«Cuestión de género» (III), por Fátima Hernández Martín

Utilización

Numerosos fueron los naturalistas y exploradores, casi diríamos espías, como los ingleses Clements Markham (geógrafo) y Charles Ledger (aventurero) o el holandés Justus Hasskarl (botánico, traductor y explorador), que viajaron a los Andes en busca de ejemplares y semillas del árbol de la quina, como podemos intuir muy demandados. Por ejemplo, recordemos que, en 1858, la expedición de Clements Robert Markham recolectó en Perú y Bolivia semillas y plantas jóvenes de algunas especies del género Cinchona, que pudieron ser aclimatadas en la India Británica y el Himalaya.

Las consiguió cultivar, por ejemplo, Charles Ledger en Bolivia y las llevó a Londres, pero ante el escaso interés, fue el cónsul de Holanda quien pagó por las plantas y las envió a su país. Estas plantas fueron origen de las importantes plantaciones en Java a partir del año 1852. Precisamente, de allí procedía la quina que las empresas farmacéuticas utilizaban para extraer la quinina que comercializaban en todo el mundo por entonces. El 90% del comercio mundial de la corteza y de la quinina, entre 1890 y 1940, venía de las colonias holandesas en Indonesia. Una quinina que fue aislada, en 1820, por J. Pelletier y J. B. Caventon aunque, en 1944, R. B. Woodward (premio Nobel en 1965) y W. Von E. Doering lograron sintetizarla, observando sus propiedades farmacológicas de utilidad hoy en día (Larreátegui & Lafuente, 2013). Incluso antes ya lo había intentado en 1857, sin éxito, W.H. Perkin que, si bien no sintetizó quinina, sí obtuvo un colorante sintético: la mauverina.

Tras la obtención de la quinina (de sabor amargo y astringente), el uso de la corteza quedó reducido a la elaboración de bebidas amargas, estomacales y tónicos. La quinina no era agradable de tomar y como la corteza original también era muy amarga y de un gusto muy desagradable, se buscaron muchos trucos para hacer bebible aquella pócima tan necesaria. Hablamos desde la legendaria mezcla de William Bucham, la receta secreta del inglés Richard Talbor o la que ha llegado a nuestros días, la popular bebida victoriana, inventada en la India, y que conocemos como gin-tonic. Precisamente, la primera agua tónica, con quinina, se fabricó en 1858, si bien, ahora, contiene menos concentración, una décima parte de la necesaria, como dosis terapéutica, para aliviar una enfermedad.

Además de su utilización como febrífugo general y de su indicación específica en el paludismo/malaria, la quina (así como sus derivados) se ha utilizado como hemostática, antianémica, antineurálgica o antivertiginosa (vértigo de Ménière). Incluso, antes del descubrimiento de la penicilina, según afirman Huchard y Fiessinger…  ‘la mayor parte de las enfermedades infecciosas se tratan con medicación quínica, quizá más por confianza teórica en el remedio que en virtud de una eficacia teórica bien demostrada’. Añadamos a esto que, recientemente, y debido a la trágica pandemia del coronavirus COVID-19, algunos países han introducido (no sin discusiones entre profesionales y generando opiniones opuestas) el uso de la hidroxicloroquina (derivado de quina de uso contra la malaria) en el tratamiento de pacientes afectos por la enfermedad (Bonow et al., 2020; Mercuro et al., 2020).

Sobre el paludismo o malaria

Los mosquitos son transmisores de malaria/paludismo/fiebre de los pantanos, organismos de los que hay descritos, aproximadamente, 3.500 especies (Stork, 2018), distribuidos por todo el planeta, incluso en el Ártico, si bien solo unos géneros transmiten enfermedades. Recientemente, se han descubierto en ámbar fósil (Poinar et al., 2019) nuevos géneros, lo que da idea de su presencia, desde hace cientos de millones de años, sobre la Tierra (ver figura 3). Los mosquitos del género Anopheles transmiten malaria y filariasis; los del género Aedes, la fiebre amarilla, el dengue y el chikungunya; mientras que los mosquitos del género Culex son vectores de la fiebre del Nilo o ciertas encefalitis…por citar solo algunas de las múltiples dolencias.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el paludismo (= malaria o fiebre de los pantanos), es una enfermedad potencialmente mortal causada por protozoos del género Plasmodium, que se transmiten al ser humano por la picadura de mosquitos hembra del género Anopheles, infectados con dicho parásito. Hay varias especies de parásitos causantes del paludismo en el ser humano, si bien dos de ellas: Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax son las más peligrosas. La primera se distribuye por todas las zonas palúdicas y predomina en África subsahariana (donde ocurren el 83% de todas las infecciones de este tipo de malaria). Así, en el año 2017, Plasmodium falciparum fue el causante del 99,7% de los casos estimados de paludismo en África, así como de la mayoría de los casos en las regiones de Asia Sudoriental (62,8%), Mediterráneo Oriental (69%) y Pacífico Occidental (71,9%). Plasmodium vivax predomina en América central y del sur, donde provoca el 74,1% de los casos.

Y si bien en el mundo hay más de 400 especies dentro del género Anopheles, solo unas treinta de ellas son vectores importantes del paludismo. Estas especies pican entre el anochecer y el amanecer, dependiendo la intensidad de la transmisión de factores relacionados con el parásito, el vector, el huésped humano y el medio ambiente. Los mosquitos hembras del género Anopheles ponen sus huevos en enclaves acuosos, buscando sangre (tanto de humanos como de otros animales) para nutrir sus huevos al tiempo que transmiten el protozoo durante la picadura. Sin embargo, los machos no son hematófagos.

Respecto a la transmisión, es más intensa en lugares donde los mosquitos tienen una vida relativamente larga, lo que permite al parásito tener tiempo para completar su desarrollo en el interior de su organismo, cuando el vector prefiere picar al ser humano antes que a otros animales (por ejemplo, de granjas). La marcada preferencia por los humanos que presentan las especies que actúan como vectores en África, por ejemplo, es la principal causa de que más del 90% de los casos de paludismo se registren -precisamente- en dicho continente.

Los síntomas (es una enfermedad febril), en un individuo no inmune, suelen aparecer entre diez y quinces días después de la picadura del insecto portador del parásito. Muchas veces, y al igual que ocurre en otras enfermedades, resulta difícil reconocer el origen de los primeros síntomas (fiebre, dolor de cabeza y escalofríos), que pueden incluso ser leves y llevar a confusión con otras dolencias. Pero, si no se trata en las primeras 24 horas, el paludismo provocado por Plasmodium falciparum puede agravarse, llevando a menudo a la muerte. La mayoría de los casos y de las muertes se registran en el África subsahariana, pero también se ven afectadas las regiones de Asia Sudoriental, el Mediterráneo Oriental, el Pacífico Occidental y América, como hemos comentado. Según la Organización Mundial de la Salud, en el año 2017, ochenta y siete países experimentaron una transmisión continua de la enfermedad, si bien en zonas donde el paludismo es endémico, se suele adquirir una inmunidad parcial.

Algunos grupos de población corren un riesgo considerablemente más elevado que otros de contraer la enfermedad y presentar manifestaciones graves: los lactantes, los niños menores de cinco años, las embarazadas y los pacientes con VIH, así como los emigrantes no inmunes de zonas endémicas, y los grupos de población itinerante. Los programas nacionales de lucha contra el paludismo toman medidas especiales para proteger de la infección estos grupos poblacionales (Afrane et al., 2006; Wood et al., 2017; Ryan et al., 2019).

La transmisión también depende de condiciones climáticas que pueden modificar el número y la supervivencia de los mosquitos, caso del régimen de lluvias, la temperatura y la humedad. Se pueden producir epidemias de paludismo/malaria cuando el clima y otras condiciones favorecen súbitamente la transmisión en zonas donde la población tiene escasa o nula inmunidad, o cuando personas con escasa inmunidad se desplazan a zonas con transmisión intensa (caso de refugiados o trabajadores migrantes).

La inmunidad humana es un factor importante, especialmente entre los adultos residentes en zonas que reúnen condiciones de transmisión moderada a intensa, ya que se desarrolla a lo largo de años de exposición y, a pesar de que nunca proporciona una protección completa, sí reduce el riesgo de que la infección cause problemas graves. Es por ello que la mayoría de las muertes registradas en África corresponde a niños pequeños, mientras que en zonas con menos transmisión y menor inmunidad se encuentran en riesgo todos los grupos de edad (Pascual et al., 2016).

Se trata, en síntesis, de una enfermedad que se estudia sin solución de continuidad con interesantes aportaciones científicas (avances en muchos aspectos) que abren cada día, en cada investigación, nuevas vías para la erradicación de la dolencia que causa 400.000 muertes/año (Herren et al., 2020).

También te podría gustar...