De Navidad a Reyes en La Laguna de los años 50 y 60: La Peña del Juguete del Orfeón «La Paz» (III)

Andrés Chávez.

La Tarde, 5 de enero de 1971

Entre ambas citas, cabe mencionar que en los Reyes de 1964, desde antes de las 4 de la madrugada, ya se habían formado dos largas colas, una para cada sexo; la de los niño se extendía, cubriendo todo el ancho de la acera –unos seis niños aproximadamente-, desde la sede social –actualmente la oficina principal de CajaCanarias en La Laguna- hasta la iglesia de La Concepción, la de las niñas, desde el local hasta “la dulcería alemana –actual La Princesa-.

Ante esta situación, los organizadores, además para evitar que algunos/as retornasen a la cola “y repitiesen”, decidieron usar las contraseñas numeradas del baile de Fin de Año del Teatro Leal, repartiendo 2.500, tantas como juguetes tenían. Quedaron, sin embargo, muchos niños y niñas sin su obsequio, lo que supuso un gran disgusto para los organizadores. Tales tristes circunstancias llevaron a la Peña del Juguete a intensificar, aún más si cabe, su campaña recaudatoria, lo cual lograron, puesta hasta la actualidad no ha habido niño o niña que se haya ido con las manos vacías.

Supone tarea ardua describir cómo la emoción y la gratitud se reflejaba en los rostros de aquellos niños y niñas, cómo chispeaban sus ojos embriagados de enternecedoras y cautivadas lágrimas, cómo resplandecían sus rostros desnutridos, cómo sus pálidas mejillas se tornaban, repentinamente, de un color carmesí intenso,… En definitiva, no hallamos palabras capaces de plasmar la situación vivenciada por esos niños de antes, de ahora y de mañana. Sin embargo, el lector atento y sensible puede leer entre las siguientes líneas, surgidas de la pluma de Andrés Chávez (La Tarde, 5 de enero de 1971), para aprehender y comprender una situación imborrable e insuperable en la memoria de los integrantes de la Peña del Juguete.

[Palabras textuales de los miembros de la Peña del Juguete]. Se ha dado el caso de vestir a un niño de pies a cabeza. Al preguntarle dónde vivía, el chiquillo nos respondió: “en Santa Úrsula”. Había venido desde allí a recoger su juguete (…). Me acuerdo de un niño –nos han contado- que al regalarle una ropa completa y ponérselas nos dijo estas palabras: “Cuando llegue a mi casa no van a saber quién soy.

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