en Garachico y la mitad en Candelaria y otra mitad en San Andrés.
El mismo General Gutiérrez, por orden de 31 de Diciembre de 1.792, creó el Batallón de Infantería de Canarias a partir de los cuerpos provinciales y que sirvió como academia de enseñanza a los oficiales de milicias.
El uniforme de este Batallón de Canarias era el siguiente:”Casaca, chupa, calzón y botón, blanco; vuelta, collarín y vivo encarnado “. Este dato es del año 1.793.
A las unidades de artillería antes mencionada se les cambió el uniforme y en vez de utilizar casaca corta de algodón blanco abotonada en el centro, morrión con escudo y gorra de cuartel, se transformó en 1.773 en un uniforme azul, todo unido, con botones de metal dorado los lados.
A pesar de que las ordenanzas determinaban perfectamente el tipo de uniformes que tanto los milicianos como los profesionales debían utilizar, muchos de éstos no acataban las mismas, con lo que “vestían ridículamente abusando del descuido y tolerancia de los que constantemente debían impedirlo”.
Así era común el uso de “pañuelos abultados en el cuello, patillas demasiado largas, sombrero redondo, chaleco en lugar de chupa y la utilización del sobretodo, permitido por razón de marcha, lluvia y frío, sin llevar debajo la casaca”.
Estos hechos movieron al monarca Carlos IV a redactar un real decreto, en 1.785, que trataba sobre la uniformidad.
Además de estas fuerzas residentes en Canarias en vista al enfrentamiento con Inglaterra, el General Gutiérrez solicita al Gobierno de España el envío de tropas veteranas para el refuerzo de las islas, ya que solo existía el Batallón de Canarias incompleto.
Por ese motivo, en el momento del ataque inglés, se encontraban en Tenerife las partidas de reclutas de Cuba y de la Habana que Carlos IV envío con afán de reforzar la guarnición.
Y finalmente el grupo de soldados franceses que intervinieron en la batalla del 25 de Julio eran pertenecientes a la corbeta de guerra de la República Francesa “La Mutine”, que se encontraba anclada en el puerto de Santa Cruz a las órdenes del capitán de fragata D. Luis Estanislao Xavier Pomies. Esta corbeta fue apresada, como había dicho, dos meses antes, en el mes de Mayo por unas incursiones inglesas realizadas en ese momento y que fueron el prólogo de la jornada que nos tocó vivir tiempo después.
En definitiva y siguiendo diferentes autores, especialmente a Dogour, las fuerzas que tomaron parte en la defensa de Santa Cruz fueron las que siguen:
1) Cazadores provinciales………. 110
2) Batallón de Canarias………… 247
3) Milicias de La Laguna
y de la Orotava………………….. 330
4) Rozadores de La Laguna……. 245
5) Reclutas de La Habana y Cuba. 60
6) Artilleros veteranos
y de milicias………………………. 387
7) Franceses de La Mutine……… 110
8) Pilotos y auxiliares
paisanos…………………………….. 180
Total…………………………………… 1.669
En cuanto al armamento de que disponían las Milicias este era bastante precario, no solo en cuanto a su número, sino incluso defectuoso y anticuado. Nuestros milicianos no disponían de recursos para costearse ni el armamento ni la munición.
Al principio era el Cabildo quién almacenaba para casos de invasiones, chuzos, cuchillos, etc., siendo luego labor de los Comandantes Generales el disponer de mosquetes, fusiles y mantener la dotación de cañones y pólvora en los castillos. No obstante era tan precaria la situación que tuvo que traerse mil fusiles de la península con el fin de abastecer en algo a la guarnición.
Además el uso de unos utensilios denominadas rozaderas, y que se trataba de unos cuchillos curvos a modo de hoces, y a los que se les aplicaba un palo largo que servían de arma, fueron muy utilizados, ya que entre los campesinos su manejo era muy fácil, habiéndose formado una tropa específica dotada de esas armas que eran los llamados Rozadores de La Laguna.
Un documento de la época, de 1.790, nos informa con exactitud del armamento dispuesto en Tenerife y que estaba en manos de los milicianos, además de las armas almacenadas para surtir a la infantería. Este era el siguiente:
73 fusiles
77 bayonetas
8 pistolas
En cuanto a las baterías de las fortalezas y castillos se disponían de 96 cañones con que defender la plaza, aunque no se pudo hacer uso sino de 77 por falta de artilleros.
El plan defensivo y el dispositivo sanitario.- Tras la declaración de guerra contra Inglaterra se solicitaron a los Ayuntamientos la creación de unos puestos de vigías para reforzar la vigilancia de nuestras costas y ya, desde 1793, el Cabildo había elaborado un Plan de defensa en caso de invasión a Tenerife.
No obstante el General Gutiérrez, en febrero de 1.797, mandó a los Coroneles de sus Regimientos un mayor celo y cuidado en la previsión de algún ataque. A pesar de estas advertencias ya conocemos lo que ocurrió en abril y mayo de aquel año, fecha desde la cual la población canaria vivió en máxima alerta presagiando un ataque mayor.
Es interesante conocer que, desde el 1º de mayo de 1.797, el Ayuntamiento de Santa Cruz había dispuesto una serie de precauciones en cuanto al peligro de invasión enemiga, formando seis Rondas de vigilancia que patrullarían por diversas zonas del lugar.
La línea divisoria que marcaba al pueblo el límite de dos mitades, era la calle del Castillo, en cada una de las cuales se emplearían tres rondas formadas por un Cabo y 19 acompañantes, uno de ellos a caballo para la comunicación rápida según las ocurrencias.
La mitad norte se dividió a su vez en tres cuarteles:
1º) el recinto que hay entre la Marina y la calle del Norte
2ª) lo comprendido entre la calle del Norte hasta la salida del pueblo por poniente, bajando por delante de la iglesia del Pilar saliendo a la calle de San Roque
3º) entre la calle de San Roque subiendo por la iglesia del Pilar hasta la salida del pueblo por el norte, con la parte del Tescal y el barrio que llaman Puerto Escondido.
La mitad sur se dividió en:
1º) desde la Plaza de la Pila entrando por las calles de las Tiendas hasta la de Santo Domingo, bajando por la iglesia, todo el barrio del Cabo y por la Caleta
2º) toda la calle del Castillo y el barranco Santos y entre la de las Tiendas y la que sigue por el costado de la casa de D. José Herrera
3º) desde la calle del Castillo hasta lo último del pueblo por el sur y por el poniente.
En la Plaza de la Pila habrá cuatro lechos con cuatro hombres destinados para conducir a los heridos a los Hospitales y estarán de reserva los médicos y sangradores y cirujanos, Rafael de Soto y su hijo Pedro y además seis confesores para que en un pronto, puedan socorrer a los heridos.
Antes, el ayuntamiento de La Laguna, en mayo de 1.763, había dictado las órdenes e instrucciones en cuanto al planteamiento médico-sanitario y en referencia a los ataques de que pudiera ser objeto la isla:
“… tomen a su cuidado la curación y consuelo de los heridos quienes cuidarán del paraje o casas a propósito en donde ponerlos, tomando de las mas obvias, las camas y demás que se necesiten. Prevendrá a los médicos y cirujanos (especialmente al Dr. Manuel Ozuna y Montiel salariado del Cabildo y a D. Lucas González Duraos, cirujanos titulares de La Laguna), para que tengan prontos todos los instrumentos de su facultad y algunas personas de inteligencia que les ayuden. Asimismo, prevendrán dichos médicos y sangradores, tengan provisión de vendas, cabezales y las otras cosas de esta especie, para que no se experimente falta.”
A parte de los ya nombrados, ejercían funciones de cirujanos mayores en 1.797, y tal como referencia Perdomo Alfonso, Juan Villaseca, Diego Antonio Martín, Agustín Collado y Francisco Minard. Como cirujanos sangradores estaban Francisco Afonso de Armas (titular de La Laguna), Lorenzo de León Prieto, José Hernández Meliá, José Antonio Dávila, José de León Pérez, Rafael y Pedro de Soto (asalariados del ayuntamiento local de Santa Cruz).
Estos profesionales sanitarios ejercieron su labor en la curación y alivio de los heridos que, a pesar de que el parte firmado por el General Gutiérrez el 25 de julio de 1.797 dice que nuestras pérdidas son de corta consideración, encontramos que los heridos, tanto militares como civiles, fueron cuantiosos y que el trabajo desarrollado en nuestros hospitales fue importante y agotador.
Existían en aquel momento en Santa Cruz dos hospitales en funcionamiento. El hospital de Nuestra Señora de los Desamparados y el Hospital Militar, situado el primero frente a la iglesia de la Concepción, lo que constituyó luego el Hospital Civil y hoy sede de museos, y el otro en lo que actualmente es Capitanía General frente a la plaza de Weyler, y en el ejercían como “Bachilleres en Medicina”, Juan Pedro Rodríguez y Juan Villaseca.
Los heridos que fueron atendidos en el Hospital Militar, lo fueron de diversa consideración, existiendo así heridos por bala, bayoneta, quemados, contusionados, y que, según la relación existente, lo fueron en diversos lugares anatómicos como en la cabeza, pantorrillas, brazos, muslos, etc. Existieron algunos calificados en los informes como mal heridos, que fallecieron en los días inmediatos de la refriega, y que no solo fueron canarios o civiles, sino que incluso los propios ingleses recibieron tratamiento médico y curativo en nuestras instalaciones, como el Capitán Rovenson, o el Sargento 2º Josef Pasneche, hasta un total de 56 personas, muriendo dos de ellos en el mismo hospital, uno herido en la barriga, Juan Belson, y otro herido en la pierna, Hentery Harrison, hechos certificados por el médico-cirujano Juan Pedro Rodríguez.
Este mismo facultativo solicita ayuda de personal sanitario al verse el Hospital Militar totalmente desbordado para atender la demanda de heridos de uno y otro bando.
Así envía un escrito al Comandante General Antonio Gutiérrez donde dice:” Sírvase disponer pasen para el Real Hospital Militar mas facultativos para curación de la muchedumbre de enfermos eridos. Y también cirujanos y barveros”.
Para suplir esta falta sanitaria de atención a los soldados y paisanos, el Ayuntamiento de La Laguna envió sangradores para socorrer a los heridos, y en efecto fue Francisco Afonso de Armas de ésta vecindad. También se presentó el presbítero Agustín de Castilla como administrador del Hospital de Nuestra Señora de los Dolores, ofreciendo no solo el hospital sino cuantos arbitrios y medios dependiesen de su voluntad, quedando este cuerpo en proporcionar lo demás para alivio de los enfermos.
También diferentes eclesiásticos fueron comisionados a pasar por las casas mas acomodadas de la ciudad para recoger algunas hilas y otras cosas proporcionadas para la curación de los heridos que puedan resultar.
El que estos tres hospitales ofreciesen sus servicios, no solo a la población canaria sino a la invasora, se debió a la hidalga disposición del General Gutiérrez que ordenó la hospitalización y el cuidado de todos los heridos ingleses, cosa que así se hizo, además del reparto de pan y vino que realizó entre la tropa británica y que hizo escribir con su mano izquierda a Nelson una carta en la que decía : “… por la humanidad que ha manifestado con los heridos nuestros que estuvieron bajo su poder o bajo su cuidado.”
Sin querer ahondar en el ataque inglés por ser tema harto conocido, sí recordaremos que la flota inglesa de Nelson estaba compuesta por nueve naves, que sumaban 393 bocas de fuego y con una dotación de 995 hombres. Sumadas las fuerzas de desembarco, su total se cifra en 2.000 hombres.
El día 22 de Julio fue avistada la escuadra inglesa por el vigía de Anaga que fue el primero en hacerlo. Se llamaba Domingo Izquierdo. Luego vendrían las jornadas del 23, 24 y 25 de Julio.
Es de importancia señalar que durante el tiempo que las tropas permanecieron en pie de guerra los suministros de víveres y provisiones a las mismas fueron atendidos permanentemente, con lo que las atenciones y necesidades quedaron cubiertas.
Así el Ayuntamiento de La Laguna distribuyó tres mil barriles de harina entre las milicias que custodiaban las costas de Taganana, las de Valle Seco, Punta del Hidalgo, Tejina, Bajamar, San Andrés, Santa Cruz y Candelaria.
Otra manera de provisión derivaba de la generosidad de jefes y oficiales acomodados que voluntariamente suministraban comida, gofio del país y vino de sus bodegas, aunque estas raciones eran esporádicas y deficientes en cantidad por lo que a veces se tenía que recurrir a la caridad de los vecinos, ya que los milicianos no disponían de recursos económicos con que sustentarse.
