Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La dulcería de la calle Las Cruces o la Pesetera (IV). Por Julio Torres Santos

La antigua dulcería de la calle de Las Cruces recreada para La Laguna Ahora.

Claudio García, Chona Espósito y los secretos de un obrador de la posguerra

La voz de los descendientes devuelve vida a una historia que parecía condenada al olvido.

Cuando iniciamos esta serie dedicada a la antigua dulcería de la calle de Las Cruces, conocida como la Dulcería del Cristo, queríamos rescatar la historia de aquel establecimiento que abrió en 1941 y formó parte de la vida cotidiana de La Laguna. Habíamos reunido recuerdos y algunas referencias, pero nos faltaba conocer con certeza a sus fundadores y encontrar a alguien de la familia que pudiera ayudarnos.

En los tres capítulos anteriores pedimos la colaboración de nuestros lectores. Y aquella llamada ha dado sus frutos: hemos localizado a Francisco García Martín, nieto de los fundadores, quien generosamente nos ha facilitado recuerdos personales y detalles de extraordinario valor. Gracias a él podemos acercarnos al funcionamiento del obrador y, además, conocer una noticia sorprendente: una parte esencial de aquel local todavía se conserva.

Claudio García y Chona Espósito, los fundadores

Podemos confirmar que la dulcería fue fundada por Claudio García y su esposa, Isabel Encarnación Espósito Almenar, conocida como Chona. La abrieron en 1941, en plena posguerra, cuando el racionamiento y la escasez dificultaban incluso la obtención de harina y azúcar.

El apellido Almenar de Chona me llamó especialmente la atención: pude relacionarlo con familias de toda la vida de la calle de Las Cruces. Todo apunta a sus raíces en aquel viejo entorno vecinal del Cristo, donde los pequeños comercios eran también lugares de encuentro y conversación.

La Atlantidad Tea Roon en los años 70. 

Un maestro que admiraba a otros reposteros

Claudio conocía profundamente su oficio y sentía una curiosidad constante por las elaboraciones de otros maestros. Admiraba las tartas de Luis López Echeto, que consideraba las mejores de su tiempo, y la nata de La Princesa, la dulcería de la familia Otto Rath. Decía que aquella nata alemana era insuperable en Tenerife.

Esa tradición me recuerda a la familia Ego, llegada a la isla hacia 1914 o 1915, y sus comienzos en una lechería de la calle de la Carrera, cerca de la actual Librería del Águila, donde también se elaboraban natas de tradición alemana. Es una historia que merece su propio capítulo; hoy volvamos a Claudio y a su particular manera de aprender.

Una cucharilla para descubrir los secretos de los dulces

Francisco recuerda los paseos con su abuelo, en ocasiones acompañado también por Chona, para visitar dulcerías como La Atlántida «Tirrún», en la calle del Castillo de Santa Cruz. Claudio pedía varios dulces, pero no se los comía como cualquier cliente: sacaba una cucharilla y probaba un poquito de cada uno.

—¡Pero, hombre, déjate de dulces! —le decían las mujeres que lo acompañaban.

Él no iba simplemente a merendar. A través del paladar intentaba descubrir ingredientes, texturas y procedimientos, averiguar cómo se habían conseguido aquellas cremas y sabores. Me resulta entrañable imaginarlo allí, con su nieto, estudiando los dulces de sus colegas con una cucharilla. En aquel oficio, la observación y la experiencia eran una verdadera escuela.

La Atlántida Tea Roon y el recuerdo de Bamby

La Atlántida nos lleva a otra curiosa conexión comercial: allí trabajó, junto a su esposa, Paco, uno de los maestros del obrador, posteriormente vinculado a la histórica tienda de calzado infantil Bamby. Según las noticias que hemos recibido, ha superado los cien años. Su trayectoria recuerda cuánto pueden enseñarnos todavía las personas que conocieron aquellos oficios y establecimientos.

Melchor Llanos y la escuela de doña Rita

Junto a Claudio trabajaba Melchor Llanos, a quien ya hemos mencionado en entregas anteriores. Por las referencias reunidas, fue discípulo de doña Rita. En cambio, todavía no sabemos dónde aprendió Claudio el oficio. Es posible que hubiera pasado por alguno de los obradores que admiraba, pero no contamos con pruebas para afirmarlo.

Publicidad de los Chocolates Nivaria en los años 30.

El azúcar glas y la fábrica Nivaria

Francisco me ha contado un detalle revelador de las dificultades técnicas de entonces. Claudio no tenía maquinaria para pulverizar el azúcar hasta convertirlo en azúcar glas, así que lo llevaba a la fábrica de chocolates Nivaria, en La Laguna, donde se lo refinaban y devolvían listo para sus elaboraciones.

Aquella importante fábrica, situada en las proximidades de donde hoy se encuentra Mercadona, merece también una investigación propia. El episodio muestra cómo los pequeños obradores dependían de la colaboración con otras industrias para salir adelante.

Casa Hilda y el abastecimiento en la posguerra

La harina y el azúcar llegaban al obrador, según el recuerdo familiar, a través de Casa Hilda, en la calle Cruz Verde de Santa Cruz. En los años del racionamiento, conseguir esos ingredientes no era cosa sencilla. La proximidad de la capital al puerto invita a pensar en la importancia de su actividad comercial, aunque aún desconocemos los circuitos concretos por los que se abastecía aquel establecimiento.

Un horno que todavía permanece en su lugar

Pero quizá la noticia más emocionante que me ha dado Francisco sea esta: el local de la Dulcería del Cristo permanece prácticamente como quedó tras su cierre, hace más de cincuenta años. No se ha alquilado para otra actividad ni se han realizado reformas que transformaran el espacio. Y, lo más sorprendente, todavía conserva su antiguo horno.

Ese horno formó parte del obrador donde trabajaron Claudio, Chona y Melchor Llanos. Pensar que continúa allí, silencioso, después de tantos años, produce una emoción especial. No se trata solamente de reconstruir una historia con palabras: una parte de aquella historia sigue existiendo físicamente.

Francisco, que no reside en Tenerife, me ha prometido que, cuando vuelva a la isla, intentará fotografiar el estado actual del local y, especialmente, el horno. Ojalá pueda hacerlo. Serían imágenes de gran valor documental y quizá una oportunidad para despertar el interés por conservar ese testimonio de nuestra artesanía tradicional.

La memoria de una dulcería que se resiste al olvido

La búsqueda de los descendientes nos ha llevado mucho más lejos de lo que esperábamos. Hemos confirmado los nombres de los fundadores y recuperado la curiosidad de Claudio, sus paseos a las dulcerías, la colaboración con Nivaria y las dificultades para conseguir materias primas. Cada recuerdo ha abierto una nueva puerta a la historia comercial de La Laguna y Tenerife.

Quiero agradecer sinceramente a Francisco García Martín la generosidad con que ha compartido la memoria de sus abuelos, y a los lectores que siguen aportando pistas y recuerdos. Una ciudad no guarda su historia únicamente en los archivos: también la conserva en las conversaciones familiares, en los apellidos de sus vecinos y en los objetos que sobreviven al paso del tiempo.

Quizá la mejor imagen para cerrar este capítulo sea la de aquel viejo horno, detenido en el silencio de la calle de Las Cruces. La dulcería cerró hace más de medio siglo, pero gracias a sus descendientes su historia vuelve hoy a cobrar vida. Mañana más.

También te podría gustar...