Fiestas de verano: El aeropuerto Tenerife Norte-Los Rodeos y el turismo en Bajamar

La historia del aeropuerto de Los Rodeos está estrechamente ligada al desarrollo de las comunicaciones y, posteriormente, del turismo en Tenerife. Su origen se remonta a la petición de la compañía alemana Lufthansa de establecer una conexión con la isla desde Berlín, vía Sevilla. Para hacerlo posible, el Cabildo de Tenerife acondicionó unos terrenos situados en una meseta de la parte alta del municipio de San Cristóbal de La Laguna, a más de 600 metros sobre el nivel del mar.

El primer vuelo a Los Rodeos tuvo lugar en 1929, cuando aterrizó un avión procedente de Sevilla, en una época en la que el aeródromo no era más que una pista de tierra. Como referencia de aquellos años, las primeras instalaciones para el baño en Bajamar comenzarían también a desarrollarse poco después, durante la década de 1930.

A partir de entonces, Los Rodeos fue adquiriendo progresivamente mayor importancia. La Real Orden de 14 de mayo de 1930 aprobó su designación como aeropuerto nacional y, años después, se construyó la primera terminal, finalizada en 1943. Finalmente, el 3 de mayo de 1946 una orden ministerial abrió oficialmente el aeropuerto al tráfico, mientras que un decreto de 12 de julio de ese mismo año lo calificó como aeropuerto aduanero abierto a todo tipo de tráfico nacional e internacional.

Los Rodeos se convirtió así en la principal puerta de entrada aérea a Tenerife y en una infraestructura fundamental para las comunicaciones de una isla que comenzaba a abrirse cada vez más al exterior. Con el paso de los años, su importancia sería decisiva para la llegada de turistas y para la profunda transformación económica que experimentaría Tenerife.

Durante la década de 1960, la pista fue ampliada hacia el sur mediante la construcción de un importante terraplén. Por aquellos años, Los Rodeos pasó oficialmente a denominarse Aeropuerto de Tenerife, aunque esta denominación apenas arraigó entre los tinerfeños, que continuaron llamándolo, sencillamente, Los Rodeos.

El turismo transforma la isla

Los años sesenta marcaron un punto de inflexión. La inversión turística no solo se tradujo en un fuerte incremento del número de visitantes, sino también en la llegada de empresas y grupos inversores con mayor capacidad financiera y una presencia creciente en el mercado turístico internacional.

En un primer momento tuvieron especial protagonismo los inversores alemanes, favorecidos, entre otros factores, por los incentivos fiscales existentes en la República Federal de Alemania para las inversiones en países en desarrollo. En Canarias, estos mecanismos se asociaron popularmente con la denominada Ley Strauss, vigente en aquellos años. Capital alemán participó en la adquisición de importantes bolsas de suelo y en la promoción de nuevos complejos turísticos.

Pero los alemanes no fueron los únicos. También llegaron inversores y compradores suecos, neerlandeses y británicos, junto con empresarios españoles, tanto canarios como peninsulares. El suelo costero adquiría de pronto un valor y unas posibilidades económicas que apenas unas décadas antes hubieran resultado difíciles de imaginar.

Bajamar no quedó al margen de aquella transformación.

Bajamar y el «boom turístico»

El desarrollo turístico de Bajamar se convirtió en uno de los objetivos de la inversión durante la década de 1960. Comenzaron entonces a urbanizarse y explotarse áreas de la costa que hasta ese momento habían permanecido prácticamente intactas o estaban ocupadas por pequeñas viviendas, terrenos agrícolas y construcciones vinculadas a la población local.

En la memoria colectiva, aquella etapa ha quedado asociada al denominado «boom turístico». Aunque el turismo en Canarias era anterior, fue entonces cuando adquirió una dimensión económica y territorial completamente diferente. La llegada masiva de visitantes, la construcción de hoteles y apartamentos, la apertura de establecimientos comerciales y la inversión inmobiliaria modificaron profundamente el paisaje y las formas de vida tradicionales.

Bajamar fue un buen ejemplo de ese cambio

Hasta entonces, buena parte de sus vecinos había vivido directa o indirectamente de la agricultura, la pesca y otras actividades vinculadas al entorno rural y costero. En pocos años, sin embargo, comenzaron a aparecer nuevos edificios, establecimientos turísticos y promociones inmobiliarias destinadas tanto a visitantes extranjeros como a residentes de otras zonas de Tenerife.

La sociedad lagunera también volvió sus ojos hacia Bajamar. Familias acomodadas de La Laguna encontraron allí un lugar para el descanso y el veraneo, mientras empresarios, promotores y propietarios descubrían las posibilidades económicas de un litoral que comenzaba a experimentar una rápida revalorización.

Como ocurrió en otros lugares de Canarias durante aquellos años, el crecimiento no estuvo exento de intereses económicos, relaciones de influencia y decisiones urbanísticas que merecen ser analizadas con perspectiva histórica y, siempre que sea posible, a partir de documentación que permita conocer quiénes participaron en ellas y cómo se produjo aquella transformación.

Lo cierto es que el Bajamar de los años sesenta comenzó a dejar atrás, en muy poco tiempo, el paisaje y las formas de vida que lo habían caracterizado durante generaciones.

Los Rodeos facilitaba la llegada de miles de viajeros. Las inversiones buscaban nuevos espacios donde alojarlos. Y Bajamar, hasta entonces una pequeña localidad costera del municipio de La Laguna, se encontraba en uno de los lugares elegidos para aquella expansión.

Aeropuerto, turismo, inversión inmobiliaria y transformación del territorio comenzaron así a formar parte de una misma historia. Una historia que alcanzaría su máxima expresión durante los años sesenta y setenta y que cambiaría para siempre la fisonomía de Bajamar.

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