La Laguna Ahora con las fiestas de otoño: San Miguel Arcángel, copatrón de La Laguna (II)

Mercadillo a las puertas de la ermita de San Miguel. La Laguna años 70.
La ermita de San Miguel
Uno de los principales testimonios materiales de aquella historia es la ermita de San Miguel, situada en uno de los espacios más emblemáticos del casco histórico lagunero.
El edificio, que desde hace tiempo no está destinado al culto y ha sido utilizado como sala de exposiciones, se encuentra actualmente en proceso de restauración. Su arquitectura se atribuye al sevillano Pedro de Llerena.
La importancia de la ermita trascendió desde muy pronto su función religiosa. En sus dependencias llegaron a celebrarse reuniones del Cabildo, circunstancia que demuestra hasta qué punto este lugar estuvo integrado en la vida pública de la naciente ciudad.
El 22 de octubre de 1507, el Cabildo celebró allí una sesión a la que asistieron los regidores Sancho de Vargas, Hernando de Trujillo, Andrés Xuares Gallinato, Guillén Castellano y Alonso de las Hijas.
Años después, el 2 de octubre de 1525, Suárez Valdés, Castellano, Trujillo, Las Casas y Requena adoptaron, entre otras disposiciones, la prohibición del juego en las tabernas. Son pequeños testimonios documentales que permiten imaginar una época en la que la ermita y su entorno constituían uno de los centros de la vida religiosa, política y administrativa de Tenerife.
Las antiguas imágenes del arcángel
Durante el siglo XVI se documenta la existencia en la ermita de dos representaciones de San Miguel: una imagen de bulto dorada y otra realizada «de pincel».
La primera fue restaurada en 1577 por el imaginero Ruy Díaz, mientras que de su policromía se encargó Jerónimo de Hontiveros. Aquella imagen formaba parte de un conjunto de objetos litúrgicos y artísticos que dan idea del esplendor que alcanzaron las celebraciones dedicadas al arcángel.
El cáliz utilizado en las funciones religiosas en honor de San Miguel fue obra del platero Antonio Ossorio. La venerada imagen contó igualmente con unas andas procedentes de Las Palmas, confeccionadas con la plata donada por el canónigo Muñoz, así como con un frontal elaborado con algodón y seda de China.
Estos objetos, más allá de su valor artístico y material, hablan de las relaciones comerciales y culturales de Canarias y de la importancia que las instituciones y los particulares concedían al ornato de las grandes celebraciones religiosas.
