Curiosidades e historia de la Cuaresma y la Semana Santa lagunera: El sermón de las “fatigas”

La Semana Santa de San Cristóbal de La Laguna ha estado siempre llena de ceremonias solemnes, tradiciones populares y escenas que hoy nos resultan casi inimaginables. Entre ellas destacaba una curiosa costumbre ligada al sermón del Descendimiento, conocido popularmente como “el sermón de las fatigas”

A mediodía del Viernes Santo se celebraba en la iglesia de Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción una larga y misteriosa ceremonia que culminaba con el sermón y la procesión del Descendimiento. Aquella era considerada una de las procesiones más características de la ciudad.

En ella participaban distintas hermandades con sus estandartes y distintivos colores. La Hermandad de la Esperanza acudía con su estandarte verde y largas filas de hermanos que estrenaban el terno nuevo y la medalla con cinta verde. También desfilaba el estandarte morado de San Juan, junto a los colores rojo y azul vinculados al templo de La Concepción.

A la ceremonia acudía además un numeroso grupo de mujeres campesinas procedentes de los alrededores de la ciudad. Cubrían sus cabezas con pañuelos de seda de vivos y variados colores que, junto al resto del cortejo, convertían la procesión en un auténtico espectáculo cromático. Las amplias calles laguneras, perfumadas por los jardines cercanos y bañadas por la suave luz primaveral, ofrecían entonces una estampa llena de vida y tradición.

Sin embargo, el escritor y cronista Nijota bautizó el sermón del Descendimiento con un nombre tan peculiar como revelador: “el sermón de las fatigas”. Y, según su explicación, no era una exageración.

Muchas campesinas llegaban a La Laguna desde el jueves para no perderse ninguna de las ceremonias de la Semana Santa. Permanecían largas horas de pie escuchando las oraciones litúrgicas en latín, incomprensibles para la mayoría, y seguían con devoción todas las procesiones. La noche del jueves apenas dormían —o no dormían en absoluto— para asistir a la procesión de madrugada.

A todo esto se sumaban otros factores: el ayuno propio de esos días, algún vaso de vino para sobrellevar el cansancio y, sobre todo, el uso de calzado al que muchas no estaban acostumbradas. En ocasiones, además, se trataba de zapatos nuevos, no siempre lo suficientemente holgados para unos pies acostumbrados al trabajo del campo.

La combinación de agotamiento, falta de alimento y largas horas de ceremonias provocaba que muchas de aquellas mujeres acabaran sufriendo mareos o desvanecimientos. Durante la ceremonia de la Cruz o el sermón que la seguía, no era raro que alguna campesina cayera redonda al suelo.

Entonces se producía un pequeño revuelo que interrumpía momentáneamente al orador. Los familiares acudían rápidamente a auxiliarla y la sacaban del templo. Allí quedaba, recostada en algún banco de la plaza, con el rostro rociado con agua bendita y el color del semblante tan pálido como la cera de los cirios.

Estas escenas, hoy casi olvidadas, forman parte de las muchas curiosidades de la antigua Semana Santa lagunera, una celebración donde la devoción religiosa, las tradiciones populares y la vida cotidiana del mundo rural se entrelazaban de una manera tan intensa como singular.

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