Seis días con Cervantes y D. Quijote de la Mancha (y VI)

cervantes

La composición del Quijote. Por Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón

La reflexión sobre el peso del autor tordesillesco en el Quijote, pues, tiene que inclinarse por una de las dos conjeturas siguientes: Cervantes incluyó en su propia obra esa novela solo para denunciarla, o bien quiso integrarla como una fuente más de la obra, sin declarar su utilización cuando no le pareció oportuno. Si se opta por la primera respuesta, basta con aceptar que el libro de Avellaneda determinó el cambio de itinerario y, a lo sumo, algunos ajustes previos al capítulo 59. Si se prefiere la segunda, queda abierto un portillo a la contemplación del crecimiento de la novela. Un criterio sensible a esta percepción de los hechos puede aclarar ciertas incoherencias del relato, al igual que sucede en la Primera parte. Mediado el capítulo 58, tras abandonar el palacio de los duques, don Quijote y Sancho comparten mesa con los pastores de la fingida Arcadia. Después de la comida, el caballero se enfrenta a un tropel de toros bravos, e inmediatamente después, pero ya en el capítulo 59, los protagonistas vuelven a comer. Al cabo de la jornada cenan en una posada del camino, donde conocen la existencia del falso Quijote. La incongruencia podría ser fortuita, pero resulta significativo que se encuentre tan cerca de la primera aparición manifiesta del apócrifo. Cabe la posibilidad de que Cervantes, al saber del nuevo libro, detuviera la redacción para planificar algunos cambios, y decidiera mantener lo escrito hasta el capítulo 58 (recuérdese que don Quijote desafía a los toros «en mitad de ese camino real que va a Zaragoza», II, 58, 1104), para reconducir la historia a partir del capítulo 59. No es imposible que en esas circunstancias olvidara que al final del capítulo anterior sus personajes habían acabado la comida. Hay otras marcas de desmemoria: al comenzar el capítulo 59 se refiere «Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del descomedimiento de los toros» (II, 59, 1107), pero Sancho no había recibido daño ni cansancio alguno. ¿Simples descuidos, sin mayor significación? Los descuidos suelen ser huellas de la interrupción del hilo del discurso, y en este caso (como en las dos cenas del capítulo 42 de la Primera parte) un alto en la narración puede resultar significativo.

En suma, la Segunda parte del Quijote, frente a la Primera, trasluce un proceso de elaboración menos atormentado. Cervantes compuso la novela a lo largo de un período de tiempo extenso, entre siete y diez años, a la vez que escribía y revisaba otras obras (las Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso, el Persiles, los libros que aún promete en su lecho de muerte), y es posible que detuviera la redacción para concentrarse en alguno de los proyectos que acometió en sus años finales, ricos en actividad creativa y editorial. Según parece, estas circunstancias no implicaron cambios considerables en la concepción de la obra, que manifiesta un pulso sostenido. La estructura accidentada del Quijote de 1605 pone de manifiesto que Cervantes desarrolló y perfeccionó su libro a medida que lo rescribía: las renuncias, los arrepentimientos y las incoherencias del texto permiten evocar un apasionante proceso de arquitectura novelística. La obra de 1615 nace de los resultados de esa experiencia: a partir de la novela precedente y de los juicios de los lectores, a cuya opinión siempre fue sensible, Cervantes planea una ficción que completa —y, en cierto sentido, rectifica— las posibilidades de su antecesora. No hay señales de una revisión profunda, sino vislumbres de la forma en que pudo llevarse a cabo la composición de algún pasaje suelto, sin que se deduzcan de ello fases de redacción nítidas. Solo un imprevisto, la osadía de Avellaneda, pudo desafiar al diseño original; el ardor de ese último combate atraviesa la conclusión de la novela, prólogo incluido. Jamás sabremos cuántas páginas tuvo que desechar o modificar Cervantes para que el texto en construcción se adaptara a las nuevas circunstancias provocadas por la irrupción del apócrifo. Como sucede con Las semanas del jardín y la segunda parte de La Galatea, las aventuras zaragozanas del verdadero don Quijote, que quizá existieron algún día, serán para siempre la quimera de imaginaciones literarias.

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Nota bibliográfica

1. El trabajo más importante sobre la fecha de composición de la obra, por acopio de información y prudencia en el manejo de los datos, es el artículo de Geoffrey Stagg, «Castro del Río, ¿cuna del Quijote?», Clavileño, núm. 36 (1955), pp. 1-11. Otras monografías de interés son las de Francisco Rodríguez Marín, «La cárcel en que se engendró el Quijote», en Estudios cervantinos, Atlas, Madrid, 1947, pp. 65-77, que resume las propuestas de la crítica decimonónica; y Emilio Orozco Díaz, «¿Cuándo y dónde se escribió el Quijote de 1605?», en Cervantes y la novela del Barroco, Universidad de Granada, Granada, 1992, pp. 113-128. Luis Andrés Murillo, en The Golden Dial. Temporal Configuration in «Don Quijote», The Dol phin Book, Oxford, 1975, pp. 72-92, propone una cronología completa y detallada de la Primera parte, que divide en cinco fases de elaboración. Por último, hay breves consideraciones en Daniel Eisenberg, A Study of «Don Quixote», Juan de la Cuesta, Newark, 1987, p. 35, n. 89; y Edward C. Riley, Introducción al «Quijote», Crítica, Barcelona, 1990, p. 41. El mejor análisis de las disquisiciones en torno a la hipotética novela corta original es el de Erwin Koppen, «Gab es einen Ur-Quijote? Zueiner Hypotese der Cervantes Philologie», Romanistisches Jahrbuch, XXVII (1976), pp. 330-346 (trad. castellana, «¿Hubo una primera versión del Quijote? Sobre una hipótesis de la filología cervantina», en Thomas Mann y don Quijote. Ensayos de literatura comparada, Gedisa, Barcelona, 1990, pp. 159-181). Un nuevo enfoque del problema, así como argumentos convincentes para la datación de la historia del cautivo, en Luis Andrés Murillo, «El Ur-Quijote: nueva hipótesis», Cervantes, I (1981), pp. 43-50. Sobre el carácter independiente de la historia de Ruy Pérez de Viedma y su posterior unión al Quijote, véase Franco Meregalli, «De Los tratos de Argel a Los baños de Argel», en Rizel Pincus Siegle y Gonzalo Sobejano, eds., Homenaje a Casalduero. Crítica y poesía, Gredos, Madrid, 1972, pp. 395-409. Las precisiones sobre la parodia de los libros de caballerías y sus vínculos con la fecha de la obra pueden completarse con Peter E. Russell, «The Last of the Spanish Chivalric Romances: Don Policisne de Boecia», en Robert B. Tate, ed., Essays on Narrative Fiction in the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, The Dolphin Book, Oxford, 1982, pp. 141-152. El principal estudio sobre las relaciones entre los capítulos iniciales del Quijote y el Entremés de los romances es el discurso de Ramón Menéndez Pidal «Un aspecto en la elaboración del Quijote», pronunciado en el Ateneo de Madrid en 1920; puede leerse en De Cervantes y Lope de Vega, Espasa-Calpe, Madrid, 1940, pp. 9-60. Véanse también Antonio Pérez Lasheras, «El Entremés de los romances y los romances del Entremés», en La recepción del texto literario, Casa de Velázquez-Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1988, pp. 61-76; y Alfredo Baras, «El Entremés de los romances y la novela corta del Quijote», en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Anthropos, Barcelona, 1993, pp. 331-335. La cita de Avellaneda se ha tomado de la edición de Martín de Riquer, Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, 3 vols.

2. Los trabajos fundamentales sobre la elaboración de la Primera parte se deben a Geoffrey Stagg: «Revision in Don Quixote Part I», en Studies in Honour of I. González Llubera, ed. Frank Pierce, Oxford, 1959, pp. 347-366 (traducción española, «Cervantes revisa su novela», Anales de la Universidad de Chile, CXXIV, 1966, pp. 5-33); «Sobre el plan primitivo del Quijote», en Actas del Primer Congreso Internacional de Hispanistas, ed. Frank Pierce y Cyril A. Jones, Oxford, 1964, pp. 463-471. Las conclusiones de Stagg han sido revisadas y ampliadas por Robert M. Flores en «Cervantes at Work: The Writing of Don Quixote, Part I», Journal of Hispanic Philology, III (1979), pp. 135-150. José Manuel Martín Morán, en El «Quijote» en ciernes: los descuidos de Cervantes y las fases de elaboración textual, Dell’ Orso, Turín, 1990, ha estudiado las inconsistencias narrativas de la obra como indicio de sus fases de construcción. Sobre la división en capítulos de la Primera parte es indispensable el estudio de Raymond S. Willis, Jr., The Phantom Chapters of the «Quijote», Hispanic Institute in the United States, Nueva York, 1953. El papel de Cide Hamete se estudia en el atículo de Robert M. Flores «The Rôle of Cide Hamete Benengeli», Bulletin of Hispanic Studies, LIX (1982), pp. 3-14. Por último, la cita de Otis H. Green pertenece a «El ingenioso hidalgo», Hispanic Review, XXV (1957), pp. 175-193.

3. La única propuesta de conjunto sobre las fases de elaboración de la Segunda parte se encuentra en Luis Andrés Murillo, The Golden Dial. Temporal Configuration in «Don Quijote», The Dolphin Book, Oxford, 1975, pp. 102-110, que puede completarse y compararse con las hipótesis de Daniel Eisenberg en «El rucio de Sancho y la fecha de composición de la Segunda parte del Quijote», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXV (1976), pp. 94-102, y, de forma más general, en A Study of «Don Quixote», Juan de la Cuesta, Newark, 1987, pp. 135 y 173. Asimismo, es de interés el análisis de las anomalías narrativas realizado por José Manuel Martín Morán en El «Quijote» en ciernes: los descuidos de Cervantes y las fases de elaboración textual, Dell’ Orso, Turín, 1990, pp. 199-225. Joseph Sanchez, en «A Note on the Date of Composition of Don Quijote», Hispanic Review, IV (1926), pp. 375-378, ha destacado y evaluado la mención del Quijote en El caballero puntual de Salas Barbadillo. Estudian la influencia entre Avellaneda y Cervantes, y su efecto sobre la composición de la Segunda parte, Ramón Menéndez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De Cervantes y Lope de Vega, Espasa-Calpe, Madrid, 1940, p. 60, n. 6; Stephen Gilman, Cervantes y Avellaneda. Estudio de una imitación, El Colegio de México, México, 1951, pp. 167-176; Martín de Riquer, prólogo a Alonso Fernández de Avellaneda, Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, vol. I, pp. XXXV-XXXIX; Nicolás Marín, «Camino y destino aragonés de don Quijote», Anales Cervantinos, XVII (1978), pp. 53-66, y «Reconocimiento y expiación. Don Juan, don Jerónimo, don Álvaro, don Quijote», en A. Gallego Morell, A. Soria y N. Marín, eds., Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, Universidad de Granada, Granada, 1979, II, pp. 323-342; y Carlos Romero Muñoz, «Nueva lectura de El retablo de maese Pedro», en Actas del Primer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Anthropos, Barcelona, 1990, pp. 95-130, y «La invención de Sansón Carrasco», en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Anthropos, Barcelona, 1991, pp. 27-69. El artículo de Robert M. Flores «More on the Compositors of the First Edition of “Don Quixote”, Part II», Studies in Bibliography, XLIII (1990), pp. 272-285, supone un intento de explicar las incoherencias narrativas del capítulo 45 desde la bibliografía material. Las citas de la continuación de Avellaneda se dan por la edición de Martín de Riquer.

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