La Laguna en noviembre San Diego, La Fuga y las fiestas (III)

Las Tres Cruces del camino de San Diego del Monte (y II). Por Julio Torres Santos
La leyenda de las Tres Cruces de San Diego
Del Siervo de Dios, fray Juan de Jesús, se cuentan numerosas leyendas que han perdurado en la memoria popular. Muchas de ellas hacen referencia a su generosidad y a su incansable labor de pedir limosna para alimentar a los frailes del convento y socorrer a los vecinos más necesitados. Entre estas historias destaca una de las más entrañables y transmitidas de generación en generación por los habitantes del pintoresco barrio lagunero de San Diego: la leyenda de las Tres Cruces.
Cuenta la tradición que, en cierta ocasión, fray Juan de Jesús regresaba desde más allá del «Rodello» cargando un saco de trigo. A su paso por unas humildes chozas de paja próximas a San Benito, conmovido por la miseria en la que vivían sus moradores, decidió entregarles más de la mitad del grano que llevaba.
Por aquel entonces, todo aquel paraje era campo abierto. Era tiempo de cosecha, de sol intenso y de trigales dorados que se mecían bajo la luz del verano, al amparo de San Benito. Donde hoy discurre una buena carretera, antaño solo existía un tortuoso camino de tierra que atravesaba aquellos campos.
Fray Juan de Jesús acostumbraba a pasar jornadas enteras pidiendo alimentos y repartiéndolos entre cuantos encontraba a su paso. Eran tiempos difíciles, en los que el hambre y las privaciones castigaban duramente a la población. Su espíritu caritativo lo llevaba a compartir cuanto recibía, sin reservar apenas nada para sí mismo.
Aquel día, cuando comenzaba a caer la tarde, recordó de pronto a los frailes que lo aguardaban en el convento. También ellos padecían grandes necesidades y dependían de las limosnas que el humilde religioso conseguía reunir para poder alimentarse.
Preocupado, emprendió apresuradamente el camino de regreso. Apenas le quedaban en el saco unos pocos granos de trigo, tan escasos que ni siquiera habrían bastado para llenar el buche de un pajarillo.
Sin embargo, al llegar al lugar que hoy se conoce como la esquina de la Cruz de San Diego, sintió de repente que el saco adquiría un peso extraordinario. Al levantar la mirada, contempló a unos niños encaramados sobre un hermoso muro de piedra, acompañando a San Diego de Alcalá.
El santo se dirigió entonces a él y le dijo:
—Yo te ayudaré a cargar el saco hasta el convento, pues dos veces más tendrás que detenerte.
Continuaron su camino y, antes de recorrer dos tiros de piedra, llegaron al punto donde el sendero describía un recodo para proseguir hacia la cumbre de Tegueste. Allí apareció un corro de niños bellamente vestidos, con pequeñas coronas de flores sobre sus cabezas. Aquellas criaturas, de aspecto angelical, llenaron aún más el saco con un trigo resplandeciente, dorado casi como el oro.
Finalmente, cuando fray Juan alcanzó el convento y se disponía a cruzar el umbral de su puerta, sintió que la carga se volvía todavía más pesada. Para su asombro, descubrió que el saco se había llenado por completo, hasta rebosar de grano.
Lleno de alegría y admiración, corrió a contar lo sucedido a los frailes capuchinos, que ya se encontraban sentados a la mesa.
—¡Por fin! —exclamaron al verlo llegar—. ¡Cuánto has tardado hoy en el camino!
Fray Juan de Jesús les relató entonces el prodigioso encuentro y cuanto había acontecido durante su regreso. Los religiosos, maravillados, guardaron cuidadosamente aquel trigo que consideraban milagroso.
A la mañana siguiente, los frailes, acompañados por el Siervo de Dios, recorrieron nuevamente el camino y colocaron tres cruces de madera de tea en los lugares exactos donde, según la tradición, San Diego de Alcalá y su coro de ángeles habían obrado el milagro.
Desde entonces, aquellas cruces quedaron como testimonio de la fe, la caridad y la memoria de un acontecimiento que arraigó profundamente en el sentir de los vecinos.
Una tradición que perdura
Más de tres siglos después, la leyenda de las Tres Cruces continúa viva en el barrio de San Diego. Cada año, con motivo de la festividad de la Santa Cruz, los vecinos mantienen la hermosa costumbre de enramar y engalanar las tres cruces, perpetuando así una tradición transmitida de padres a hijos.
El 3 de mayo, alrededor de una gran mesa, algunos vecinos de la conocida «Cruz de la Esquina» vuelven a contar la historia de fray Juan de Jesús y el milagroso saco de trigo. Sus palabras recuperan los paisajes, las creencias y las vivencias de aquel San Diego rural, donde la solidaridad y la devoción formaban parte esencial de la vida cotidiana.
La celebración conserva también sus propias costumbres gastronómicas. En esta jornada festiva no suelen faltar las tradicionales costillas con papas y los huevos duros, alimentos que acompañan el encuentro vecinal y contribuyen a mantener el carácter popular de la festividad.
Así, entre cruces enramadas, recuerdos compartidos y sabores tradicionales, el barrio de San Diego sigue honrando una de sus leyendas más queridas, conservando un valioso legado de religiosidad popular, memoria colectiva e identidad lagunera.
