Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (IX). Por Julio Torres

La primera puchereta: alrededor de una mesa, el renacer de las Fiestas del Cristo (III)

Pero quizá uno de los momentos culminantes de aquella etapa se produjo en 1961.

Ese año llegó a las islas el Coro Santiaguín de Sama de Langreo, una formación que contaba ya con un notable prestigio fuera de España. En 1957 había obtenido el séptimo puesto en el Concurso Internacional Guido d’Arezzo, en Italia. Regresó al certamen en 1960 y logró entonces el segundo premio, confirmando la calidad alcanzada por la agrupación asturiana.

En 1961 el Santiaguín emprendió una gira por Canarias, participando en distintos festivales y conciertos junto al gran tenor grancanario Alfredo Kraus. Su trayectoria internacional continuaría en los años posteriores. En 1963 volvería a recorrer Galicia y parte de Portugal y, en 1967, obtendría el tercer puesto en el concurso internacional de Llangollen. Regresaría también a Italia para participar nuevamente en el Guido d’Arezzo, donde alcanzaría el cuarto lugar.

La presencia del Coro Santiaguín daba, por tanto, una medida de la categoría que habían llegado a alcanzar aquellas celebraciones.

Alfredo Kraus le canta al Cristo

Pero la gran expectación de 1961 estuvo provocada también por la presencia de uno de los nombres fundamentales de la lírica española: Alfredo Kraus.

El gran tenor canario había ofrecido dos magníficos recitales en la ciudad tinerfeña, pero en la memoria de quienes vivieron aquellas fiestas quedó especialmente grabado lo sucedido durante el traslado de la venerada imagen del Santísimo Cristo de La Laguna, en la noche del sábado.

A la entrada del Cristo en la Catedral, Alfredo Kraus cantó desde el coro alto. Acompañado al órgano por el maestro Prieto, interpretó la partitura religiosa Bist du bei mir, atribuida durante mucho tiempo a Johann Sebastian Bach.

La noticia de que Kraus iba a cantarle al Cristo había corrido por toda La Laguna. La expectación fue extraordinaria. La Catedral estaba abarrotada. No cabía un alma.

De aquella noche quedó incluso una curiosa anécdota relacionada con los esclavos del Cristo.

Habitualmente, después de acompañar a la venerada imagen, los esclavos abandonaban el templo por una puerta lateral. En aquellos años se utilizaba precisamente la situada junto a la sacristía y muy próxima a la Casa del Puntero. No en vano, a esta última se la había llamado tradicionalmente, con cierta sorna lagunera, «la segunda sacristía».

Pero aquel año de 1961 ocurrió algo excepcional. Los esclavos permanecieron en sus puestos hasta que comenzó el quinario. La multitud era tal que, sencillamente, no podían moverse ni efectuar la salida habitual.

La historia sería recordada años después durante aquella primera puchereta. Entre los asistentes vinculados al ámbito religioso surgió incluso el comentario de que, cuando se contratara a alguna figura para las fiestas, convenía procurar que también le cantara al Cristo. Así se evitaría —se decía con el característico humor de aquellas reuniones— que al terminar los actos «se fueran todos al Puntero».

Anécdotas aparte, cuando se llegó a 1966 se tenía la sensación de que aquel impulso de los años anteriores se había perdido.

El creador de «La Puchereta» fue un hombre singular: ¿Quié está con Domingo de Laguna?

La visita a Pio Baroja ocurrió durante la etapa madrileña de Domingo de Laguna, en los años cincuenta.  Aquella aproximación a Baroja no quedó como una simple anécdota. Domingo de Laguna realizó una entrevista a Pío Baroja, que figura entre las entrevistas reunidas posteriormente en su libro Canarias en los grandes hombres españoles, publicado en enero de 1967. Allí aparecen también Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Dámaso Alonso y otras figuras.

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