Cuando se abre el ciclo de las romerías hablamos de las carretas y los carreteros de La Vega

12961488_10209242694526849_909835670741406572_n

Antes las antiguas carretas transportaban el ganado, los productos agrícolas y ganaderos o las más diversas mercancías por los angostos y tortuosos caminos que llevaban a la ciudad; hoy son parte de la historia, la tradición y la leyenda campesinas. Porque historia, tradición y leyenda son su proceso de construcción y el viejo oficio de la carretería.

Comencemos por evocar en nuestra moderna memoria urbana su proceso de construcción. En sus comienzos, las carretas se hacían de palo blanco, de barbuzano, de sanguino o de laurel. El palo blanco servía en primer término para los ejes. El laurel fue siempre madera de último recurso. En las postrimerías construc­tivas se recurrió al eucaliptus y al escobón, aunque el barbuzano fue siempre el material predilecto, por su ductili­dad a la herramienta.  En la década de los treinta, la madera de este árbol autóctono, del que hoy se prohibe su tala –así como del palo blanco o del sanguino-, se utilizó para construir las masas o núcleo central de las ruedas, que debían ir torneadas y escopladas –esto es, con cortes y rebajes hechos con un escoplo-.

Fue precisamente en la elaboración de las ruedas donde el paso del tiempo introdujo las primeras modificaciones constructivas.

Las primitivas masas eran demasiado toscas, pues se carecía de la herramienta apropiada. La sierra de rodear, que como indica su nombre, sirve para realizar trabajos circulares, no existía entonces, y  los antiguos maestros carreteros sólo disponían del hacha y de la azuela para ejecutar esta función, así como de escoplos,  barrenas y volapié. Con ello el trabajo resultaba más lento; pero la carreta salía de sus manos acabada y firme.

Otra de las variantes introducidas en las ruedas fue el sunchaje. Primitivamente consistía en unas chapas claveteadas en frío que, por su naturaleza áspera, servía de freno en los pedregosos caminos, solventándose así dos problemas funcionales de las ruedas. Hoy estas funciones tienen su campo característico y  particular gracias a la mayor capacidad técnica de las herrerías.

El mayor problema de los viejos constructores consistió siempre en la elaboración de la rueda. Se encontraban con que los radios no podían introducirse violentamente en las masas porque éstas corrían el riesgo de abrirse, ya que carecían de abrazaderas que contuviesen la expansión del rolo. De esta forma, era el sol el encargado de ir reduciendo paulatinamente el grosor de la madera verde, hasta que la operación llegaba a su fin: Luego se colocaban las pinas, o borde superior de la circunferencia, sobre las que se fijaban los sunchos. La faena terminaba cubriendo con una buena mano de alquitrán.

Luego se procedía a elaborar la cama o cuerpo superior de la carreta. Ésta consta de tres palos orientados en el sentido funcional de las ruedas, leito el del centro, al que se unce la yunta, y limones los más cortos de los lados; unidos por cuatro travesaños a los que se denomina teleras. Para terminar, sobre cada uno de los limones se hunden seis estacas.

Las reparaciones más frecuentes de estas carretas elaboradas artesanalmente solían afectar precisamente a la cama, pues al ser ésta la que sufre directamente los efectos de la carga, así como los de las lluvias y el sol, se rinde antes que las ruedas, más firmes duraderas y resistentes.

Pero hablar de las viejas carretas es también hablar del viejo oficio de la carretería, en el que fueron celebrados Juan y Pancho Rivero y Ciriaco, en Tegueste, y Juan Expósito, en La Laguna. El taller de este último, en la Villa de Arriba, pasaría a las manos de su hijo Bartolo. También en la Villa de arriba cabe citar a Antonio Socorro; en el Lomo Largo, a José Cruz; en La Verdellada, a Antonio Lugo; y en Molinos de Agua, al maestro Constante. Todos estos talleres no se dedicaban sólo a la elaboración de carretas; de sus manos también salían yugos, arados, trillos, frontiles y un sin fin de aperos de labranza.

Las carretas siempre estuvieron ligadas a las más diversas celebraciones festivas de La Laguna; no sólo a su romería, también, como describe Rodríguez Moure, a las celebraciones del Corpus Christi, y a las libreas con barcos. Cuenta este recordado cronista, presbítero de la iglesia de los Remedios, que el origen de esta última costumbre, en nuestra ciudad, tiene su origen en el siglo XVI o XVII. Entonces las carretas se transformaban en una suerte de cuádrigas, con velas y gallardetes, bandoleras y oriflamas

 

 

También te podría gustar...