Arribas y Sánchez, un escaldón de puchero lagunero y la Cruz de Piedra. Por Julio Torres Santos
La opinión de un visitante de mediados del siglo XIX sobre el «Puchero» y el «escaldón lagunero»
Nuestro hombre se llamaba Cipriano Arribas y Sánchez y nació en Ávila en 1848. Estudió Ciencias Químicas y Farmacia en la Universidad Central de Madrid y en 1874 se trasladó a Canarias. Durante varios años regenta una botica en Arrecife de Lanzarote, pero en 1879 solicita al ayuntamiento de Icod de los Vinos la plaza de farmacéutico, que le es concedida. En 1891 decide cerrar su establecimiento y cambia su residencia a Los Realejos. Arribas y Sánchez fue una figura apreciada y admirada por sus vecinos y un apasionado observador de los usos y costumbres populares en Tenerife. Su único libro, A través de Tenerife, fue publicado por primera vez en 1900, en el mismo detalla, entre otras muchas cosas, una casa terrera, un escaldón y un puchero en una casita de la zona de la Concepción de La Laguna o villa de arriba, además deja muestra de su interés por el estado que presentaba la Cruz de Piedra a finales de siglo XIX.
Comienza por decir Sánchez Arribas que “hacia las cuatro de la tarde vino a buscarme mi cicerone (1).
Era la hora prefijada para el convite de escaldón. Nos dirigimos a la villa de arriba, en una de cuyas calles habitaba con su familia. Los laguneros llaman la villa de arriba la parte de la población cercana a la parroquia de la Concepción, y villa de abajo, la circundante de la catedral o ex parroquia de los Remedios. Dichos nombres vienen desde el tiempo de la fundación de ambas parroquias, hoy la antigua villa de abajo Corresponde al centro de la población.
Mi cicerone hizóme entrar en una de esas casitas terreras que se fabrican en el país y cuyo frontis albeado con una ancha faja rectangular de negro humo, al ras del suelo, sólo presentan una puerta en medio de dos ventanas con sus maderas pintadas de verde. La puerta conduce directamente a la sala, sin interrupción de antesala ni pasillo. Un reloj de pared, dos docenas de sillas negras (2) y dos mesitas negras colocadas una frente a la otra, sustentando en los flancos algunos juguetes y vasos finos, y por último, varias estampas de santos colocadas en sus marcos y colgadas de las paredes (3), constituye todo el ajuar de la salita que no por eso deja de ser agradable. Sin ceremonia alguna me hizo entrar mi cicerone en el comedor, pequeña pieza a continuación de la sala, con una hermosa ventana que daba á una huerta a través de cuyos cristales de la misma penetraba con todo su esplendor la luz poniente. La mesa estaba ya preparada, pero nada comestible había allí todavía que yo pudiera considerar Escaldón. Mas no se hizo tardar; una mujer joven, robusta y frescachona apareció con una gran fuente humeante, que en el centro de la mesa colocó. Era la señora de mi cicerone que sin más ni más me fue presentada y me recibió con mucho gusto.
Hay que echarle un poco más de caldo dijo mi cicerone, mientras llenaba mí plato de gofio mezclado con caldo del puchero, que no otra cosa el escaldón o gofio escaldado, viene a ser. Púsome también un poco de tocino. Aunque resulta el escaldón un sólido, que como tal, según las pragmáticas que corren por ahí bajo el titulo de obligaciones del hombre ó manual de la mesa etc., debe ser comida con tenedor, no hay más remedio que manejarlo con la cuchara. No me pareció aquel plato desagradable. Detrás vino el puchero, compuesto de patatas, batatas, coles, calabaza, garbanzos, todo esto con su correspondiente caldo o tumbo, tan bien condimentado, que con solo el olor regalaba. El pan un poco moreno, era muy apetitoso en extremo superior al que se elabora y expende en Santa Cruz. Un poco de agua que pedí sacáronla de un armazón con enrejado pintado de verde que detrás de la ventana se veía.
—Esa es la destiladera díjome mi cicerone, como V. ve, no es más que una armadura de madera abierta por arriba, para colocar en dicho sitio la piedra de destilar, una piedra del país, de arenisca, endurecida al aire, muy porosa y tallada en forma de medio huevo y hueco su interior; llena de agua, esta se filtra, gota a gota, por su fondo debido a su porosidad cayendo a un recipiente de barro denominado Bernegal. Multitud de culantrillos penden de la piedra y alegran la vista del sequíoso.
Un plato de barro agujereado en su centro, con un jarro de loza o lata encima, tapan el bernegal, pasando del jarro lleno al plato y por el dicho agujero al recipiente o bernegal, como puede ussted ver. Así observará todas las destiladeras (…).
Después de una animada charla entre Frasco, que así se llamaba este vecino de la villa de arriba de finales del siglo XIX, y Cipriano Sánchez Arriba, autor de la obra que hoy nos ocupa, el cicerone le pregunta: ¿No sabe a dónde le voy a llevar ahora?
—Quizá a la Cruz de Piedra y a San Cristóbal, que aun no he visto. Todo se andará. Precisamente nos va a quedar de paso, vamos ahora a visitar la clínica de cierto curandero muy amigo mío, donde no dudo se solazará.
Continúa con su relato Cipriano: Tomamos toda la calle de la Carrera abajo hasta desembocar en la bella plaza del Adelantado, pequeño jardín que rodea una hermosa fuente de mármol…, jardín a su vez circunscrito por dos paseos muy bien cuidados enarenados, Un soberbio palacio, todo de cantería, perteneciente a la casa de Nava y las Casas consistoriales merecen verse en esta plaza (…).
Seguimos después por la calle de Santo Domingo, torciendo luego a la derecha por la calle nueva y en una de sus casuchas hizóme entrar mi cicerone (4).
En ese lugar presencian unas prácticas efectuados por un curandero que en este artículo no vienen al caso.
Cipriano Sánchez da fe del mal estado de la Cruz de Piedra a finales del siglo XIX y nos relato lo siguiente:
La cruz de piedra, San Cristóbal y Sta. María de Gracia; he aquí tres sitios testimonios del pasado (…).
La Cruz de piedra medio derruida delata la incuria del municipio Lagunenses, Con muy poco gasto pudiera restaurarse, rodeándola además de una verja de hierro que la protegiese, ya que no de las injurias del tiempo, siquiera de las de los vivientes; porque si carece de merito artístico, lo tiene en cambio histórico muy grande. Denominase también cruz del humilladero y fue construida en 1560 en conmemoración de la batalla de Aguere.
N.E. (1) Él habia pasado todo el día visitando los distintos conventos, iglesias y el Instituto de Canarias en La Laguna- . (2) Posiblemente se trataba de sillas conocidas en Tenerife como “vitorieras”, hechas en madera de barbuzano. (3) Con toda seguridad se trataba del Cristo de La Laguna y otros santos de devoción local. (4) Se trata de la actual calle Obispo Ruíz Cabal, donde en la actualidad ya no se conservan las mencionadas casuchas.

