Tascas, Bodegas, Casas de Comidas y Tabernas en la historia lagunera: El viejo «Bodegón Méndez» de la calle Juan de Vera (y II)

En La Laguna se decía que si había un guardia el vino estaba bueno.
Los vinos y el armadero
Como correspondía a un buen bodegón, el vino era protagonista, y Arcadio tenía fama de ofrecer muy buenos vinos.
Entre ellos estaban el fino, la manzanilla, el vino de rama, el vino de misa y el palo cortado. También podía encontrarse algún vino del país, conservado incluso en garrafones, aunque predominaban los generosos peninsulares.
El vino llevaba consigo su correspondiente armadero, muy distinto de la oferta gastronómica que hoy asociamos a una tasca. El acompañamiento era sencillo: chacina de buena calidad, manises, conservas y otros productos propios de aquellos establecimientos.
Casa Arcadio contaba, además, con una ventaja singular. El bodegón y los ultramarinos Méndez, aunque ocupaban dependencias distintas y estaban atendidos respectivamente por Arcadio y su hermano Juan, se comunicaban mediante una puerta interior.
Aquello permitía una colaboración tan sencilla como eficaz. Si alguien pedía una lata de berberechos, sardinas o cualquier otra conserva, bastaba atravesar la puerta, cogerla de los estantes de los ultramarinos y servirla en la barra o en una de las mesas. Bodega y tienda funcionaban, en la práctica, como dos partes complementarias de un mismo negocio familiar.
Así transcurrían muchas tardes: un vaso de fino o de manzanilla, algo de chacina, unos manises o una conserva y, por encima de todo, conversación. Porque el verdadero patrimonio de aquellos bodegones no estaba únicamente en lo que se bebía o se comía, sino también en las historias que circulaban alrededor de sus mesas.

La casa de color blanco del fondo a la derecha es la que albergaba nuestro «Bodegón Méndez».
Una esquina de la vieja Laguna
La ubicación de Casa Arcadio contribuía en gran medida a explicar la diversidad de su clientela. En apenas unos metros se concentraban el Teatro Viana, la Catedral, el Ateneo y la entonces denominada Escuela Politécnica, donde se impartían los estudios de aparejadores y otras enseñanzas técnicas. Esta última se encontraba junto al Obispado, en el entorno que actualmente ocupa la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Sus estudiantes formaban también parte habitual de la clientela del establecimiento. La esquina de Juan de Vera con San Agustín era, por tanto, un lugar de continuo movimiento.
Sanitarios, estudiantes, trabajadores, funcionarios y vecinos recorrían aquellas calles y muchos terminaban cruzando las puertas de balancín del bodegón.
Desde fuera apenas se veían sus pies.
Dentro, en cambio, estaba la vida.
Estaban Arcadio detrás de la barra, las tertulias de la tarde, los vinos, la chacina y las conservas llegadas desde los ultramarinos de Juan. Estaban Veremundo Pereira, Victoriano Ríos, Agustín Padilla, Antonio Ribot, Baena, los estudiantes de la Politécnica y tantos otros cuyos nombres el tiempo habrá ido borrando.
Y estaban, sobre todo, las conversaciones: sobre la ciudad, el trabajo, los estudios, la política, lo sucedido durante el día o cualquier pequeña historia del vecindario. Historias que rara vez llegan a escribirse, aunque sean precisamente ellas las que acaban formando la memoria cotidiana de un lugar.
De Juan de Vera a la calle Anchieta
El establecimiento de Juan de Vera cerró a comienzos de los años setenta, poniendo fin a aquella primera etapa de Casa Arcadio.
Posteriormente, Arcadio Méndez abrió otro establecimiento en la calle Anchieta, conocido igualmente como Bodegón Méndez o Casa Arcadio, donde mantuvo la línea de vinos y parte del carácter del negocio anterior.
Pero era otro lugar y otro tiempo
Habían cambiado el establecimiento, el entorno y también la clientela. Por eso conviene distinguir ambos bodegones. El Casa Arcadio de Viana tuvo su propia historia y fue también muy conocido, pero merece ser recordado por separado.
El que aquí evocamos es el Casa Arcadio de la calle Juan de Vera: el de las puertas de balancín y la esquina con San Agustín; el que estaba frente al Hospital de Dolores y la Casa de Socorro; el de los estudiantes de la Politécnica y las tertulias de la tarde; el de los buenos vinos y el armadero sencillo; el que tenía al otro lado de una puerta los ultramarinos de Juan Méndez.
Recordarlo es recuperar también un fragmento de aquella Laguna: la calle San Agustín adoquinada, Baena y sus recuerdos de Artillería, las caballerías del Miércoles Santo y el sonido de los cascos sobre las piedras; los practicantes de la Casa de Socorro, el personal del Hospital, los estudiantes que salían de la Politécnica y tantos laguneros que, al caer la tarde, encontraban allí un lugar para detenerse y conversar.
Casa Arcadio fue una de aquellas pequeñas instituciones no oficiales de la vieja Laguna: cuatro mesas, una barra, buenos vinos y toda una ciudad entrando y saliendo por sus puertas.
