El origen de las alfombras del Corpus en La Laguna. Por Julio Torres

La Laguna bajo la impronta del franquismo. La fotografía muestra a un policía junto a la Casa Sindical, presidida por el emblema del yugo y las flechas, mientras militares armados con bayoneta calada custodian una prueba ciclista, una escena que ilustra la militarización del espacio público durante la dictadura. Foto Agustín Guerra
En La Laguna, al igual que en otros lugares de la isla, en los siglos precedentes al XIX, e incluso bastante avanzado éste, era tradición enramar y embellecer las calles por las que procesionaba el Santísimo Sacramento. Sin embargo, se trataba únicamente de una mixtura informe de brezo con pétalos y flores más o menos aromáticas y de diverso colorido. Fue en La Orotava donde se generó la original y creativa idea de transformar esa ecléctica mescolanza vegetal en un tapiz no menos aromático que representase la ofrenda imaginativa de su creador al Santísimo, al mismo tiempo que una suerte de alfombra, tan sutil y efímera que sólo Él la pudiera pisar.
Tal idea partió de doña Leonor Castillo de Monteverde, en torno a 1847, pues la celebración del Corpus en La Orotava había decaído bastante. Ella diseñó una alfombra que, con motivos barrocos, se confeccionó frente a su casa. Alentadas por su empuje, siguieron su ejemplo otras familias, como los Sres. Lercaro, Díaz-Flores, García Lugo, Bethencourt Castro, conde del Valle de Salazar.
Basta con releer los apellidos antes mencionados para comprender que tales tapices florales no tardaron en cubrir las calles de La Laguna durante el Corpus -no en vano estas familias tenían su segunda residencia en nuestra ciudad-, convirtiéndose en una arraigada tradición.
También, despues que en 1907 Luis Marrero hiciera la primera alfombra en La laguna, fue en el seno de la familia Monteverde donde se engendró esta tradición de los tapices en la lagunera calle de San Agustín. La confección del tapiz floral en La Laguna fue tan importante para los miembros de esta familia que invertían gran parte de su tiempo en experimentar con diversos arbustos y flores, observando y analizando su textura, perennidad, firmeza e inalterabilidad, probando su estabilidad bajo diversos firmes (pavimeto, adoquines, estera), así como la persistencia de su aroma y los resultados de combinar aromas diferentes.
Esta compleja y cuidadosa investigación les llevó a descubrir una “misteriosa” flor que embelesó a todos los que contemplaron su tapiz. Con la misma flor, pero recogida en distintos momentos y tratada de diferentes formas, confeccionaban su tapiz. Y es que, según cuándo se recogiese y la forma en que se tratara, dicha flor ofrecía tonalidades y texturas muy diversas. El nombre de la misma fue uno de los secretos mejor guardados de la familia durante mucho tiempo, y en La Laguna, e incluso en La Orotava, llegó a ser un auténtico enigma que, afortunadamente, la familia Monteverde acabó desvelando: se trataba de la siempreviva que florecía en un barranco de Valle de Guerra.
