Difuntos y Santos. Por Juan Pedro Rivero González

Hay personas que siguen ocupando un lugar en nuestra mesa mucho después de haberse marchado. Basta una fotografía, una canción inesperada o el olor de una comida familiar para que su recuerdo regrese con una sorprendente intensidad. La muerte puede interrumpir una conversación, pero no consigue borrar todo lo que el amor ha escrito en nuestra historia. Cada noviembre, los cementerios se llenan de flores y de visitas que parecen querer decir lo mismo: no te hemos olvidado. Y quizá sea esta una de las expresiones más hondamente humanas de nuestra cultura.

El próximo lunes, 2 de noviembre, la Iglesia celebra la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. No es exactamente lo mismo que la solemnidad de Todos los Santos, que tiene lugar el día anterior. El primero de noviembre celebramos a quienes gozan ya de la plenitud de Dios; el segundo, rezamos por quienes han muerto, confiándolos a su misericordia. La diferencia es importante. La Iglesia no convierte automáticamente en santos a todos los fallecidos, pero tampoco abandona a ninguno al silencio del olvido. Los encomienda a Dios porque cree que su amor es más grande que nuestras limitaciones.

La fe cristiana contempla la muerte desde la resurrección de Jesucristo. No promete que dejaremos de sufrir ante una despedida, ni exige disimular las lágrimas bajo una serenidad artificial. Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Pero anuncia que la muerte no tiene la última palabra sobre nuestra existencia. La tradición católica habla también de la purificación de quienes mueren en amistad con Dios, pero necesitan todavía ser plenamente transformados por su amor. Por ellos ora la Iglesia. No se trata de alimentar el miedo al más allá, sino de confiar en una misericordia que purifica y conduce a la plenitud.

Por eso, la oración por los difuntos constituye una de las expresiones más antiguas y hermosas de la piedad cristiana. Celebrar la eucaristía por ellos, pronunciar sus nombres en la oración, rezar un padrenuestro o encomendar a Dios a quienes nadie recuerda son gestos que manifiestan nuestra fe en la comunión de los santos. La oración no pretende modificar mágicamente los designios divinos, sino participar confiadamente en el amor misericordioso de Dios. Quien reza por sus difuntos reconoce que el vínculo del amor no se reduce a los límites de nuestra existencia terrena.

También las flores, las velas y las visitas al cementerio tienen su propio lenguaje. Una flor habla de gratitud; una luz puede expresar la esperanza en Cristo resucitado; el cuidado de una sepultura manifiesta respeto por una vida que merece ser recordada. Son gestos sencillos, pero cargados de humanidad. Conviene, sin embargo, no confundir su significado. Ninguna flor sustituye al cariño que debimos ofrecer en vida, ni una visita al cementerio puede convertirse en una obligación supersticiosa. La auténtica piedad popular no consiste en multiplicar ritos por temor, sino en expresar con ellos la fe, la gratitud y la esperanza.

Canarias conserva una tradición especialmente entrañable: la celebración de los Finaos. En muchas familias, los mayores reunían a los más pequeños para recordar a quienes habían fallecido. Se compartían castañas, almendras y otros frutos de la temporada, mientras los nombres y las historias familiares volvían a circular por la casa. Era una hermosa escuela de memoria. Los difuntos dejaban de ser solamente nombres grabados en una lápida y recuperaban su condición de personas con rostro, carácter, alegrías y dificultades. Tal vez deberíamos recuperar con mayor creatividad esta costumbre, porque una sociedad que pierde la memoria de sus muertos termina empobreciendo también la conciencia de sus propias raíces.

Podríamos aprovechar estos días para algo más que acudir al cementerio. Reunir a la familia y contar a los niños quiénes fueron sus abuelos; recuperar una fotografía y escribir detrás la historia que contiene; visitar a una persona que vive sola después de perder a su compañero de vida; acompañar a quien atraviesa un duelo reciente; ofrecer una obra de caridad en memoria de alguien querido. Son formas de piedad que prolongan el recuerdo en compromisos concretos. Y quizá la mejor flor que podemos depositar ante una tumba sea una reconciliación pendiente, una visita aplazada o un gesto de amor hacia quienes todavía caminan con nosotros.

Los santos y los difuntos nos hablan, en definitiva, de una misma esperanza contemplada desde perspectivas distintas. Los primeros nos muestran la plenitud hacia la que Dios nos llama; los segundos nos recuerdan nuestra fragilidad y nos invitan a confiar en su misericordia. Entre unos y otros transcurre nuestra vida, hecha de encuentros y despedidas, de gratitudes y ausencias, de preguntas que todavía no sabemos responder. Este noviembre, cuando volvamos a pronunciar los nombres de quienes amamos, hagámoslo con ternura y esperanza. Porque recordar es una forma de agradecer, rezar es una forma de amar y esperar es una manera de seguir caminando.

También te podría gustar...