Curiosidades e historia de la cuaresma y la Semana Santa lagunera: Las procesiones solitarias

Las procesiones del lunes y del martes se caracterizaban por la escasez de la concurrencia. Los hombres de la ciudad, entregados al diario trajín, y las muchachas, dedicadas afanosamente a preparar las galas que habían de lucir en los días principales, prestaban poca atención a estas manifestaciones religiosas.
La comitiva de estas procesiones era bien sencilla: Los correspondientes tronos o pasos. Detrás de ellos el sacerdote y el sochantre; y detrás, el comisario y un policía. En último término una banda de música, todavía “en cuadro”.
Las procesiones de la tarde tenían mayor interés. La del Lunes Santo, preparada por las monjas Claras con esa minuciosidad tan propia de ellas, se caracterizaban por la gran cantidad de simpáticos monaguillos – todos pertenecientes a las entonces denominadas “buenas familias” laguneras – luciendo sotanas rojas y azules, y albas sobrepellices. La viva policromía de sus atavíos y su inquieto procesionar otorgaban a la procesión un marcado sello de alegría pagana.
La procesión de la tarde del Martes Santo era la procesión de la aristocracia y del lujo. La “crema” de la ciudad derrochaba galas femeninas para el tradicional sermón de Las Lágrimas de San Pedro. No pocas lágrimas costó a más de una bella damita el retraso de la costurera en la terminación del historiado traje. Los tímidos pretendientes, colocados junto a las columnas del templo, contemplaban embobecidos a la muchacha de sus preferencias. Mientras el predicador hablaba de las negaciones de San Pedro después de cantar el gallo, las chicas modestas pensaban que si ellas hubieran podido estrenar un traje, otro gallo les cantaría.
