Descripción «la maga» lagunero por Francisco González Díaz en 1919

Cada uno de los adorables pueblecitos del campo lagunero tiene su nota propia, su encanto especial; desde todos ellos. divísase un paisaje amplio y lindísimo en que los últimos términos se esfuminan en un ambiente velado, y bajo el pabellón de las cambiantes nubes las montañas adquieren tonos de un violeta intenso. Por las desembocaduras de aquel anfiteatro, asoma y penetra el azul del mar.
Sinuosos senderos de monte conducen a las cimas arboladas; anchas y bien mantenidas carreteras, cual la de Tejina, comunican La Laguna con los pagos de su contorno, tendidos y dormidos a su sombra protectora. La venerable ciudad, madre envejecida de prole numerosa, poco calor puede ya darles; pero ellos viven del suelo próvido que los sustenta. Y diariamente envían sus productos al mercado de la urbe mater.
También le envían sus aldeanas en revueltos grupos que llevan consigo la alegría de la campiña. Son por lo común buenas mozas, de color encendido, formas exuberantes, suelto andar. No tienen la rusticidad salvaje de nuestras talayeras (se refiere a las mujeres de la Atalaya de Gran Canaria) y su indumentaria es típica. Su sombrero masculino presta al rostro una sombra suave que realza los pronunciados rasgos. Van descalzas como la mayor parte de las campesinas canarias, no tanto por rigor de miseria como por comodidad, aunque parezca absurdo. Andan mejor sin zapatos: cuando su ceremonial les ordena llevarlos, en los días de fiesta de gala, no se los calzan, sino que los ostentan y lucen en las manos, juntamente con el paraguas o cualquier otro adminículo. Su imaginación viva les sugiere salidas de un cómico grotesco con que responder a las pullas que al paso les dirigen los señoritos.
Uno de los espectáculos más interesantes para el forastero es el que le ofrecen estas campesinas que por las mañanas acuden a La Laguna, agrupadas y bulliciosas. Su invasión trae regocijo a la vieja ciudad, la despierta y la anima. En los anchurosos caminos de la vega destacan el rojo fuerte de sus faldas y en la tranquilidad del ambiente lanzan las notas traviesas de sus risas locas.
Para ellas los piropos tienen sabor de injurias, las lisonjas dejo de agravios. Cuando se las celebra, considéranse atacadas en su amor propio, confusamente sentido, por lo cual apuntan la artillería ligera de sus burdas malignidades. El gesto acompaña la frase completándola, dándole singular elocuencia. Con un ademán enérgico, seguido de una palabra fustigadora, paran en seco al más atrevido.
Son únicas en su especie, como nuestras talayeras, citadas más arriba; pero les llevan ventaja porque en su ordinariez hay mezcla de gracia, una gracia peculiar e indefinible, mientras que las mujeres de la Atalaya son simple, exclusiva y desaforadamente cerriles, sin añadidura de ningún elemento amable.
Entre las laguneras de extra-muros, al contrario, se suelen hallar figuras femeninas de presencia airosa, de genio desenfadado, de lengua tan suelta como ocurrente, tipos de una espontaneidad que seduce. Lo campestre se asocia en ellas una miajita de lo urbano; no huyen de las gentes de las ciudades, como nuestra talayera, sino que más bien tratan de acercárseles, y tomar sus modos y formas. El fondo, sin embargo, a despecho de las aproximaciones, permanece inalterable y constituye lo pintoresco de esta clase popular civilizada en un décimo.
El mayor poder de la maga está en la risa. No se ríe como las demás personas; con su carcajada acaricia o abofetea, pega o halaga. y ese poder halla su complemento en la expresión crudísima del remanguete. Cuando una maga emplea ese doble lenguaje, dice con él todo lo que se propone decir. Un movimiento de hombros o de caderas, subrayado con su especial manera de reir, le basta para tumbar a un hombre.
Es una chula malograda por el nacimiento.
