De camino a la Navidad 2025: El momento de comenzar el belén (II). Por Julio Torres Santos

Hay quienes creen que el belén empieza cuando se coloca la primera figura. Pero no es verdad. El belén comienza antes, mucho antes. Empieza en la conversación suave que se cuela en las casas cuando noviembre va apagándose; en ese “¿y si lo ponemos el domingo?” que surge como un pensamiento tímido y que, poco a poco, va tomando forma.
El belén comienza en el gesto de abrir la ventana por la mañana y sentir, aunque apenas sea perceptible, que el aire huele distinto. No a invierno —que aquí no apremia— sino a expectativa. A promesa. A ese rumor silencioso que anuncia que algo bueno se acerca.
Y cuando llega el día elegido, el tiempo parece ralentizarse. La mesa se despeja como si fuese un altar doméstico. Las manos, incluso las más jóvenes, se contagian de una solemnidad tranquila. Se extiende el papel de estraza como quien despliega un mapa antiguo, dispuesto a trazar caminos que llevan a un nacimiento que, paradójicamente, conocemos de memoria y descubrimos de nuevo cada año.
El paisaje va apareciendo como un recuerdo que vuelve: la montaña que siempre se coloca a la izquierda, el barranco que cada año se hace un poco más profundo, la casita que ya luce gastada pero que se niega a desaparecer. Son pequeñas reliquias de un tiempo que se guarda con cariño. No son montajes: son retazos de vida.
A veces, al colocar una figura, una historia se cuela sin permiso. Un abuelo que ya no está, una abuela que moldeaba el barro, un niño que corría alrededor del portal sin saber que estaba construyendo su propia memoria. Porque el belén también es eso: una suma de presencias invisibles.
Y cuando, por fin, el paisaje está hecho y las figuras encuentran su lugar —cada una en la escena que le corresponde— algo se enciende de manera discreta. Es una luz íntima, tenue, que no necesita enchufe ni guirnaldas. Es la certeza tranquila de que la Navidad, esa Navidad nuestra, ya ha comenzado.
El momento de hacer el belén no se elige:
se reconoce.
Llega como llegan las cosas verdaderas:
sin ruido, sin prisa,
pero con la alegría firme de lo que vuelve a nacer.
