Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La venta y casa de comidas de María (II). Por Julio Torres

María en la ventana con uno de sus nietos en brazos. Foto: colección familiar Viky Gutiérrez.

Una venta junto a la plaza del Cristo

En uno de los laterales de la plaza del Cristo de San Cristóbal de La Laguna hubo, durante años, una pequeña venta que todavía permanece viva en la memoria de la familia. Para algunos pudo estar relacionada con José, conocido como «el Esperancero»; pero para quienes conocieron de cerca aquella casa, y especialmente para quienes crecieron entre sus paredes, fue siempre la venta de María Gutiérrez Peña.

Y decir la venta de María era decir también su casa, porque ambas cosas eran entonces difíciles de separar.

Tras aquellas puertas se vendía, se servían comidas, se bebía y se conversaba, pero también se hacía la vida diaria de una familia. Mientras unos entraban a tomar algo o a comer, otros cocinaban, atendían, limpiaban, iban y venían por las habitaciones o vigilaban a los niños. Todo sucedía bajo el mismo techo y, seguramente, muchas veces al mismo tiempo.

Una de las nietas de María conoció bien aquel pequeño mundo. Nacida en La Laguna en 1953, pasó allí sus primeros años y, aunque más tarde la familia se trasladó a La Cuesta, nunca perdió la relación con la casa de sus abuelos. Volvía a ella y siguió formando parte de aquel ambiente familiar que hoy, tantos años después, conserva con bastante nitidez en la memoria.

Es precisamente a través de sus recuerdos como podemos volver a abrir la puerta de aquella venta.

Los documentos nos cuentan otra historia, necesaria pero distinta. Un padrón nos permite saber quiénes estaban empadronados en una vivienda; una licencia puede indicarnos quién figuraba oficialmente al frente de un establecimiento. Pero ningún padrón dice dónde jugaban los niños mientras los mayores atendían el negocio. Ninguna licencia recuerda qué se estaba cocinando en un determinado momento, quién acababa de entrar por la puerta o qué personajes eran habituales de la casa.

Para recuperar esa parte de la historia hay que acudir a otro archivo, mucho más frágil y, al mismo tiempo, extraordinariamente rico: la memoria de quienes estuvieron allí.

Entrar en la casa

Para reconstruir aquella venta hay que empezar por reconstruir la casa.

Quien pasó allí parte de su infancia no recuerda el inmueble como lo haría un arquitecto, habitación por habitación y con las medidas exactas de cada estancia. Lo recuerda de otra manera: por lo que ocurría en cada sitio.

Aquí se atendía. Allí se cocinaba. Por aquel lado pasaban los clientes. Más allá estaba el espacio reservado a la familia. Y en medio de todo aquello estaban los niños, entrando y saliendo, observando aquel continuo movimiento de personas que para ellos debía de formar parte de la normalidad cotidiana.

Porque la venta no era un establecimiento separado de la vivienda. La venta estaba dentro de la casa y la casa, de alguna manera, estaba también dentro de la venta.

Quien atravesaba la puerta como cliente entraba en un negocio, pero penetraba al mismo tiempo en el espacio cotidiano de una familia. Para los niños sucedía justamente al contrario: aquella era, sencillamente, la casa de sus abuelos, aunque por ella circularan clientes, se sirvieran comidas y bebidas y los mayores estuvieran pendientes de un trabajo que parecía no terminar nunca.

Esa convivencia entre negocio y hogar debió de dar al lugar un ambiente muy particular, común por otra parte a tantas ventas y pequeños establecimientos de aquellos años. No había una frontera precisa entre la jornada de trabajo y la vida doméstica. Una misma habitación, una puerta o un rincón podían tener funciones distintas según la hora y según quién estuviera allí.

Los recuerdos de la nieta de María van dibujando así una geografía doméstica que difícilmente encontraremos en los documentos oficiales. No es todavía el plano exacto de la vivienda, ni pretende serlo. Para llegar a conocer con mayor precisión la distribución del inmueble habrá que localizar fotografías, planos o documentación municipal que permitan contrastar y completar esos recuerdos.

Pero mientras aparecen —si es que aparecen— esas otras fuentes, queda algo que ningún plano podrá ofrecernos: la experiencia de haber vivido allí.

Y quizá sea esa la mejor manera de comenzar a conocer la venta de María: no contemplándola desde la plaza, como quien observa un establecimiento desaparecido, sino atravesando su puerta y entrando, poco a poco, en la casa.

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