Rafael Arocha Guillama: recuerdos de la calle de Santo Domingo (II)

«¡Calle de Santo Domingo! ¡Libros queridos! ¡Cómo reináis en mi recuerdo!»

Con estas palabras, cargadas de nostalgia, Rafael Arocha Guillama continúa evocando aquella calle estrechamente unida a sus años de juventud y de estudiante. Si en sus recuerdos anteriores aparecían las mañanas del Seminario y el ambiente que dejaban tras de sí las fiestas de San Miguel, ahora su memoria se detiene en otra de las grandes celebraciones de aquel calendario lagunero: la festividad de Nuestra Señora del Rosario, el primer domingo de octubre.

Arocha Guillama recuerda especialmente la procesión de la tarde y su regreso, cuando comenzaba a caer la noche sobre La Laguna:

«La procesión del Rosario en el primer domingo de octubre es otro de los recuerdos más amables. Sale la procesión por la tarde, rezando el rosario. Al regreso, ya oscureciendo, en las monjas Catalinas, cuando ya el rosario se termina en su último misterio.

Luego las monjas entonan la letanía, una de estas letanías admirables —me refiero a la música—, y después los seminaristas la continúan, y entra la procesión en la calle de Santo Domingo, adornada con banderas y estallante de ruedecillas de fuego y bengalas.»

El relato adquiere entonces una extraordinaria fuerza evocadora. Arocha no se limita a describir lo que veía: recupera los sonidos de las oraciones, la música, la brisa de octubre, las luces y las sombras de aquella procesión nocturna:

«El Vas spirituale y el Domus aurea resuenan armoniosamente en la calle refrescada por la brisa otoñal. En las sombras de la noche brilla estremecedora la ofrenda de las almas a la Santísima Virgen.»

La llegada de la imagen a Santo Domingo constituía uno de los momentos culminantes. La multitud se concentraba alrededor de la iglesia mientras comenzaba un espectacular despliegue de pólvora y fuegos de artificio:

«Al llegar a la iglesia no cabe un alma más en los contornos. Todo está abarrotado. Descansa la Virgen en la puerta de la parroquia y al momento resuena una batería de morteros.

Surge la lluvia de voladores del campanario, tendiendo por los espacios su cortina abrasadora. Arden las piezas de fuego y estallan en chispas y colores alucinantes. Humo, resplandores de incendio, oleadas de color, en las que dominan el rojo y el verde, estruendo ensordecedor de la pólvora y olor de azufre.»

La descripción parece casi cinematográfica. El rojo y el verde de los fuegos iluminan fugazmente la fachada y la multitud; el humo invade los alrededores del templo y el estrépito de la pólvora domina durante unos instantes la noche. Después llega el silencio relativo y, con él, reaparece uno de los personajes que Arocha ya había mencionado en sus recuerdos de infancia:

«Y cuando cesa y entra la Virgen en el templo, se oye de nuevo en su interior la voz robusta de don Manuel.»

Era don Manuel González, el sochantre, cuya poderosa voz había impresionado profundamente a Arocha Guillama desde niño. De este modo, la memoria del escritor enlaza nuevamente la iglesia, la música religiosa y sus propios recuerdos de juventud.

Pero la fiesta no terminaba en el interior del templo. Fuera aguardaba otro mundo, mucho más popular: el de los puestos, las luces y los turrones.

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