Curiosidades e historia de la Cuaresma y la Semana Santa lagunera: La procesión de Madrugada

Procesión de Madruga 1937.
Entre las muchas tradiciones que conforman la Semana Santa de San Cristóbal de La Laguna, una de las más evocadoras es la conocida como procesión de Madrugada, vinculada al popular “Negrito”, nombre con el que los laguneros se refieren cariñosamente al Cristo de La Laguna
Esta antigua procesión, cargada de religiosidad y de vida popular, quedó retratada con especial viveza por el cronista Nijota, quien dejó algunos recuerdos que permiten asomarse a cómo se vivía esta tradición décadas atrás.
Según contaba, si toda la Semana Santa lagunera no tuviera más procesión que la de Madrugada, bastaría por sí sola para llenar de recuerdos a quienes la vivieron. En la noche del Jueves Santo, los jóvenes solían ponerse de acuerdo para acudir juntos. Siempre había uno más madrugador encargado de despertar al resto, de modo que hacia las dos y media de la madrugada todos estaban ya en pie.
Las primeras horas transcurrían entre cafés tempraneros en modestos cafetines frecuentados por trabajadores y gangocheras que comenzaban su jornada. Después, en animado grupo, se dirigían hacia la plaza de San Francisco, donde ya aguardaban campesinos y vecinos a la espera de que se abrieran las puertas del santuario del Cristo.
En muchos casos ni siquiera se dormía. La noche se prolongaba en tertulias, a menudo en el antiguo Ateneo, entre tazones de chocolate caliente preparados por el conserje y bizcochos caseros que algún amigo llevaba para compartir. Tampoco faltaban las copas de anís o de mixturado en alguna venta cercana de la plaza.
A las tres de la madrugada se accedía al templo para escuchar el sermón previo a la procesión. Entre los asistentes no faltaban las jóvenes a quienes los muchachos cortejaban. Mientras el predicador evocaba la Pasión, se cruzaban discretas miradas entre los bancos del templo, gestos furtivos que Nijota describía con humor como capaces de ablandar incluso a los centuriones.
Poco después comenzaba la procesión. En la plaza, iluminada por la luna y acompañada por el lejano ladrar de perros y el canto de los gallos, la multitud se arremolinaba en torno a la imagen del Cristo. El redoblante sonaba grave y amortiguado, cubierto con un paño que apagaba su resonancia.
Muchas mujeres del campo y damitas de la ciudad acompañaban al Cristo con varias velas encendidas, dejando caer gotas de cera sobre los trajes de quienes caminaban cerca. Era una mezcla singular de devoción, convivencia y tradición popular.
Cuando el cortejo llegaba al convento conocido como “las monjas de abajo”, comenzaba a clarear el día. Con los primeros resplandores de la aurora algunos galanes descubrían, entre bromas, el cansancio en el rostro de la amada después de toda una noche sin dormir.
En las cercanías de la Recova, los puestos de churros empezaban a impregnar el ambiente con su aroma característico. En manos de los jóvenes colgaban las ruedas de churros que el escritor Ramón Gómez de la Serna comparó con “las coronas de laurel de los hambrientos”.
Hacia las nueve de la mañana, cuando el Cristo regresaba a su capilla, los participantes buscaban finalmente el descanso tras la larga noche. Había terminado una de las estampas más singulares de la tradición lagunera, donde devoción, vida social y costumbre popular se entrelazaban en torno a la figura del Cristo de La Laguna.
