El primer cadáver de la Facultad de Medicina (III). Por Carlos García

Primera Promoción  de la Facultad de Medicina de La Laguna. En el centro el mencionado Dr. Guirao.

La presencia de un cadáver en la facultad de Biológicas fue la “comidilla” entre los estudiantes de la universidad aquel verano. La noticia corrió como la pólvora y todos se acercaban e intentaban entrar en “mi laboratorio” para observar de cerca el trabajo. Fue muy ingrato mantener la reserva y discreción que el caso requería y mantener a raya a las decenas de personas que intentaban el acceso. A tal extremo llegó la noticia que, la guagua de transporte público Titsa que subía desde Santa Cruz a La Laguna y que pasaba frente al recinto de la facultad, subiendo la calle Delgado Barreto, a través de la pequeña ventana que daba a la misma y que yo mantenía abierta para evitar asfixiarme, se levantaban de sus asientos para conseguir ver al cadáver tendido sobre la mesa en un espectáculo inusual que yo intentaba evitar por pudor.

Recuerdo que, cuando a media mañana subía a la cafetería de la universidad para tomar algo, escuchaba comentarios diciendo: “ese es el del muerto” y me señalaban al pasar, lo que producía un cierto desasosiego en mi persona. Muchas chicas se me acercaron para pedirme que las dejara entrar donde yo trabajaba. Fue, en definitiva, un verdadero acontecimiento local.

Pero los días pasaban y no conseguía el intento de disecar el cuerpo como era mi cometido y empecé a ponerme nervioso, por lo que tuve una cita con el rector y le expliqué la situación, recabando ayuda para intentar solventar el problema. Esta ayuda fue proporcionada con la visita del catedrático de Anatomía Patológica Dr. Hugo Galera que, radicado en Sevilla, se encontraba en La Laguna en esos momentos.

Recuerdo su visita un atardecer, casi anocheciendo en que, vía aeropuerto para viajar a Sevilla, se pasó por el cuarto de mis tormentos. Vestía un traje azul marino, elegante y con maletín en su mano;  tras valorar la situación sobre el terreno, me “aconsejó” que lo mejor era colgar al cadáver y, por las incisiones que había efectuado a nivel de los maleolos, sobre las safenas internas y sobre las zonas inguinales, en las femorales, “estrujara “o “exprimiera” intentando  vaciar  la colección sanguínea del sistema venoso, causante de la imposibilidad para introducir el formol.

Creo, con la visión posterior del caso, que el Dr. Galera me gastó una broma pesada, cosa fácil a  un alumno,  que daría comienzo a su 4º curso de carrera, que se afanaba en conseguir la preparación de un cadáver para la nueva Facultad de Medicina de La Laguna.

Ni corto ni perezoso, al día siguiente ideé un sistema para colgar del techo al cadáver en cuestión, pasando unas cadenas por las axilas y por la cintura con lo que, en posición vertical, intenté vaciar la sangre coagulada para que saliera por las incisiones practicadas en las venas. Muchos intentos realicé apretando los miembros inferiores, a modo de vaciamiento desde las ingles hasta los pies pero nada salió de ellos. Horas y días en un vano intento de aquel consejo que me dictó el Dr. Hugo Galera una noche que viajaba a Sevilla. No sé si él recordará la anécdota ya que nunca se lo pregunté aunque aún me queda la duda y seguro que algún día se lo haré conocer.

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